Capítulo dos
CAPÍTULO DOS
«Supera tus límites. Para eso están ahí».
COLLEEN HOOVER , Amor en verso
Cuando Stuart Cohn me entregó el folleto de St. Claire el mes pasado y me dijo que allí era donde me mandarían para descansar y recuperar fuerzas, las imágenes eran lo bastante bonitas, con un mar azul, una montaña verde, una cascada escondida, y habitaciones grandes y opulentas, cada una con vistas al mar a través de puertas de vidrio del tamaño de una pared que se abrían a un balcón o directamente a la playa.
Jacuzzis privados, una piscina que parecía fundirse con el océano, voleibol en la playa, cabañas privadas, sombrillas coloridas, palmeras y arbustos floridos más altos que una persona.
Aun así, las fotos impresas no le hacían justicia. Las palabras son solo palabras cuando no se tiene experiencia para darles vida.
Me sentía como una turista en Nueva York, mirando hacia arriba y boquiabierta ante la majestuosa simplicidad del resort St. Claire, de pie, en medio del vestíbulo al aire libre en el que había más plantas que personas.
Había árboles tan altos que llegaban hasta el tercer piso, a la altura de los tragaluces, algunos de los cuales estaban abiertos.
Pequeñas aves coloridas volaban en el interior y el exterior y se llamaban alegremente unas a otras, tal vez reconociendo la suerte de haber nacido en el paraíso.
Una cascada parecía salir de la nada desde el techo, y caía por unas rocas hacia un gran estanque lleno de peces koi .
Cada respiración era una experiencia nueva.
Jazmín e hibisco y un toque de algo que no lograba identificar.
Debajo del aroma floral, se percibía también el perfume más denso de la tierra húmeda, al que le seguían notas frutales de coco y piña.
Cerré los ojos y deseé que todo el mundo desapareciera, que nos quedáramos solo yo y, tal vez, un socorrista increíblemente sexi con dedos mágicos al que se le diera bien cocinar.
Quizá por eso todo el mundo dice que el Caribe es el paraíso.
No estaba simplemente de vacaciones; me había convertido en parte de la propia isla.
Era surrealista. Todo aquello. ¿Qué socorrista sexi querría estar conmigo, Mia Crawford, la que tiene que controlarlo todo y a todos por miedo a que algo salga mal?
¿Quién no ha oído alguna vez aquello de «Si quieres que algo salga bien, hazlo tú misma»?
Pues al lado de esa frase aparece una foto mía.
Para mí, dejar que otra persona tome decisiones es como estar en una montaña rusa sin el cinturón de seguridad.
Tal vez por eso me sentía tan desubicada cuando llegué a St. Claire, porque la decisión de ir allí, en realidad, no la había tomado yo.
Deambulé por el edificio principal, sin prisa por registrarme en el hotel.
Pasillos amplios, suelos de baldosas de terracota grandes, macetas con helechos y más pájaros cantando.
Mientras caminaba por el vestíbulo principal, vi una pareja de agapornis de color azul brillante posada en una rama que había por encima de mi cabeza.
Por un instante, pensé que eran de mentira, como los de la sala Tiki Room de Disneylandia.
Luego echaron a volar al otro lado del vestíbulo, hacia otro árbol, desde donde me miraron y comenzaron a parlotear.
Los sonidos de la naturaleza —las aves, el mar, la cascada— reemplazaban la necesidad de música.
Fascinante.
Había rinconcitos por todas partes. Un banco por aquí, un sillón cómodo por allá, una cafetería que desprendía un aroma intenso a café recién hecho y pasteles dulces, donde un grupo de cuatro personas formado por una pareja mayor y otra mucho más joven hablaba de forma animada.
¿Vacaciones familiares? ¿Abuelos que iban a disfrutar de un viaje especial con su nieto favorito y su pareja?
¿O se habían conocido allí y habían conectado enseguida, lo que había derivado en una amistad intergeneracional?
Me imaginé viniendo aquí con mi abuela. A ella le habría encantado todo lo que había en la isla.
Mi abuela tenía una alegría genuina. A veces, deseaba haber heredado esa característica.
—Acuérdate de que luego nos tomamos algo —dijo una voz.
Di un salto, y luego sonreí al ver a David y Doug de pie a mi lado.
—Sí —respondí—. ¿Aquí? —Hice un gesto hacia el bar que había junto a la cascada.
Doug enlazó su brazo con el de David y dijo:
—Esta noche, en el Sky Bar, en lo alto de la montaña. —Señaló un cartel en el que estaban los horarios de la lanzadera que llevaba al Sky Bar todas las noches—. Te va a encantar. Un bufé para morirse, música y la mejor puesta de sol que hayas visto jamás. Tienes que venir.
—No lo sé —contesté, sintiéndome fuera de lugar.
Eran tan amables y parecían tan transparentes que no quería rechazar la invitación, pero tampoco quería entrometerme en su aniversario.
—Tienes que venir —comentó Doug.
—Lo intentaré —dije—. Gracias.
Un hombre atractivo de unos cuarenta años, delgado y en forma, con el pelo negro y canas en las sienes y ojos azul oscuro, se acercó a nosotros.
—¿David? —Sonrió cuando David se volvió hacia él—. Sabía que eras tú.
