Epílogo Morgan
Epílogo
Morgan
Seis meses después
Tenía el micrófono demasiado pegado a la boca. Morgan lo apartó con suavidad con la mano, pero el técnico de sonido, que llevaba gafas, apareció detrás de ella de la nada para volver a colocárselo de inmediato debajo de la nariz.
—Finge que no está ahí y ya está —le recomendó.
Desde el asiento contiguo al suyo, Will soltó un bufido divertido.
—Para él es fácil decirlo; no son sus secretos los que están a punto de salir a la luz en directo ante un millón de personas.
Ángel, siempre imperturbable, columpiaba los pies desde la silla de oficina y sonreía como si todo aquel montaje hubiera sido preparado especialmente para ella.
Un micrófono diminuto estaba sujeto con cuidado a su cárdigan amarillo limón, y su vestido del día era un maxi de lino blanco que le llegaba hasta los tobillos.
Del otro lado del cárdigan colgaba orgullosa la cinta azul del primer lugar que había ganado meses atrás en la biblioteca.
Su dibujo, un retrato de Eleanor Langford, ya adornaba el despacho del alcalde Sterling Tate y permanecería allí hasta el fin de su mandato.
La pequeña se negaba a quitarse el lazo.
Sobre su regazo descansaba la figura coleccionable de Andrew Guy, investigador privado , y su melena estaba recogida en aquel peinado en zigzag que había suplicado a Morgan que le hiciera a las seis de la mañana.
Morgan no podía negarle nada a alguien que sabía exactamente lo que quería.
—No os preocupéis —susurró la pequeña—. Yo me encargo de hablar.
Will le dedicó una sonrisa tensa.
—Ay, de eso estoy seguro.
En Rosie’s Diner reinaba el bullicio de la cháchara previa a la grabación.
Unas luces LED resplandecían con suavidad desde el equipo de grabación que había sobre sus cabezas.
Frente a ellos, la presentadora del pódcast Confidencial , Brooke Slade, y su compañero, Jake, estaban hojeando sus notas con la energía de dos personas que habían tomado demasiados cafés exprés preparados por Eddie Rutherford y dormido demasiado poco.
—Muy bien. —La presentadora alzó la vista con los ojos brillantes por la emoción—. Vamos a hacer un poco de esa magia de los pódcast.
Brooke tenía el pelo rizado y de color castaño rojizo, unas gafas demasiado grandes y una curiosidad insaciable por los crímenes.
Su copresentador y marido, un tipo robusto y barbudo ataviado con una camisa de franela, les dedicó un gesto amistoso de la cabeza mientras se recolocaba los auriculares.
Brooke se inclinó sobre la mesa de la cafetería mientras los técnicos trabajaban entre bambalinas para que toda la maquinaria de producción estuviera lista.
—Es todo un honor teneros a los tres con nosotros. Angel, eres oficialmente la detective más joven a la que hemos entrevistado jamás.
La pequeña sonrió, radiante, e hizo una floritura con el dedo índice.
—Prefiero que me llamen «investigadora excepcional». Aquello provocó el frenesí entre la abarrotada sala.
—Por supuesto —contestó Jake—. Culpa nuestra. ¿Es cierto que tu muñeco, Andrew Guy, desempeñó un papel clave a la hora de resolver el caso?
Will enterró la cabeza entre las manos.
—Nunca va a dejar que lo olvidemos.
Brooke levantó la figura de forma teatral.
—Cuando tiras del cordón, dice…
Angel tiró del cordón que Andrew Guy llevaba en la espalda:
—«Siempre podrás encontrarme donde se ocultan las cosas» —dijeron los dos al unísono.
Morgan puso los ojos en blanco con afecto.
—Que, por casualidad, es exactamente lo mismo que Eleanor Langford le dijo a Angel justo antes de morir.
Brooke ahogó un grito como si fuera la primera vez que oía esa información, a pesar de que Morgan y ella llevaban semanas intercambiando detalles a través del correo electrónico.
—Increíble —dijo Jake mientras sacudía la cabeza—.
De un mensaje críptico a un tesoro escondido de pruebas de fraude urbanístico.
Lo que quiero decir es que esta historia lo tiene todo: un asesinato, corrupción en un pueblo pequeño, un laberinto siniestro y ¡un compartimento secreto!
Si intentarais vendérsela a alguien de Hollywood, ¡diría que es demasiado!
—Y te estás olvidando del romance —dijo Will con una sonrisa—. Esa parte todavía sigue en curso.
Morgan se sonrojó mientras escondía el rostro entre las manos.
Desde el fondo del restaurante, la multitud gritaba, con la voz de Nia liderando el grupo.
Jesse estaba sentado con los brazos cruzados, junto a Calvin y Tanya, con una sonrisa satisfecha en el rostro.
Renee discutía con Elijah a través de una videollamada mientras recolocaba el trípode para conseguir el mejor encuadre del programa.
Tanto Marjorie como Vanessa estaban al borde de las lágrimas, aunque Morgan no sabía si era porque se sentían orgullosas o por el don para la comedia de Angel.
Walter y Niles se peleaban por Midnight mientras Daphne, a la que no le hacía ninguna gracia la falta de comida, yacía acurrucada en torno a los pies de Wesley.
Jake pasó una de las páginas de sus notas.
—Bueno, Morgan, según tus declaraciones, acabaste con las manos atadas con bridas en el sótano del casino Diamond Jack’s. Y tú, Angel, ¿estabas durmiendo?
—Fuera de combate —contestó ella con gesto inexpresivo.
—Es una leyenda absoluta —susurró Brooke.
Justo en ese instante, alguien gritó entre el público…
—¡Preguntadles por el beso!
Morgan abrió los ojos de par en par y Nia se puso en pie.
—Al parecer, fue muy cinemático, así que merece que lo incluyan.
—¡Ni siquiera estuviste allí! —refunfuñó Jesse.
—Cállate, me dijiste que estuviste a punto de llorar —contestó ella mientras le daba un golpe en el hombro.
—¿Queréis que lo recreemos? —ofreció Will mientras se acercaba al rostro de Morgan.
—Por favor, estamos aquí por trabajo —dijo Angel mientras fingía tener una arcada—. Vamos a comportarnos como profesionales.
Todo el mundo estalló en carcajadas y los productores levantaron los dedos pulgares en dirección a Brooke y Jake. A través de un altavoz, Morgan oyó que comenzaba el tema principal de Confidencial .
—Muy bien —dijo uno de los productores mientras daba una palmada y silenciaba al público—. Empezamos en tres…, dos…
Justo antes de que se encendiera la luz roja, Morgan respiró hondo.
«Vamos allá» —pensó—. «Hora de sacar a relucir mi actitud de protagonista».