Crímenes y lecturas de verano Prólogo
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Crímenes y lecturas de verano

Crímenes y lecturas de verano

Por Allison Brennan

© inepub.com

Prólogo

PRÓLOGO

«La muerte es terriblemente definitiva, mientras que la vida está llena de posibilidades».

GEORGE R. R. MARTIN , Juego de tronos

Diana Harden tenía un plan, y era un buen plan.

Este pequeño contratiempo que había surgido en su plan no era más que una molestia; no se trataba de un verdadero obstáculo. Enviarla a San Juan para emprender una búsqueda sin sentido fue infantil y mezquino.

Ethan Valentine pagaría caro por hacerle perder el tiempo.

Ya era casi de noche cuando el taxi acuático la llevó de vuelta a St. Claire.

El conductor no era más que un crío, pero Diana le pagó bien.

Ya estaba harta de toda esa mierda de juegos secretos y conspiraciones, así que hizo que el chico la llevara directamente al muelle privado de Valentine, situado en una cala resguardada, al suroeste de la isla.

—Recuerda —le dijo mientras se llevaba el dedo a los labios para hacer el gesto universal que significa «guarda silencio».

No quería que Ethan supiera que había descubierto su absurdo jueguecito.

El chico asintió con la cabeza y sonrió, y ella lo despidió con un gesto de mano.

Luces empotradas en el suelo iluminaban los escalones de madera por los que se ascendía desde el muelle a la casa de Ethan, construida en lo alto del acantilado.

Conforme iba subiendo, no sin esfuerzo, la altura empezó a marearla.

La brisa fresca del mar atravesaba el pañuelo fino que llevaba sobre los hombros y la hacía estremecerse.

Primero, Ethan le pagaría y luego ella le diría dónde había escondido los archivos.

¿En qué momento, después de que ella se había tomado tantas molestias en ayudar a una persona, de pasarle información que podría situarla en lo más alto, esa persona iba y la trataba como si Diana no fuera más que una mierda de perro que hubiera pisado con el zapato?

De ninguna manera iba a tolerar semejante falta de respeto.

Aquel hombre debía de estar un poco loco para vivir como un ermitaño en medio del Caribe.

Y todo ¿por haber perdido un acuerdo comercial?

¿Había venido aquí a lamerse las heridas y a autocompadecerse?

Debería estar contento porque ella tuviera pruebas de que lo habían estafado.

En cambio, en vez de eso, la había rechazado.

Si alguien le hubiera dicho a Diana hace diez años que se iba a enamorar perdidamente de un estafador cazafortunas, se habría sentido agradecida, y también triste, y enfadada, claro —¿quién no lo iba a estar en tal caso?

—, pero ello nunca le habría quitado el sueño.

Ethan Valentine debería estar dándole las gracias por la información que ella estuvo dispuesta a entregarle, prácticamente gratis, el día anterior.

Ahora ese imbécil tendría que pagar caro a cambio de dicha información.

Cuando llegó a lo alto de las escaleras, Diana se detuvo a recuperar el aliento.

Las vistas eran impresionantes: a la derecha, veía el sol hundiéndose en el mar, y a su izquierda, las luces lejanas de San Juan.

Casi como si al esconderse el sol hubiera dado una señal, varias luces led blancas y cálidas parpadearon y se encendieron para iluminar la casa y el jardín, pero dejando en penumbra la selva que había más allá.

Aunque la casa estaba iluminada, ella no podía ver nada a través de las celosías.

Se ajustó el bolso grande que llevaba al hombro, luego se acercó a la puerta de vidrio esmerilado y tocó dos veces el timbre.

Sonó de forma parecida al canto de un pájaro.

Al no obtener respuesta, volvió a tocar.

Y otra vez. Nada. Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave.

Frustrada y enfadada por el día horrible que había tenido que pasar en San Juan, rodeó la terraza.

La planta baja estaba cerrada de manera prácticamente total con puertas de vidrio.

Estaba buscando una forma de entrar cuando una voz, cargada de un acento que no llegaba a ser del rodo mexicano, le dijo:

—¿Está buscando algo?

Diana se tropezó y tiró una silla al suelo.

—¿Quién es usted? —preguntó.

Al entrecerrar los ojos, vio a un anciano recostado en una tumbona, en la esquina más alejada de la terraza.

