Crimen y vino caliente en Estrasburgo (Misterios entre canales y croissants 4) La advertencia #2
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La advertencia #2

Después de apilar las bandejas junto a la puerta, Clara dijo: —Lo dices como si no estuviera aprendiendo. —Había un punto de aspereza en su voz.

—Estás aprendiendo. Por desgracia. La rapidez con que aprendes hace difícil corregirte antes de que llegue el siguiente error. —Señaló la rejilla junto al calentador—. ¿Cuánto queda de la tanda de hoy?

—Doce ángeles, ocho cuadrados sencillos, seis de naranja confitada y uno de café, porque nadie sabe lo que le conviene. —Lo recitó como una oración breve y perfecta. El inventario era un idioma que ambos hablaban con fluidez.

—Parece correcto. —Su tono siguió siendo relajado, casi cálido—. ¿Y mañana por la mañana? Necesito saber qué me espera antes de que el primer cliente me pregunte algo que no pueda responder. La lógica de los pueblos pequeños exige coherencia interna.

—He preparado la ganache de chocolate negro y la mitad del relleno de especias. El resto depende de que sigas creyendo en el trabajo. La mayoría deja de creer al llegar la mañana.

—Creo mucho más en el trabajo que en el optimismo. El optimismo no llena una vitrina. Solo llena la conversación hasta que la vitrina se vacía.

Clara dirigió una rápida mirada de Georges a Elodie.

Si percibía la tensión subyacente, aún no sabía ponerle palabras.

O quizá sí las tenía y había decidido no gastarlas delante de él.

—Muy bien —dijo—. Entonces seguiré siendo útil ahí delante, a menos que la tienda haya decidido que ya no me merece. —Su cortesía tenía algo de castigo.

—Rara vez te merece —dijo Georges—. Ve de todos modos.

Cuando Clara se marchó, la trastienda quedó más silenciosa. Elodie miró a Georges y dijo: —Eso te ha costado.

Sin fingir que no la entendía, respondió: —Sí.

—No querías que ella lo viera —dijo Elodie. Le costó decirlo sin que sonara a acusación.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no puede ayudarme a cargar con esto. Y porque la preocupación es contagiosa en las tiendas. La gente empieza a cometer errores por motivos que no comprende. —Volvió a coger la taza—. Si puedo ahorrarle un día más esa clase de miedo, prefiero hacerlo.

No había nada de sentimentalismo en sus palabras, y por eso resultaba más difícil discutirlas. Elodie rodeó la taza de café con las manos para calentárselas, aunque ya no tenía frío. —¿Y esta noche?

—Esta noche —dijo Georges— hablaré con la persona responsable. Eso es lo único que ocurrirá. Todo lo demás puede esperar.

Por todo lo que había callado, estaba claro que se refería a Nathalie. No hacía falta preguntárselo.

—¿Y si no lo admite? —Elodie sabía lo que significaría la negativa.

—Presentaré las pruebas al comité antes de la ceremonia del veintitrés. Después, el mercado decidirá qué quiere ser. —Alzó ligeramente un hombro—. Preferiría no avergonzar a nadie en público. Pero una preferencia no es ley. Los hechos, en cambio, son extraordinariamente persistentes.

El timbre sonó de nuevo en la tienda y otra vez cuando la puerta se cerró tras un cliente. —¿Y crees que te escucharán? —preguntó Elodie.

—¿A las pruebas? No tendrán más remedio. ¿A mí? —Emitió un sonido breve y seco que quizá fuera una risa—. Eso es menos seguro.

Durante unos instantes no hablaron. La trastienda conservaba aquel calor modesto y útil.

Las tazas. Los estantes. Los moldes envueltos.

Al otro lado de la puerta, el trabajo seguía su curso.

Cuando por fin Elodie se levantó para marcharse, el reloj del fondo ya había pasado de las cinco y media y fuera la luz se había acercado aún más a la oscuridad.

Georges también se levantó, por una vieja costumbre, por educación o porque despedirla sentado le habría parecido descortés.

—Gracias por venir —dijo.

