Crimen y vino caliente en Estrasburgo (Misterios entre canales y croissants 4) Parte I – El mercado #3
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Parte I – El mercado #3

Con la vista fija en el libro abierto, Elodie dijo: —También ha insinuado que la soledad puede volverse teatral. Es la clase de cosa que se dice cuando se ha pasado demasiado tiempo leyendo. Por lo general, sobre uno mismo.

—¿Y?

—Y le he dicho que el mercado seguirá ahí mañana. Lo cual es cierto en teoría. Otra cuestión es que mañana yo siga dispuesta a ir.

Hubo un momento de silencio antes de que Lucien dijera: —Eso sí parece una de esas cosas que dice la gente cuando no tiene intención de ir. Poseo una pequeña colección de excusas semejantes, y la tuya ocupa uno de los primeros puestos por su elegancia. Las catalogo por interés antropológico.

—Eso es muy injusto.

—Sí.

A su pesar, sonrió. —Al menos podrías fingir que te lo piensas. Sería educado. No es mucho pedir que guardes las formas y simules cierta deliberación.

—La estoy considerando. Y la rechazo. Son actividades distintas.

—Te has vuelto eficiente.

—No. Te conozco desde hace demasiado tiempo.

El suficiente para reconocer la eficiencia cuando la empleas como un arma.

Cosa que, ahora que lo pienso, sucede bastante a menudo.

—Se oyó otro pequeño ruido al fondo. Después, como si la pregunta llevara un rato rondándole en segundo plano, añadió—: ¿Hace mucho frío hoy?

Intento decidir si estás cómoda o si te limitas a aguantar con estoicismo.

Es la clase de cosa que uno necesita saber.

—Cuatro grados esta mañana. Ahora creo que hace menos sobre el agua. Las cuerdas estaban rígidas.

—¿Y dentro?

—Bien.

—Esa respuesta nunca significa bien. En treinta años preguntándoselo a la gente, esa palabra no ha sido exacta ni una sola vez. Como mentira se ha vuelto casi transparente.

Mientras la ventana se oscurecía, Elodie volvió la mirada hacia ella. —La estufa aguanta. Las tuberías se comportan, de momento. Las paredes están frías, pero no heladas. Pistou ha acaparado casi todo el calor.

—Eso se parece más a una respuesta. Al menos es sincera a su manera.

Contigo, la sinceridad suele ser la mejor opción.

Parece un informe de mantenimiento. Describes tu vida como los ingenieros describen los puentes: estructuralmente adecuada, sin motivo de preocupación inmediata. Me inquieta considerablemente.

—Los prefieres así.

—No siempre.

Al cabo de unos segundos, y sin apresurarse a romper el silencio, Lucien preguntó en un tono más bajo que en apariencia no pedía gran cosa: —¿Cómo estás?

Elodie podría haber vuelto a responder bien.

En vez de eso, miró el libro abierto, el gato y su propia mano hundida en la lana áspera de la bufanda.

—Estoy aquí —dijo.

El silencio duró unos instantes antes de que respondiera. —De acuerdo. —Al otro lado volvió a oírse un ruido: una puerta al cerrarse. Más lejos del teléfono sonaban voces. La vida a su alrededor, cercana y corriente.

Entonces Elodie preguntó: —¿Y tú?

—Vivo. Uno de mis vecinos ha decidido ahumar pescado en el balcón. El pasillo huele a puerto durante la bajamar y él no ve ningún problema.

—¿Por qué?

—No he determinado el móvil. Negligencia. Maldad. Una mala relación con la comunidad de vecinos.

—¿Con romero?

—Con algo agresivo. Todo el edificio huele a mar y a reproche. Después tendremos que abrir las ventanas.

—Es una imagen vívida.

—Pensé que lo apreciarías. Tu gusto por lo concreto rara vez se ve defraudado.

—Lo aprecio.

Rio por lo bajo. —Además, que conste que no he llamado para comprobar si te has convertido en una ermitaña absoluta en un barrio histórico. Eso exigiría mucha más preocupación por el prójimo de la que soy capaz. He llamado por los libros.

—¿Ah, no?

—No. He llamado porque he pensado en ti. Después he supuesto que, si esperaba hasta más tarde, fingirías estar ocupada. La lógica era sólida.

—¿Has hablado con Camille? Te contará la verdad, pero solo si se lo preguntas dos veces. Camille ha aprendido eso de mí.

Mientras daba la vuelta al libro sobre su regazo, Elodie dijo: —Camille dejó un mensaje ayer. O anteayer. La llamaré.

—Se preocupa —dijo Lucien, sin que sonara como un reproche.

—Sé que lo hace. La semana pasada dejó dos mensajes, y en el segundo parecía estar redactándolo mientras caminaba. Con bastante eficiencia, de hecho.

—Es una acusación terrible. Y solo bromeas a medias.

—También es exacta.

Por toda respuesta, guardó silencio. Era una de las cosas que más le gustaban de Lucien, aunque jamás se lo habría dicho: sabía cuándo dejar una frase sobre la mesa y cuándo no fingir que no la había oído.

—Me alegro de que hayas llamado —dijo.

—Lo sé.

—Eso es insoportable.

—Sí.

Esta vez se rio más bajo. Después Lucien dijo, como si la idea hubiera estado rondándole un rato en segundo plano: —Sal un día antes del anochecer. No porque le debas nada a la Navidad. Solo porque estar cerca de la gente y estar con ella no son el mismo problema.

Ante el silencio de Elodie, Lucien añadió: —O sal para fastidiarme. El método me da igual. La motivación no importa si el resultado es ponerse en movimiento.

—Eso resulta más atractivo. Llevar la contraria siempre ha sido mi motor más fiable. Arranca antes que la ambición y necesita menos combustible.

—Pensé que podría serlo.

—Madame Hubert se volvería insufrible si supiera que estás de acuerdo con ella. Ya es insoportable cuando dudan de ella. No tiene sentido regalarle también la certeza.

—Seguro que ya lo sabe. Las mujeres así no necesitan confirmación. Llegan a sus conclusiones como llega el tiempo a la costa.

—Eso suena a miedo.

—Es respeto.

Después de dejar el libro sobre la mesa, dijo: —Feliz diciembre, Lucien.

—Feliz diciembre. Besa al gato si te lo permite. Y dile que, con esta temperatura, la bufanda no es opcional.

—No lo permitirá.

—Lo sé.

Terminada la llamada, solo quedaron de nuevo los sonidos del camarote: estufa, madera, agua, ronroneo.