Capítulo uno
CAPÍTULO UNO
«Muy pocos de nosotros somos lo que parecemos».
AGATHA CHRISTIE , El hombre del traje color castaño
Nunca salgo de casa sin un libro.
La idea de quedarme atrapada en algún lugar sin nada que leer me produce pesadillas.
¿Qué es la hora del almuerzo? Es el momento perfecto para leerme un capítulo, o diez, si estoy leyendo a James Patterson.
¿Qué hago un trayecto en metro? Fácilmente me leo dos capítulos por viaje.
¿Qué tengo cita en el médico, o en el dentista?
, ¿o estoy esperando a que mi abuela deje de tontear con el portero?
Me ventilo un par de páginas para pasar el rato.
No es que sea antisocial, pero la gente real —al menos, la que yo he conocido— no es tan interesante, inteligente o divertida como los personajes que crean mis escritores favoritos.
Puedo resolver un asesinato, escalar el Himalaya y enamorarme en cuatrocientas páginas o menos. Es mucho más emocionante que mi vida.
Y este libro cayó prácticamente en mis manos en el quiosco del aeropuerto de Newark.
La portada, en la que aparecía la silueta de un hombre y una mujer huyendo de un incendio terrible, y el título ( A fuego lento ) hicieron que el corazón me fuera a mil.
El envoltorio no mentía: el libro era tan absorbente que para cuando hice escala en Miami para cambiar de avión ya solo me quedaba la mitad de la novela.
El suspense estaba muy conseguido, y me atrapó en un entramado cada vez más denso de mentiras y engaños, tal como sugería el título.
La tensión sexual entre Christina y John era embriagadora, y culminaba en una escena romántica tan satisfactoria que hizo que la espera hubiera valido la pena y me dejó un poco acalorada.
Casi podía escuchar a mi abuela diciéndome: «Es ficción, Mia. Por eso esperas demasiado de tus novios».
Sin embargo, para mí no solo era ficción.
No es que los hombres de las novelas románticas fueran perfectos —no lo eran—, pero tenían una chispa con la protagonista.
Juntos, los personajes encontraban el amor.
A veces, trabajaban mano a mano para resolver un crimen.
A veces, se deseaban apasionadamente y luego descubrían que había más que mera atracción física.
A veces, creían odiarse… hasta que había un giro de guion y se enamoraban.
En la mayoría de los casos, dejaban de estar solos.
Mi carrera iba viento en popa, pero mi vida amorosa apenas había salido del puerto.
Todos los hombres que parecían interesados en mí y todos los hombres a los que les daba una oportunidad fallaban en aspectos que yo consideraba fundamentales.
No solo en la cama, sino también en la vida.
¿Estaba destinada a vivir sola con dos gatos el resto de mi existencia, o a conformarme con un hombre que no sabía cocinar ni hacerme llegar al orgasmo?
Todavía me quedaban tres capítulos por leer cuando el avión aterrizó en el pequeño aeropuerto de San Juan.
Leo rápido…, pero, cuando un libro es muy bueno, repaso cada fragmento de diálogo mentalmente, todos los detalles que podrían ser una pista para el misterio, y luego saboreo la conexión emocional entre los personajes a medida que se va acercando el final.
Uno de mis libros infantiles favoritos es una historia de Barrio Sésamo en la que el Monstruo de las Galletas no quiere pasar la página porque al final del libro hay un monstruo.
En mi caso, no es un monstruo lo que me da miedo, sino el hecho de que el libro termine, de que, incluso si lo releo, la magia del descubrimiento se pierda porque ya sé lo que pasa al final.
Por eso, cuanto mejor es el libro, más despacio leo, y tenía toda la intención de saborear esos últimos tres capítulos empleando en ello todo el tiempo que tardara en llegar al St. Claire.
Al subir al ferri, el suave zumbido del motor y el aire salado y fresco hicieron que me destensara.
Observé a las parejas que subían a bordo y me di cuenta de que yo era una de las pocas personas que iban solas al resort.
