Capítulo uno #2
Al principio no entendí a qué se refería, pero seguí la dirección de su mirada, que apuntaba a Nelson Stockton, uno de los primeros propietarios afroamericanos de un equipo de la NFL [2] , que estaba bebiéndose una cerveza mientras su mujer, mucho más joven, tomaba champán.
¿Amber se refería a su mujer como una «adquisición»?
Estoy a favor del sarcasmo cuando estás picando algo con una amiga y de copas; en cambio, ese comentario me pareció cruel viniendo de una desconocida.
Al observar a Nelson y su esposa, pensé que formaban una pareja poderosa y atractiva.
Él era un hombre grande, estaba en forma y tendría unos sesenta años.
Era un exatleta que ahora era copropietario del equipo en el que solía jugar.
La señora Stockton era tan atractiva como Amber, pero de una forma totalmente distinta.
Amber era alta, delgadísima, tenía una melena rojiza y abundante, ojos de color avellana y piel translúcida, sin una sola arruga.
La señora Stockton era voluptuosa, tenía una mirada felina y una piel morena clara tan perfecta que no podía saber si llevaba maquillaje o no.
Llevaba su melena castaña dorada recogida en trenzas que le recorrían toda la cabeza, y portaba joyas elegantes, si bien un poco recargadas.
¿Qué tendría, treinta años? ¿Cuarenta? ¿Cincuenta si tenía un cirujano plástico increíble?
Otro camarero se acercó con más champán. Dejé mi copa vacía y la cambié por una llena e intenté escaparme antes de quedarme atrapada en otra conversación. Me di la vuelta y me dirigí hacia la parte trasera, donde casi me choco con dos hombres.
—¡Hola! —exclamaron al unísono, sonriendo con una dentadura perfectamente blanca y alineada.
El más alto añadió:
—Soy David. Él es mi marido, Doug.
—Hola —contesté—. Mia Crawford.
—Estabas en el avión en Miami. ¿Tu primera vez en St. Claire?
—Sí. ¿Y la vuestra?
Se rieron como si hubiera dicho algo graciosísimo, aunque solo había hecho una pregunta educada.
—¡Qué va! Es nuestro quinto aniversario.
Venimos aquí todos los años desde nuestra luna de miel —dijo Doug, que le dio un beso en la mejilla a su marido y sonrió—.
Hemos quedado con unos amigos que también celebraban su quinto aniversario durante nuestra luna de miel.
Ellos llegaron antes, pero David, aquí donde lo ves, es médico —agregó con orgullo, y tal vez para despertar un poco de envidia, pensé—.
Trabaja demasiado, en mi opinión, así que hasta esta mañana no hemos podido coger el avión.
—¿De qué especialidad? —pregunté.
—Cirujano ortopédico —dijo David—. No es tan glamuroso como Doug te haría creer.
—David ha salvado las carreras de más de una docena de lanzadores de béisbol, incluido Andrew Locke, que también está aquí esta semana.
—Para —dijo David con una sonrisa tímida—. ¿Tú has venido con tu novio? ¿O con tu novia? ¿Por qué no quedamos para tomar algo luego?
—La verdad es que he venido sola.
Se miraron el uno al otro, y me sentí incómoda por partida doble. Dos hombres felizmente casados sentían lástima por mí, que tal vez sería la única mujer soltera en una isla paradisiaca. Debería haber pensado en eso antes de venir con la idea de encontrar un amante para estas vacaciones.
—Ten cuidado —dijo Doug usando un tono que sonaba sorprendentemente sincero.
—Creo que una isla privada en medio de la nada debería ser segura.
—Sería lo normal, ¿verdad? —dijo Doug.
—No la asustes —le pidió David.
Ahora tenía muchísima curiosidad y pregunté:
—¿Con qué no debería asustarme?
David miró a Doug con desaprobación y luego contestó:
—Hace un par de días desapareció una mujer. Escuchamos a una persona que lo estaba contando mientras esperábamos el ferri. Se subió en el ferri hacia San Juan, pero nunca volvió.
—¿Sabéis quién era? ¿Estaba casada o algo así? —Por primera vez en años, pensé en mi madre.
No es que se esfumara sin más, pero nunca olvidaré el día en el que se marchó y nos dejó a mi padre y a mí. No sé qué le dijo a él en privado, pero a mí me dijo: «Cariño, simplemente no soy feliz. No es por ti, mi amor, pero esto es lo mejor para todos». Tenía seis años. Nunca volví a verla.
Doug se encogió de hombros.
—No sabemos nada sobre ella. Había unas personas hablando de eso cuando estábamos esperando al ferri, y esa pelirroja de allí —hizo un gesto vago hacia Amber Jones— preguntó por ella. Había leído algo en el periódico. La mujer se llamaba Diane…
—«Diana» —lo corrigió David.
—Eso, «Diana». Como la diosa. Le hicimos la misma advertencia a Amber.
Por eso una chica tan guapa como tú debe tener cuidado —añadió Doug mientras me daba una palmadita en el brazo—.
Aunque esta isla parezca segura, nunca sabes lo que puede pasar.
Si necesitas algo, búscanos. Puedes contar con nosotros.
