Capítulo uno #3
Tal vez David y Doug podrían presentarme a algunos solteros que conocieran por allí.
Cuando me aseguré de que ya no había restos de lágrimas y de que las rojeces de mi rostro podían atribuirse a la brisa salada, me guardé el libro en el bolso y seguí el camino que había recorrido el camarero.
La cabina principal estaba cubierta con los restos de bandejas de quesos y frutas, y había copas de champán esparcidas por todas partes, como si los pasajeros hubieran desaparecido de repente.
Por descontado, aquello era una tontería.
Mi imaginación hiperactiva había entrado en acción.
Esto no era una novela de Stephen King, y los langoloides no estaban devorando todo a su paso hacia la orilla.
Al otro lado de la cabina había una puerta abierta. Al atravesarla escuché un grito ahogado colectivo. Al girarme, me protegí los ojos del sol del mediodía y vi a los pasajeros de pie sobre el muelle. Todos estaban mirando en la misma dirección: hacia arriba. Seguí sus miradas.
Nada. ¿Qué demonios estaban mirando? Busqué las gafas de sol y me las puse, escudriñando el cielo en busca de lo que fuera que había captado la atención de todos los pasajeros sobre la brillante bahía cristalina.
Los acantilados se alzaban imponentes sobre el borde norte del resort, y aun así no veía nada. Entonces, en lo alto del risco, un ave gigante —no, un ala delta— apareció en mi campo de visión.
Un hombre planeaba desde la montaña hasta situarse sobre el mar, con el cuerpo extendido.
Tenía las piernas metidas en una especie de saco, y la gran ala blanca que le permitía volar como un ave brillaba a la luz del sol.
Todos volvieron a soltar un grito de asombro —y esta vez me uní al coro— cuando el ala delta hizo un giro completo sobre el océano, como si estuviera en una montaña rusa.
—Menudo idiota —murmuré mientras una nueva oleada de «Ooohs» y «Aaahs» recorría la multitud congregada en el muelle.
—Oh, Dios mío, qué sexi —dijo una voz femenina. Un vistazo rápido me confirmó que era la mujer del matrimonio de recién casados cachondos.
¿Sexi? Más bien un estúpido fanfarrón.
—Ya te enseñaré yo lo que es ser sexi, cariño —contestó su marido, y la levantó y la sentó sobre su rodilla hasta que su larga cabellera tocó el muelle. Después, empezó a besarle el cuello de arriba abajo mientras ella se reía.
—¡Ay, que me haces cosquillas!
No tenía ni idea de quién era ese hombre, y quería ignorar tanto la demostración de deporte extremo como el exceso de muestras de afecto de los recién casados, pero no podía dejar de mirar el espectáculo aéreo.
Se balanceaba de un lado a otro como un péndulo.
Luego se echó hacia delante, arqueó la espalda y el ala delta volvió a subir.
—¿Cómo lo hace? —preguntó Amber—. ¿Lleva un motor en las alas?
—No —dijo el recién casado con su mujer pegada a su costado mientras ella lo miraba con adoración.
No sabía si la expresión facial de esta era de amor o de lujuria, o si estaba embrujada, porque parecía irreal—.
Es pura física. Usa la velocidad del viento junto a la presión del aire y su propio impulso para propulsar las alas.
Su tono sonaba como el de alguien que se inventa cosas para aparentar inteligencia, pero yo no tenía otra explicación, así que tal vez tuviera razón. A mí nunca me verían hacer algo tan estúpidamente peligroso.
El idiota del ala delta hizo un ascenso suave. Luego volvió a girar y voló en dirección a las rocas de la base del acantilado. Las olas del mar eran altas, y me preparé para ver cómo su cuerpo se estrellaba contra las piedras en un estallido sanguinolento.
—¡Se va a chocar! —gritó alguien.
Un coro unánime resonó por todo el grupo, seguido de una inhalación colectiva, cuando el ala delta extendió los brazos hacia arriba y voló en línea paralela al océano, alejándose hacia mar abierto.
—Ese imbécil se va a romper el puñetero cuello —sentenció la voz grave de Nelson Stockton.
Sí. No había duda. El temerario iba a darse de bruces contra el mar, a ahogarse y a tirar por la borda las primeras vacaciones que yo tenía en años.
Cuando el hombre volador desapareció de nuestro campo de visión, en el grupo siguieron los murmullos. Había admiración y críticas. Todo el mundo tenía algo que decir.
