Capítulo 33 Will #2
Will se acercó un poco más, conteniendo la respiración. A su lado, había apiladas un puñado de vigas de madera sin terminar. Comenzó a sacar una del palé poco a poco, centímetro a centímetro, hasta que la tuvo bien sujeta entre las manos temblorosas.
—Vaya plan de mierda —masculló Morgan a pesar de la mordaza. Forcejeó para librarse de Max, pero él la agarró con más fuerza e hizo que soltara un gemido.
A Will le hervía la sangre. Los ojos de Jesse se abrieron de par en par mientras Will levantaba la viga por encima de su cabeza.
Max giró sobre sí mismo, soltando a Morgan, quien gritó y se apartó justo a tiempo para que la cara de Max se encontrara con la tabla.
Una poderosa vibración recorrió los brazos de Will mientras la sangre brotaba del rostro de Max.
Su cuerpo se desplomó, cayendo al suelo con un húmedo y satisfactorio plaf .
Jesse lo miró, con las cejas completamente fruncidas.
«Te dije que me dejaras a mí manejar esto».
Jesse lo miró con el ceño fruncido.
—Te he dicho que dejaras que me encargara yo del asunto.
—¡Estabas tardando demasiado! —replicó Will.
Arrojó la viga a un lado, se puso de rodillas y se arrastró hasta Morgan, que se había acurrucado en posición fetal. Con una navaja, Jesse le cortó las bridas que le ataban las muñecas mientras Will le quitaba la cinta adhesiva de la boca con mucho cuidado. Ella escupió el trapo sucio y tomó aire.
—Recordadme que no vuelva a confiaros mi vida nunca más —refunfuñó—. ¡Habéis dejado que el hombre se pasara una eternidad hablando!
—Estaba esperando a que confesara y a tener una buena oportunidad para dispararle sin darte a ti. Perdona por intentar salvarte la vida —contestó Jesse.
—Aquí, el único que me ha salvado la vida ha sido… —Todo el veneno que le teñía la voz se evaporó de inmediato cuando se giró hacia Will.
La adrenalina le corría por las venas y sentía descargas eléctricas en las yemas de los dedos. Tenía la sensación de que en ese preciso instante podría atravesar una pared, pero, en cuanto ella lo miró, todo dejó de importar.
—Salgamos de aquí —les recomendó Jesse. Desenganchó el teléfono que llevaba colgado de la cintura—. Ang, necesito a los servicios de emergencia en Diamond Jack’s.
Will se quedó atrás mientras su amigo sacaba a Morgan de la sala.
Se agachó junto al cuerpo de Cameron que, tal como había sospechado, llevaba un traje al que le faltaba un gemelo.
Se giró hacia Max, que seguía balbuceando, medio inconsciente.
Rebuscó entre los bolsillos del hombre hasta que encontró el trozo de papel amarillo doblado.
El decreto histórico. Conocía a más de una persona que se alegraría de que acabara en las manos adecuadas.
El caos remitió. Max Greaves ya estaba en la parte trasera de un coche patrulla, desplomado contra la ventana.
Gracias a la madera con la que Will le había cruzado la cara, tenía tanto el ojo como el labio partido de un tamaño cuatro veces superior al normal.
Sabía que tendría que experimentar cierta satisfacción, pero, en su lugar, se sentía vulnerable, inquieto y agotado.
Con los brazos cruzados, se quedó de pie junto a la ambulancia, observando al personal sanitario que estaba terminando de hacerle un reconocimiento médico a Morgan.
Bajo las luces intensas, tenía la piel pálida y un moratón bastante feo en el lateral en el que le habían golpeado para dejarla inconsciente.
Sin embargo, su mirada de ojos ardientes y melosos seguía siendo penetrante y vivaracha.
Estaba sana y salva, y eso era lo importante.
No se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento hasta que ella no se giró hacia él y le hizo un gesto con la cabeza. Apenas la ladeó un poco, pero le estaba dando permiso para que se acercara. Will dio un paso al frente, pero se detuvo, sin saber si se lo merecía.
Jesse se acercó con aire petulante, libreta en mano, y le bloqueó el camino.
—Morgan nos ha dado una declaración muy completa.
Van a registrar la suite Jardín de la pensión.
Dice que en esa habitación hay un escondite con más documentos y que tal vez haya algo que demuestre que Max llevaba un tiempo planeando esto.
Tate está furioso. Al parecer, se había reunido con Eleanor un par de semanas antes de que la mataran.
Va a sacar la artillería pesada: la Policía Estatal.
Así que el asunto queda fuera de nuestro alcance.
Va a asegurarse de que Greaves se pase una larga temporada entre rejas.
Will asintió con la mandíbula tensa.
