Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 34 Morgan
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Capítulo 34 Morgan

Morgan

Sábado

El sol dorado despuntaba sobre los canelos silvestres como una promesa cumplida, imparable y constante.

Morgan apoyó la cabeza contra la fría ventanilla del coche de Will mientras pasaba la vista por los rayos dorados que atravesaban los árboles.

La bruma matutina se aferraba a los bordes de la carretera y difuminaba el mundo que los rodeaba.

En el asiento trasero, Angel dormía profundamente, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta mientras aferraba su cuaderno de dibujo.

Daphne estaba hecha un ovillo a sus pies, roncando.

Will le apoyó una mano en el muslo y, por primera vez en lo que le parecía un siglo, se permitió respirar hondo.

Todo iba a salir bien.

Giró la cabeza y contempló el perfil de Will mientras conducía con los hombros echados hacia adelante, el ceño relajado y la mandíbula suelta.

Las marcas de tensión que le habían rodeado los labios al fin habían desaparecido.

Él la miró de reojo y, cuando se dio cuenta de que ella también lo estaba mirando, sonrió.

Aquella sonrisa torcida y que asomaba con lentitud siempre hacía que sintiera una presión en el pecho, aunque en el mejor de los sentidos.

Siete días. Una semana. Eso era lo que había tardado su vida en dar un vuelco. Unos días atrás, había estado convencida de que su vida se estaba desmoronando: sin certezas sobre su futuro, su lugar en el mundo, la pensión o su propio corazón.

Pero ¿ahora? Iba de camino a Macon con un hombre al que… ¿amaba? Su hija iba en el asiento trasero, sumida en un sueño profundo. Todavía estaba magullada, recomponiéndose, pero se sentía completa.

Estiró la mano hacia la de Will y entrelazó los dedos con los suyos. Él se la estrechó y se concentró en la conducción. Morgan apoyó la cabeza sobre el reposacabezas mientras los recuerdos la asaltaban en destellos de caos, desamor y descubrimientos.

Eleanor Langford le había salvado la vida (tanto a ella como a sus padres) sin saberlo, pues había dejado hasta el último documento que había recopilado en el compartimento secreto del armario de la suite Jardín.

Al final, había sido Angel, la curiosa e intrépida Angel, la única lo bastante pequeña como para colarse en dicho compartimento para recuperar los papeles antes de que la Policía recurriera a la opción de destrozar el armario.

Allí habían aparecido todos los documentos. Toda la meticulosa investigación de Eleanor y sus notas escritas a mano. Diagramas, registros de pagos y transferencias bancadas. Y lo más condenatorio de todo: el mapa de distribución territorial con transparencias falsificadas.

Max Greaves había estado blanqueando dinero a través de empresas fantasma que donaban a las campañas electorales del alcalde Lyons.

Había pagado una gran cantidad el mismo año que, sospechosamente, habían enmendado el decreto de distribución territorial.

¿El otro rastro de pagos? Transferencias bancarias electrónicas a Cameron Shore, reflejadas con todo lujo de detalles.

Toda aquella retorcida trama desplegada ante el Departamento de Policía de Cinnamon Falls solo porque una mujer se había negado a que la borraran de la historia.

El alcalde Tate tampoco se había quedado de brazos cruzados ante el delito.

Acompañó personalmente a Greaves hasta dejarlo bajo custodia de la Policía estatal, con la intención de que sirviera de ejemplo para cualquiera que, en el futuro, se atreviera a meterse con la buena gente de Cinnamon Falls.

Morgan pestañeó para deshacerse del escozor repentino de los ojos.

Todavía no podía creerse que Eleanor, la huésped más molesta de su madre, les hubiese estado cubriendo las espaldas todo aquel tiempo.

En cuanto a Cameron, todavía no estaba lista para desenredar todos sus sentimientos al respecto.

Al menos, no por el momento. Para eso, iba a necesitar un par de whisky sours , un psicólogo valiente y a su mejor amiga.

Volvió a mirar por la ventanilla. La carretera hacia Macon era larga y recta, y estaba flanqueada por flores silvestres y hierba que se mecía con el viento.

En algún punto más adelante se encontraba Tanya, a la espera de reencontrarse con su hija.

Curiosamente, Morgan no estaba nerviosa.

No porque la situación no fuese complicada, sino porque no se sentía como si estuviera a punto de hacerse añicos.

Se sentía liberada; se atrevería incluso a decir que se sentía amada.

Captó su reflejo en el retrovisor: su labio aún estaba cicatrizando, pero sus ojos se veían firmes.

Se sonrió a sí misma. Qué rápido cambia la vida.

Mientras pasaban junto al cartel de BIENVENIDOS A MACON , se apoyó sobre el hombro de Will y susurró:

—Veamos adónde nos lleva esta historia.