—¿Va a volar hasta San Juan? —preguntó la recién casada, que, por fin, había dejado de mirar a su marido con esa inquietante expresión de cervatillo enamorado.
Eh, no, eso estaba como a más de treinta kilómetros. Tal vez ese hombre no era el único tonto que había en la isla.
—Seguramente haya un bote por allí —sugirió con sensatez David.
El médico. Así que no solo era una cara bonita con un título avanzado.
También tenía sentido común. Lo recogería un bote.
O tal vez de verdad se estrelló contra el mar, y su cuerpo fracturado se quedó flotando hasta que se lo comieran las gaviotas.
O los tiburones lo arrastraron y lo devoraron.
O lo derribó la guardia costera al pensar que era un traficante de drogas.
Mmm. A lo mejor había estado leyendo demasiadas novelas de misterio últimamente. Quizá había llegado el momento de volver a leer novelas románticas.
En la orilla, me llamó la atención que había mucho movimiento. La tripulación estaba metiendo el equipaje en una furgoneta. Junto a la furgoneta, había una lanzadera eléctrica, imagino que para llevarnos al resort.
En ese momento, lo único que quería era alejarme de la multitud, encontrar la tienda de regalos para comprar unos cuantos libros y relajarme al lado de la piscina con una copa grande, espumosa y —lo más importante— fuerte.
Desde la piscina podría observar a todos los hombres que había en la isla, identificar a los que estuvieran solos, presentarme y esperar a que surgiera esa chispa entre nosotros, esa mirada, ese sentimiento, ese vuelco en el estómago que me ponía la libido a mil.
Sin embargo, nadie se movía del muelle, sino que todo el mundo seguía mirando hacia donde el hombre había desaparecido al cruzar la bahía, y yo estaba atrapada en lo alto de las escaleras porque Amber, la del sombrero amarillo mortal, me bloqueaba el paso.
—Permiso —dije, e intenté bajar.
Ella no me respondió, ni se movió.
No soy conflictiva. De hecho, hago todo lo posible por evitar los conflictos.
Cuando era pequeña, mi padre y mi abuela discutían por todo: que si mi padre era demasiado tacaño, que si mi abuela era una derrochadora; que si él era muy crítico, que si ella era una irresponsable…
También discutían por mí. Odiaba cuando discutían por mí.
Me hacía lo más pequeña posible y rezaba para que no quisieran saber mi opinión; de ahí que estuviera allí atrapada, con un sombrero en toda la cara y sin otro recurso más que empujar a Amber por la borda.
Solo fue un pensamiento, pero no lo llevé a cabo.
—Ay. ¡Dios mío! —La exclamación era de la señora Stockton—. ¿Es él? ¿Qué está haciendo?
No podía ver nada con el sombrero de Amber, hasta que me di cuenta de que el grupo estaba en vilo mirando algo que había detrás del barco, en el mar.
Me puse de puntillas, giré la cabeza y vi que el ala ancha del ala delta venía directamente hacia el barco.
El imbécil pasó zumbando justo por encima de nuestras cabezas, viró a la derecha y luego voló sobre el agua a solo unos metros de la superficie.
Se dirigía a la orilla, y usaba el agua para reducir la velocidad mientras desabrochaba la bolsa donde tenía metidas las piernas.
Al descender, tocó la arena con los pies y corrió por la playa, bajando el ala mientras reducía el paso hasta que todo quedó en una caminata rápida.
Del planeador sobresalía una varilla; la clavó en la arena y se detuvo.
—¡Ay, Dios! —jadeó una mujer. Sonó como si acabara de tener un orgasmo.
Un hombre, que supuse que era su marido, le dio un beso en la mejilla.
—Eso lo podemos hacer nosotros —dijo.
Claro. Solo tienes que saltar desde un acantilado y esperar a que esa ala endeble te lleve de vuelta a la playa de una sola pieza. Buena suerte.
Nadie —y, cuando digo «nadie», quiero decir «nadie»— me convencería de que me metiera en uno de esos artefactos demenciales. Yo vuelo como Dios manda, esto es, en un avión, con motor, pilotos entrenados y botellitas de vodka de diez dólares.
—¿Quién era ese? —preguntó la señora Stockton, sin dirigirse a nadie en concreto.
El capitán del barco se acercó a nosotros sonriendo.