—Eh…, ¿gracias? —Parecían tan sinceros que por un momento pensé que eran demasiado amables como para ser reales.
—Doug se preocupa por todo. No dejes que te asuste —dijo David—. St. Claire es un resort maravilloso. Hemos conocido gente fantástica a lo largo de todos estos años. Luego podemos tomarnos algo juntos y conocernos más.
—Estaría genial, gracias.
Entraron en la cabina y yo me quedé felizmente sola.
El yate de lujo cortaba el mar como un cuchillo, dejando tras de sí una estela blanca y espumosa que borraba por completo cualquier sensación de inquietud.
Esto sí que era paz. El aire fresco, el chapoteo del agua, el cielo azul encontrándose con un océano todavía más azul.
A lo mejor, a fin de cuentas, una semana en el paraíso no estaría nada mal.
Varias sillas de la cubierta estaban colocadas mirando hacia el mar.
Ninguna estaba ocupada. Me dejé caer en una, por fin alejada de la expectativa superincómoda de tener que socializar y entablar conversaciones vacías.
Saqué el libro del bolso, pero no podía dejar de pensar en Diana, la mujer que había desaparecido.
Mientras observaba cómo la isla de San Juan se iba volviendo cada vez más pequeña en la distancia, me imaginé cien escenarios distintos de lo que podría haberle pasado.
Quizá dejó a su esposo y desapareció con su amante.
O fue víctima de un crimen o de un robo que salió mal.
O tal vez estaba soltera y conoció a un camarero atractivo y sexi que la conquistó, robó un yate y se la llevó navegando rumbo a las Bahamas.
Suspiré, pensando que no me importaría conocer a un camarero sexi que me arrastrara a tener una aventura por una isla preciosa mientras corríamos semidesnudos por la playa y bebíamos daiquiris servidos en cáscaras de coco.
Por supuesto, yo no quería desaparecer. Porque no todos los hombres sexis son buena gente, y dejarse llevar podía estar a un paso de ser secuestrada. Tal vez Diana confió en la persona equivocada.
«Basta», me dije a mí misma, y anoté mentalmente que debía preguntarle al conserje cosas sobre la mujer desaparecida.
Ahora necesitaba relajarme. Y terminarme el libro.
Lo abrí por donde había dejado mi marcapáginas favorito, una tarjeta negra plastificada con un mensaje claro y directo en fuente Courier blanca:
Gracias por no hablarme mientras leo.
La mayoría de las veces funcionaba.
Volví a perderme en el libro. Ya no escuchaba las voces que venían de la cabina, ni el zumbido del motor que cortaba el agua.
Solo oía las voces de los personajes de ese mundo ficticio en el que estaba tan interesada y a los que seguía en su viaje para resolver una sucesión de incendios provocados y enamorarse en el proceso.
—¿Señorita? ¿Señorita Crawford? ¿Está bien?
Levanté la vista y vi al camarero delgado, con el pelo tan alborotado que por un segundo me pregunté si se habría electrocutado. Me miraba fijamente y repitió:
—¿Está bien?
—¿Qué? ¡Sí! ¡Al final volvió! Sabía que lo haría, pero me preocupaba un poco que su terquedad se lo impidiera.
—Eh…, me refería a que… está llorando, y los demás ya han desembarcado.
El ferri se había parado. El motor estaba apagado. El agua, en calma. No se oían voces, ni el tintinear de las copas. Solo estábamos yo y el joven camarero, con los ojos bien abiertos, llenos de preocupación.
Me limpié la cara, algo avergonzada —sí, había llorado de alegría porque esos personajes habían conseguido su felicidad para siempre—, y dije:
—Ayyy, lo siento. No habré perdido el autobús lanzadera, ¿verdad?
—No, todo el mundo está en el muelle.
—Voy enseguida, ¿vale? —Le sonreí ampliamente, como si no hubiera estado llorando por un libro.
—Tómese su tiempo, señorita Crawford. No nos marcharemos sin usted.
Se fue, y yo solté un largo suspiro de alivio, me levanté y me acerqué a la barandilla.
Esta novela me había calado más hondo que la mayoría.
Estaba deseando hablar de ella. Iba a escribir una reseña y tal vez grabaría un reel para Instagram.
Adoraba la comunidad de lectores que había creado en internet.
En ella, hablábamos sobre libros que hacían volar nuestra imaginación.
Tal vez podría empezar una serie de reseñas titulada «Libros que leo en vacaciones».
Qué gracia, sería una serie corta, si tenemos en cuenta que estas serían mis últimas vacaciones en mucho tiempo, sobre todo con el ascenso esperándome cuando volviera a casa.
El mar, de un azul increíble, me atraía. Al inclinarme sobre la barandilla, vi cientos de peces nadando por encima del fondo arenoso. Un banco entero de peces gris plateado giró al unísono y desapareció debajo del barco.
Nunca había visto agua tan tentadora como para sentir el impulso de zambullirme en ella. Hacer eso no sería propio de mí. La espontánea era mi atrevida abuela, no yo.
Cómo me gustaría tener a alguien con quien sumergirme en el mar, alguien con quien compartir esta experiencia increíble y única en la vida.
Pero no tenía a nadie, y había de aceptar que allí estaba sola.
«Estar sola no significa que tenga que estar triste».