Tenía la piel morena y una barba blanca, tan larga y espesa que casi no se le veía la cara.

Lo había visto en el resort: un cotilla pesado.

¿Qué hacía en la casa de Ethan? ¿Cuánto tiempo llevaba observándola?

—¿Quién cree que soy? ¿No ha sentido curiosidad [1] ? ¿Era eso español? Sabía poco español.

—No hay nadie en casa —dijo el anciano, esta vez en inglés—. ¿Necesita ayuda para volver al resort?

—Esta es la casa de Ethan Valentine —dijo Diana—. Me dijo que estaría aquí.

—Ah, ¿sí? Qué curioso.

¿Quién era ese hombre tan extraño?

—¿Cuándo vuelve Ethan? Es importante.

—Volverá cuando vuelva. ¿Le gustaría quedarse a esperarle? —preguntó el hombre—. Podría pasar un día o dos hasta que regrese. O ¿tal vez una semana? ¿Un mes? —Levantó las manos y se encogió de hombros.

¿Dónde demonios estaba Ethan? ¿En el resort? Eso sí que sería tener mala suerte, pensó Diana.

—Ya lo encontraré yo —dijo, molesta.

—Muy bien —respondió el hombre, el cual volvió a recostarse en la tumbona y cerró los ojos.

Con un suspiro de enfado, Diana empezó a caminar por el sendero de grava en dirección al edificio principal pensando que ojalá le hubiera pedido al chico del taxi acuático que la esperara.

No le hacía ninguna gracia tener que volver andando al resort, que quedaba a más de tres kilómetros de distancia, sobre todo porque tenía que subir por esa montaña.

Las sandalias de playa crujían al pisar en la grava.

Ya había perdido demasiado tiempo por culpa de Ethan Valentine.

¿Quería jugar? Pues ella también. Y a Diana eso se le daba mucho mejor que a él.

El precio se había multiplicado por diez.

El estrecho camino estaba mal iluminado, había pocas luces a ras del suelo.

No llevaba linterna y a su móvil se le había agotado la batería, así que se quedó en el centro del sendero, ya que sabía que había acantilados por todas partes.

Diana nunca se había considerado una persona asustadiza ni temerosa de la oscuridad, pero ni siquiera podía ver las estrellas por el espeso dosel de hojas que se abalanzaban sobre el camino.

Había roedores que salían corriendo de los árboles que tenía justo delante y que luego se escabullían por el acantilado.

Se obligó a respirar con calma. En la isla no había animales peligrosos.

¿Y eso que hacía crujir las hojas? Probablemente serían topos o conejos.

Empezó a hablar en voz alta consigo misma, y se sintió un poco tonta al hacerlo, pero escuchar su propia voz le ayudó a mitigar sus miedos.

Tropezó y consiguió asirse a una liana que colgaba de un árbol, maldiciendo a Ethan.

¿Acaso creía que cien mil dólares era demasiado?

¿Qué te parece un millón, Ethan? O pagaba, o lo desenmascararía.

Le contaría a todo el mundo lo que de verdad había estado haciendo desde que salió de los Estados Unidos.

Empezaría por el Wall Street Journal y Variety .

Después, seguiría tal vez con Forbes o The Economist .

Qué demonios, el New York Times podría estar interesado en esa primicia.

A ver cómo le sentaba a Ethan ese tipo de publicidad.

Sin duda, ese comportamiento tan ridículo no sería beneficioso para Valentine Enterprises.

Llegó a un claro en la cima de la montaña.

El suelo era compacto y plano, no había rocas ni arbustos, y estaba rodeado de luces brillantes.

Era el helipuerto de Ethan, aunque ahora no había ningún helicóptero.

Menudo imbécil. Menudo desgraciado. Otra mentira más que añadir a la lista de las que ya había dicho.

Tal vez no le vendería los documentos. Tal vez se los vendería al hombre al que se los había robado, y que Ethan siguiera revolcándose en su miseria.

Enfadada, pero completamente decidida a hacer que esos hombres despreciables pagaran por el caos que habían provocado en su vida y en la de sus seres queridos, cruzó el helipuerto con paso firme.

Los árboles se balancearon con una ráfaga repentina de viento, y un escalofrío le recorrió la espalda. Se frotó los brazos y soltó otro improperio.

Y, entonces, las luces se apagaron.