—Habla con Ronald Hartley, el coordinador del Área de Urbanismo. Él podrá encajar todas las piezas. Mientras tanto, Morgan necesita descansar, Jay.
—Puede macharse. Nosotros nos encargamos del resto.
Se estrecharon la mano y se abrazaron mientras se daban una palmadita en la espalda.
—Gracias, colega —dijo Will—. Por todo.
—Ahora eres prácticamente familia —respondió Jesse mientras lo soltaba y señalaba a Morgan con un gesto de la barbilla.
Will no esperó ni un segundo más. Morgan estaba sentada en el parachoques de la ambulancia.
El golpe de la cara se le estaba poniendo morado y llevaba marcas rojas causadas por las bridas en torno a las muñecas.
Cuando se detuvo frente a ella, alzó la vista poco a poco, como si verla hubiera calmado algo en su interior.
—Tendría que haberte protegido —se disculpó él. La voz, ronca y nerviosa, se le quebró a mitad de frase—. No tendría que haber dejado que nada se interpusiera entre nosotros.
—Esto no ha ocurrido por tu culpa. —Morgan sonaba cansada pero tranquila—. Cameron y Max tomaron sus propias decisiones.
Will negó con la cabeza y se pasó una mano por la barbilla.
—Te abandoné. No tendría que haber hecho eso, Morgan. Estaba enfadado y avergonzado, y no quería que vieras esa parte de mí. Pensé que, si la veías…, dejarías de ver las cosas buenas, que cambiarías de opinión.
Ella se puso en pie con lentitud y, aunque un destello de dolor le atravesó el rostro, ni se inmutó cuando estiró los brazos hacia él.
—No necesito que seas perfecto, Will, tan solo necesito que seas auténtico.
Aquello abrió de par en par algo en su interior. La atrajo entre sus brazos y la abrazó con fuerza, atrapándolos a ambos en ese instante. Morgan enterró el rostro en su pecho, y el peso de todo lo que habían sobrevivido los alcanzó de golpe.
Le colocó un dedo por debajo de la barbilla y le inclinó la cabeza hasta que pudo mirarle el rostro surcado de lágrimas.
—Lo eres todo para mí, Morgan Taylor.
Aunque tenía los ojos llenos de lágrimas, ella le dedicó una sonrisa, breve pero llena de luz.
—Entonces, cierra el pico y bésame de una vez.
Will hizo justo eso. Le desabrochó el botón superior de la blusa y después el siguiente, hasta dejarle las clavículas a la vista, lo que reveló el lunar que le había visto durante la cita. A Morgan se le atascó el aliento en la garganta.
—Will… —susurró.
Él acercó tanto los labios a ella que pudo sentir el calor que irradiaba su piel.
—Una vez leí en un libro de poemas que los lunares marcaban las zonas que un amante te había besado en una vida pasada. —Alzó la vista para mirarla—. Dime, Morgan, ¿estás teniendo un déjà vu ?
Le posó los labios sobre la piel y ella emitió un sonido que Will no dejaría de reproducir en su mente en años venideros.
Le apoyó una mano en la espalda para mantenerla erguida, la cubrió de besos desde el cuello hasta la barbilla y al fin quedaron cara a cara, con las bocas a apenas un centímetro de distancia.
Se inclinó hacia delante, hambriento, hasta que sus labios se encontraron.
Llevaba una eternidad esperando aquel momento.
Tenerla entre sus brazos era un sueño hecho realidad.
Al principio, el beso fue lento, dubitativo, suave y reverente.
Pero entonces se volvió profundo y ansioso, como si con él pudiera compensar todas las oportunidades que habían perdido, cada palabra que no se habían dicho y cada momento que habían pasado separados.
Cuando al fin se separó de ella, sin aliento, le soltó las trenzas que llevaba recogidas en un moño en lo alto de la cabeza. Los largos mechones le cayeron sobre los hombros como una cascada. Nunca había estado tan guapa.
—Cuando estés lista —comenzó a decirle—, quiero llevarte a Macon. Quiero que conozcas a Tanya.
Morgan retrocedió, sorprendida.
—¿A tu ex?
Will volvió a arrastrarla hacia él.
—A la madre de Angel. Sigue formando parte de mi vida. Pero también quiero que veas de dónde vengo y cómo es el lugar que me hizo ser quien soy. Quiero que lo sepas todo sobre mí, Morgan.
Ella asintió con los ojos vidriosos.
—Está bien —concedió—. Sería un placer.
Will volvió a inclinarse y le dio un beso en la sien.
La noche primaveral seguía siendo fría y las luces de emergencia arrojaban sombras azules y rojas sobre su piel, pero, por primera vez en días, Will se sentía firme. Mientras abrazaba a Morgan, lo supo: aquello no era más que el principio.