La bufanda y el puesto #2
—Me ha preguntado si podía conseguir que el envoltorio pareciera menos artesanal porque la persona que iba a recibirlo era muy moderna.
Casi le he dicho que el duelo había retrasado nuestro refinamiento, y solo me he contenido por miedo a que creyera que ofrecía un servicio navideño especial.
Algunas observaciones es mejor no hacerlas delante de los recibos.
—Habría mejorado la mañana.
—Habría mejorado la mía. No estoy tan segura de que hubiera mejorado la del mercado.
Y lo terrible es que me oigo hablar cada vez más como Georges, precisamente en todo aquello en lo que menos perdonaba.
Las respuestas secas. La impaciencia ante la estupidez decorativa.
La negativa a fingir que todas las preguntas poseen la misma dignidad.
—Puede que eso te ayude.
—Sí, pero habría preferido heredar dinero.
De pronto, Pistou se movió con tal brusquedad que Elodie tuvo que sujetarlo con más fuerza.
—Por el amor de Dios —masculló—. ¿Qué te pasa? Has visto otros puestos. Te han ofrecido pescado, mantequilla, bollería y afecto público. ¿Por qué prefieres la laca a la comida?
—Eso suena personal —dijo Clara.
—Empieza a serlo.
Sin concederles a ninguna de las dos la menor atención, Pistou mantenía la cabeza completamente vuelta hacia el pasillo de Thomas. Clara siguió la dirección de su mirada. —Puede que le guste Thomas.
—Thomas no le gusta tanto a nadie.
—Eso es una calumnia. A la mitad del mercado le gusta demasiado Thomas. La otra mitad le guarda un resentimiento que no le impide comprar, lo que es peor porque le proporciona dinero y satisfacción.
—¿Y tú?
Mientras cerraba la bolsa de papel con dedos expertos, Clara sopesó la respuesta.
—Creo que es inteligente, pulido, útil en una sala y probablemente agotador durante un almuerzo largo.
Georges decía que Thomas nunca terminaba una frase sin comprobar qué aspecto tendría después de pulirla.
Lo decía con medio cariño, que en Georges casi era ternura, pero solo casi.
—Eso sí que suena a Georges.
—Fue lo más cerca que estuvo nunca de llamar elegante a alguien sin tratar la elegancia como un defecto privado.
Al pasar junto al puesto de pan, donde Pistou solía aprobar por igual el calor y la mantequilla, Elodie siguió llevándolo en brazos.
Nada. Un juguetero tenía una hilera de pájaros tallados que giraban con la corriente y chocaban suavemente entre sí. Pistou les dedicó una mirada desdeñosa y reanudó sus esfuerzos por mirar por encima del codo de Elodie.
—¿Qué mosca te ha picado? —dijo Elodie—. Esta es la clase de día que casi cualquier gato consideraría ideal. Olores cálidos, gente estúpida, comida caída, admiración sin reservas. Y tú, en cambio, estás llevando a cabo una investigación privada sobre madera barnizada.
Cuando volvió a llegar al puesto de Thomas, Pistou ya estaba otra vez en el estante inferior.
Esta vez permanecía de pie, no sentado, y su concentración se había agudizado.
Desplazaba el hocico con pequeños movimientos exactos de un objeto lacado al siguiente, regresaba a ciertas piezas y rechazaba otras.
Un nacimiento oscuro. La fachada de una capillita.
Un adorno de la catedral tallado, con un acabado profundo en las hendiduras.
Y otra vez al principio. Thomas lo observaba como si una teoría privada estuviera recibiendo una cortés confirmación.
—Eso sí parece una reacción al olor —dijo.
Para sacarlo de allí, Elodie se inclinó y tomó a Pistou con ambas manos. —Empiezas a darme vergüenza. Estoy llegando al punto en que tendré que presentarte pidiendo disculpas. Tu encanto ya te precede, y eso es peor. —Pistou se inclinó hacia el estante incluso después de que ella lo sujetara bien.
Con una sonrisa, Thomas dijo: —Ya ha venido tres veces esta semana. ¿Es coleccionista? Tiene la concentración necesaria, aunque le falten las manos.
—Al menos eso sonaría digno. Le gustan las cosas brillantes y creo que es un cuervo disfrazado de gato, solo que con peores modales y una convicción aún más firme de que todo le pertenece. Por desgracia, el parecido es completo.
Después de mirar hacia el expositor, Thomas dijo: —O le gusta el olor.
Para la mayoría de los animales, el olfato importa más que la vista.
Nos halagamos pensando lo contrario porque casi ninguno de nosotros posee el don de admitir hasta qué punto la nariz gobierna el día.
—En ese momento apareció Clara, con un guante en una mano y una lista de papel doblada en la otra.
—Ah, estupendo —dijo—. Estás aquí.
Al volverse hacia ella, Thomas dijo: —Eso suena ominoso.
—Necesito un regalo para madame Hubert y me niego a escogerlo sola porque una vez me regaló castañas confitadas envueltas en lino y todavía cargo con el listón que dejó.
He pasado media mañana entre papel, cintas y gente que pregunta por el tono emocional del chocolate.
No voy a tomar una decisión decorativa sin testigos.
—Parece razonable —dijo Thomas—. ¿Cuáles son las condiciones?
—Algo pequeño. Nada sentimental. Pero tampoco frío. Ella percibe la frialdad y sabrá si he sido perezosa.
—Es una cualidad útil.