—Andrew, qué alegría volver a verte. —Se dieron la mano, y David añadió—: ¿Te acuerdas de mi marido, Doug?
—Por supuesto. —Andrew le dio la mano a Doug.
—Andrew Locke, Mia Crawford —nos presentó David—. Mia ha venido con nosotros en el ferri.
Andrew sonrió y me estrechó la mano.
—Encantado de conocerte, Mia. ¿Es tu primera vez en St. Claire?
—Sí —respondí.
Andrew no solo era atractivo, sino también exactamente el tipo de hombre que me atraía. Le miré la mano. No llevaba anillo.
—¿Qué te ha parecido hasta ahora?
—Precioso —contesté—. Estoy deseando ir a la playa.
—Mi novia y mi hija me están esperando allí ahora mismo —dijo Andrew—. David, te llamo luego y nos tomamos algo para ponernos al día.
Vale, con novia. Eliminado de la lista. Además, tenía al menos diez años más que yo. Esto último no era un obstáculo insalvable, pero no iba detrás de hombres que ya estaban comprometidos, por muy atractivos y simpáticos que fueran.
—Estaría genial —dijo David.
Andrew me sonrió.
—Vengo a St. Claire todos los años desde hace más de una década. Si quieres saber algo de la isla, pregúntame.
Andrew se despidió y se dirigió hacia la playa.
David se miró el reloj.
—Vamos a deshacer el equipaje. Hemos quedado con los demás en media hora. Nos vemos esta noche, Mia. Si no vienes, herirás nuestros sentimientos.
Se dirigieron por un sendero que conducía a las cabañas privadas de la playa. No sabía si David hablaba en serio o no, y no quería herir los sentimientos de nadie.
Me dirigía hacia el vestíbulo cuando escuché la voz familiar de Nelson Stockton.
—Anja, no sabes lo que ha pasado, y no voy a correr riesgos contigo.
La pareja estaba sentada en un sofá de dos plazas en un rincón que daba a la cascada. Estaban prácticamente ocultos entre las plantas que bordeaban el espacio. Un pajarito saltó a la mesa que había delante de ellos, y luego echó a volar.
—Cariño —dijo Anja con un acento sutil, no extranjero, sino tal vez con un toque sureño—, no voy a dejar que lo hagas.
¿Crees que soy tan débil que no puedo sobrevivir a la exposición?
—Extendió la mano hacia su marido, y la pulsera de diamantes que llevaba brilló cuando le dio la luz del sol que entraba por el techo abierto.
—¡No deberías tener que hacerlo! ¡Maldita sea, cariño! ¡Te quiero!
Sentí una punzada de compasión. La emoción de la voz de Nelson me tocó una fibra profunda; el tono, más que las palabras, me mostró lo mucho que quería a su mujer. No quería entrometerme más en su conversación privada, así que intenté retroceder de forma discreta. Por desgracia, Nelson me vio.
—La señorita Crawford, ¿no? —preguntó mientras asentía con la cabeza.
—Sí, hola —contesté, como si no los hubiera visto.
—Soy Nelson Stockton. Nos conocimos brevemente en San Juan. Ella es mi mujer, Anja. —La cogió de la mano y se la besó.
Anja sonrió con calidez y añadió:
—Vamos a comer algo en el bar. ¿Te gustaría acompañarnos?
—Ay, gracias, pero todavía no me he registrado en el hotel.
—Estaremos allí toda la tarde, estoy segura. El bar que hay junto a la playa, el Blue Dahlia, es más tranquilo y relajante que el bar de la piscina. Pásate por allí y así nos vamos conociendo mejor.
Me pareció una invitación sincera, igual que la que David y Doug me habían hecho antes.
—Gracias. Tal vez lo haga —contesté con una sonrisa, y me alejé.
Quería saber más sobre lo que había alterado a esa pareja.
Junto al mostrador de recepción había una mesa larga con varios dispensadores de vidrio llenos de agua fría.
Cada uno tenía una fruta diferente flotando en la parte superior.
Naranjas. Limones. Piña. Pepino. Me serví un poco de agua con limón y bebí con avidez.
Miré otra vez a mi alrededor, en el vestíbulo, y vi al hombre más guapo que había visto en… , bueno…, en toda mi vida.
Me serví otro vaso de agua con hielo. Lo necesitaba.
Parecía salido directamente de la portada de una novela romántica.
Pelo castaño bañado por el sol que se rizaba a la altura del cuello; ojos de un verde intenso, como un bosque frondoso al atardecer.
Piel morena, mezcla de genética y de pasar tiempo al aire libre.
Como un dios maya tocado por san Patricio.
Llevaba puestos unos pantalones cortos color caqui y una chaqueta ligera sobre un polo blanco que bien podría ser parte del uniforme del personal.
Ya fuera empleado o huésped, era el hombre más atractivo que había visto en todo el día. En toda la semana. En todo el año.
Estaba hablando con una empleada y con los recién casados. No pude evitar quedármelo mirando fijamente.
Él miró en mi dirección y me pilló observándolo. ¿Me había puesto colorada? No, por favor, no. Nada de ponerse roja. Él sonrió. Me derretí. Me ardía la cara. Mierda. Estaba como un tomate.