Supuse que habría más solteros en la isla; sin embargo, ahora que ya casi la veía, me preguntaba en serio cómo iba a encontrar un acompañante para estas vacaciones, un tipo con el que divertirme, y acostarme, sin ataduras.
En casa, la fantasía de pasar una semana en el paraíso con un hombre atractivo era emocionante; en cambio, ahora que estaba allí, me aterraba la idea de vivir el viaje completamente sola.
Al final, iba a tener que comportarme como mi abuela y hablar con todos y cada uno de los hombres solteros hasta que me gustara alguno.
Una vez más, no podía evitar sentir que este viaje era una pérdida de tiempo y un gasto de dinero innecesario.
Llevaba cinco años en McMann me sentía totalmente fuera de lugar yéndome de vacaciones a una isla privada y elegante con gente del tipo de las personas para quienes suelo trabajar, personas que no son del tipo de aquellos con quienes socializo.
Y no había ningún hombre soltero entre los pasajeros.
Di gracias a Dios por el champán que me ofreció el camarero. Era un chico guapo, y le quedaba bien su uniforme blanco impecable, pero era demasiado joven. Probablemente ni siquiera pudiese beber de forma legal lo que estaba sirviendo.
Di un sorbo mientras evitaba el contacto visual y echaba un vistazo (bueno, tal vez más que un vistazo) a la pareja que se estaba devorando a besos en un rincón y que también había montado un espectáculo por hacerse arrumacos en público en el aeropuerto de Miami.
Era como si estuvieran pidiendo a gritos protagonizar un vídeo viral en TikTok que se titulase «La pareja que se comía la boca sin parar».
Seguramente estuvieran de luna de miel. O tal vez eran unos adúlteros disfrutando de una escapada durante una semana mientras sus cónyuges, que no sospechaban nada, cuidaban de los niños, le daban de comer al perro y se iban a trabajar.
Una mujer pelirroja vino de la cubierta trasera y me dio en la frente con su sombrero de ala ancha.
—Disculpe —murmuré.
Ella no me respondió, pero miró alrededor de la cabina como si buscara a alguien.
No tenía acompañante cuando la vi en San Juan.
Estaba leyendo el periódico local, el cual ahora le sobresalía parcialmente del bolso amarillo enorme de Kate Spade que llevaba a juego con su maravilloso sombrero de sol amarillo, igual de enorme.
Y era muy atractiva. Mis esperanzas de conseguir un novio de vacaciones cayeron al fondo del mar. Si había un solo hombre guapo y soltero en St. Claire, iría detrás de ella. ¿Qué probabilidades había de que hubiera dos hombres atractivos, solteros y que tuvieran menos de cuarenta años?
El camarero joven se acercó con una bandeja de champán:
—Señorita Jones, señorita Crawford, es un placer atenderlas esta tarde. ¿Puedo ofrecerles unos aperitivos? —Con un gesto amplio con la mano que tenía libre, señaló uno de los varios puestos de comida preparada.
Había más comida de la que diez personas podrían ingerir en un crucero cuyo trayecto duraba media hora.
—Gracias —dije con una sonrisa, demasiado nerviosa como para comer.
La pelirroja me evaluó rápidamente y, al decidir que yo no era una amenaza para su estatus de abeja reina, me sonrió con calidez mientras se hacía con una de las copas de la bandeja plateada, ignoraba al camarero y se presentaba:
—Soy Amber Jones.
Lo dijo en un tono que sugería que esperaba que yo la reconociera por el nombre. Le devolví la sonrisa y extendí la mano:
—Mia Crawford.
Amber me miró la mano como si tuviera gérmenes. La retiré enseguida y me sentí incómoda. Mis clientes esperaban formalidades como dar la mano y mantener cierta cortesía en general, pero estaba claro que allí eso no sería así.
—¿Es su primera vez en St. Claire? —pregunté para intentar minimizar la incomodidad del momento, mientras discretamente echaba un vistazo a la cabina para encontrar un lugar donde esconderme para terminarme el libro.
—No. —Ella también miró a su alrededor, pero sin disimulo, y observó a todo el mundo—. Me pregunto cuánto tiempo durará Nelson con su nueva adquisición —susurró con tono sarcástico.