—En ella, sí. En cualquier otra persona resulta agotadora. Solo toleramos el escrutinio de aquellos a quienes respetamos.
Una vez al otro lado del mostrador, Thomas empezó a sacar piezas del expositor lateral. —Un encargo peligroso. Veamos. ¿Este ángel pintado?
—No. No le gustan las caras a menos que quien las hiciera lleve muerto el tiempo suficiente para haber perdido toda vanidad.
—Eso es muy concreto. Parece que has practicado la descripción. O que ella te ha adiestrado para darla.
—Tiene prejuicios muy anticuados y he decidido no discutirle ese punto. Ahorra tiempo. Algunas batallas no merecen el esfuerzo táctico.
Después, Thomas alzó una estrella tallada. —¿Esta?
—Demasiado correcta. Parece muy obediente, y ella desconfía de todo lo que sea tan pulcro. Le gustan las cosas con aspecto de haber llevado una vida interesante.
Después, Thomas levantó una pequeña catedral de madera clara. —¿Mejor?
Con la pieza ya en la mano, Clara la sostuvo a la luz. —Mejor. —Entonces Thomas le entregó otra: la fachada lacada de una capillita, de acabado más oscuro y líneas más finas.
—¿Y esta?
Con las dos piezas juntas ante sí, Clara tardó en decidirse un instante más de lo que la elección exigía. —Esta.
—La capilla.
—Sí.
—¿Por qué?
Al mirar de nuevo la pieza, Clara dijo: —Porque Georges siempre decía que tus acabados eran inconfundibles.
Decía que podía reconocer tus piezas solo por el olor de la laca, algo que yo tomaba por una de esas afirmaciones tan propias de Georges hasta que me lo demostró dos veces delante de mí y me hizo sentir una ignorante ante un trozo de madera.
Su atención al detalle resultaba casi inquietante.
Al oírla, Thomas hizo una pausa. —¿Eso decía?
—Sí. Así de cuidadoso eres con los preparados. La precisión se manifiesta en los lugares más inesperados. —Clara alzó la vista hacia él—. Y antes de que finjas modestia, no, no estaba siendo generoso. Por eso importaba cuando decía algo agradable. Era exacto. Importaba porque procedía de él.
Con una risa suave, Thomas dijo: —De acuerdo. Era exacto.
—Sí —dijo Clara—. Eso. Exacto. Podía ser cruel con su exactitud, pero también lograba que la admiración sonara casi severa, lo cual de algún modo resultaba más convincente.
Con Pistou en brazos, Elodie los escuchó hablar de acabados, moldes y trabajo minucioso con la soltura de quienes respetaban la habilidad del otro. Sonaba bien. Sonaba auténtico. Sonaba como una conversación que una podía oír cien veces en un mercado sin pararse a pensar jamás en ella.
Al recuperar el adorno, Thomas lo volvió hacia la luz y dijo: —Esta pieza tiene trabajo suficiente para complacer a alguien que repara en el trabajo sin desear que la reconozcan por ello. No la adulará. Solo resistirá su atención, lo cual quizá sea un regalo superior.
—Eso suena a ella —dijo Clara.
—¿Y no es sentimental?
—Por muy poco.
—Entonces puede que sea perfecto.
Lo envolvió en papel de seda, luego en papel fino y finalmente lo ató con un cordón oscuro. Pistou dejó de retorcerse en brazos de Elodie. Mantenía el hocico orientado hacia las manos de Thomas y la madera lacada. Clara miró al gato. —Otra vez.
—Me está humillando —dijo Elodie—. Y ni siquiera lo hace por travesura. Tiene un propósito. Si tirara algo, por lo menos entendería la emoción.
—Es constante —dijo Clara—. Eso es más admirable. A mucha gente de este mercado le vendría bien escoger una obsesión y entregarse a ella. La capacidad de concentrarse escasea más que el talento.
Al entregarle el paquete a Clara, Thomas dijo: —Su compañero parece aprobar mis materiales.
—Vas a volverlo vanidoso.
—Ya era gato antes de conocerme. No puedo atribuirme la autoría, solo la atmósfera. Algunas naturalezas se resisten por completo a las revisiones.
Mientras guardaba el paquete en el bolso, Clara dijo: —Quizá Georges tenía razón. Quizá sea el olor. Algunas observaciones incomodan porque son exactas.
Elodie la miró. —¿Tú también?
Después de encogerse de hombros, Clara dijo: —A los gatos les importa más el olor que la belleza, ¿no? O eso me han dicho personas que quieren disculpar cosas feas pero excelentes. Todos buscamos permiso para que nos guste lo que nos gusta.
—Sí, pero esto sigue pareciéndome teatral.
—Aquí todo se vuelve teatral para la tercera semana de diciembre —dijo Clara—. Eso no hace que carezca de significado. La gente actúa más cuanto más necesita de los demás.
Volvió la mirada hacia el puesto de Keller. —Tengo que irme antes de que alguien vuelva a pedirme elegancia sin azúcar.
—Parece probable —dijo Elodie.
—Ya ha sucedido dos veces. Una mujer quería algo severo pero reconfortante, como si yo vendiera una directora de colegio en forma de praliné.
La contradicción es lo más sincero que pide la gente.
—Clara lanzó una última mirada a Pistou—.
Si te hace volver aquí por cuarta vez, le cobraré el espectáculo a Thomas.
—Lo añadiré a los gastos generales del puesto —dijo Thomas.