Se quedó paralizada en la oscuridad repentina. La selva la envolvía, y los árboles crujían como si supieran algo que ella no. Se escuchó un ruido entre las hojas, a la izquierda, y luego a la derecha.

—¡¿Quién anda ahí?! —gritó—. ¡Da la cara, cabrón!

Primero, escuchó el batir de alas. Después, docenas de murciélagos volaron directos hacia ella.

Gritó y se tiró al suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos mientras la ráfaga de animalitos voladores volaba sobre ella.

Notó que el aire cambiaba a su alrededor, y sintió a los murciélagos tan cerca que por un momento pensó que era su presa.

Después, el batir de alas se desvaneció a lo lejos, y Diana se vio acurrucada en el suelo, sucia y dolorida.

—¡Por el amor de Dios, Diana! —dijo en voz alta—. Levántate.

Decidida a no volver a dejarse asustar por criaturas de la noche, se puso de pie, y su vista volvió a adaptarse a la oscuridad.

Las luces parpadearon, después volvieron a apagarse, y vio un cartel de madera al otro lado del claro.

Se dirigió hacia allí y se encontró con un cruce de caminos con dos flechas.

En el camino de la izquierda indicaba The Falls, y el de la derecha conducía al St. Claire.

¡Por fin! Apresuró el paso hacia la derecha, el sendero que llevaba al resort. No pensaba en otra cosa que en poder quitarse esa ropa asquerosa y examinar los cortes y magulladuras que sentía por todo el cuerpo.

Diez minutos después, una música tenue se filtraba entre los árboles, y pensó en perfiles potenciales a los que hacerles pagar, como, por ejemplo, la manipuladora con un novio superrico e ingenuo a la que Diana había identificado a kilómetros de distancia.

«No intentes estafar a una estafadora», pensó con una sonrisa.

¿O tal vez debería centrarse en el segurata que tenía problemas con las apuestas, o en el infiel, o en el ladrón?

Había mucho donde elegir… Entonces tuvo una idea, como si se le hubiera encendido una bombilla.

Aminoró la marcha y metió la mano en el bolso para echarles un vistazo a sus notas, pero se dio cuenta de que se había dejado el libro en la habitación esa mañana.

Daba igual. No se le iba a olvidar la idea más brillante que había tenido en toda la semana.

A fin de cuentas, ella era la heroína de esta historia: tan fuerte, guapa e inteligente como la caza tesoros de la novela que estaba leyendo.

Rio en voz alta. Eso era ella: ¡una caza tesoros!

Solo que los tesoros que buscaba no eran oro, sino secretos.

Secretos que se convertían en oro. Le encantaba esa imagen.

Aceleró el paso, ansiosa por llegar a su cabaña. Le dolían los pies, le palpitaba la cabeza, y lo único que quería era una copa grande de vino y darse un buen baño en el jacuzzi mientras leía el libro.

El sendero serpenteaba al bajar. Diana evitó pasar por delante del edificio principal porque no quería encontrarse con nadie, sobre todo porque llevaba unas pintas que parecía que la hubieran atropellado.

Las luces de seguridad iluminaban la terraza privada de su cabaña.

Se puso a buscar la tarjeta de su habitación.

Justo cuando tocó el fondo del bolso con la mano, escuchó una voz detrás de ella.

—Diana.

Dio un salto y se giró de golpe. El miedo le recorrió el cuerpo hasta que vio quién era. Molesta y agotada, dijo:

—¿Qué quieres?

—He estado esperándote.

—Mañana hablamos. Estoy muerta.

Le dio la espalda a su inesperada visita y empezó a insertar la tarjeta; sin embargo, antes de que lograse abrir la puerta, la sujetaron por detrás.

—¿Qué…? —Intentó hablar, pero sus palabras se ahogaron.

Con el pañuelo que llevaba sobre los hombros le rodearon y apretaron el cuello. Primero no podía hablar. Después, ya ni siquiera podía respirar.

Empezó a ver borroso. Se llevó las manos al cuello y comenzó a arañar desesperadamente la tela. Le temblaron las rodillas. Se le nubló la vista.

«¡Grita!», pensó.

No le salía ningún sonido de la garganta. No escuchaba nada, salvo el martilleo de su propio corazón. El miedo la atenazó como un sargento de banco.

Después, solo oscuridad.