Sonó cotidiano. Y, sin embargo, no lo fue. Antes de preguntarse si era de las que hacían esas cosas, Elodie se acercó y lo abrazó. Georges prolongó el abrazo una fracción más de lo esperado. No mucho. Lo suficiente. Cuando se separaron, ninguno de los dos lo mencionó.

—No hagas nada teatral —dijo ella.

Primero hubo en su mirada una sorpresa serena; después, comprensión. —En toda mi vida, nadie que me conozca me ha acusado jamás de teatralidad.

—No era eso lo que me preocupaba.

—No —dijo él—. Lo sé.

Desde la tienda, Clara llamó: —Si alguno de los dos piensa salir o volver a entrar, necesito saber si el timbre va a sonar de entrada o de salida.

—Ya vamos —dijo Georges.

En la tienda, Elodie se puso el abrigo mientras Clara ataba un cordel alrededor de otra caja con la concentración de quien había decidido no hacer preguntas que sabía que no tendrían respuesta.

Junto a la puerta, Pistou, que había pasado buena parte de la tarde tendido sobre el calentador con regia indiferencia, levantó la cabeza y volvió a bajarla al ver que Elodie se marchaba sin él.

—Traidor —le dijo Clara al gato.

Con absoluta dedicación, Pistou la ignoró.

Para cuando Elodie llegó a la barcaza, el mercado había entrado en esa hora en que la fiesta pública empezaba a disiparse mientras cobraba fuerza el trabajo de quienes quedaban detrás.

A las ocho, el público ya se habría marchado.

Los chalets seguirían iluminados desde dentro, pero el mercado visible habría terminado y comenzaría el otro: el de los barridos, los recuentos, las reposiciones, los callejones de servicio, el cansancio, las pequeñas discusiones, las entregas, las pausas para fumar y las llaves.

Tras una cena sencilla que apenas probó, llamó a Lucien mientras el hervidor daba sus últimos chasquidos. Él contestó al tercer tono. —Si llamas antes de cenar, o te has vuelto eficiente o pasa algo.

—No son las únicas posibilidades. También podría estar sentada tranquilamente con un libro, que es justo lo que hacía antes de llamarte. Y era un capítulo bastante bueno.

—Son las posibilidades más interesantes —dijo él. Hubo una pausa—. ¿Qué tal Estrasburgo?

—Complicado.

—Eso es lo bastante impreciso para significar que yo tenía razón. Tienes una forma de no decir nada que lo confirma todo. Casi resulta impresionante.

Del mercado, en cambio, sí le habló. De la Étoile.

Del comité. De cómo se hablaba de la tradición como si fuese algo querido pero necesitado de corrección.

Del lenguaje de la innovación, la relevancia y el público joven.

No le habló de las pruebas, ni de Georges, ni de la caja de madera, ni del molde de la catedral.

Se reservó todo aquello. Lucien escuchó sin interrumpirla, una de las razones por las que ella confiaba en él.

Cuando terminó, dijo: —Estás pensando en algo que te importa.

—Eso no significa nada.

—Lo significa todo. —Elodie lo oyó mover algo al otro lado de la línea, quizá un plato, quizá una silla—. Así es como acabas enredada.

—No estoy enredada. Solo observo. Hay una diferencia importante que podría explicarte si no te estuvieras riendo ya.

Al otro lado sonó una risa suave, incapaz de ofenderla pero también de darle la razón en aquella mentira. —Eso es lo que dices siempre. Antes de enredarte. Y nunca te equivocas al respecto.

—Eso no es verdad.

—Lo es bastante a menudo como para resultar aburrido. —Elodie percibió su sonrisa a través del teléfono. Siguió una breve pausa. Después, en voz más baja, él dijo—: Pareces preocupada. No como cuando hablas de una receta o un capítulo difícil. Hay algo debajo de todo eso.

—Estoy cansada.

—No es lo mismo. El cansancio se pasa durmiendo. La preocupación espera a los pies de la cama.

—No —dijo ella—. No lo es.

Sin insistir, preguntó con la bondad práctica de quien la conocía demasiado bien para presionar en la dirección equivocada: —¿Has comido?

—Lo suficiente.

—Eso no suena muy convincente.