Capítulo 33 Will
Will
La señora Lucretia Alston, ciudadana interesada, tardó siete minutos agónicos en responder al mensaje en masa e informar de que había visto un Oldsmobile color canela entrar en el Diamond Jacks Casino tras su partida nocturna de póker de los jueves.
De camino, Jesse recogió a Will en el Daffodil Inn. Llevaba las luces de emergencia encendidas, lo que despejaba el tráfico de la carretera. Los coches les abrían paso y los árboles pasaban junto a ellos como un borrón mientras su amigo aceleraba la camioneta sobre el asfalto resbaladizo.
—Escucha: sé que quieres encontrar a Morgan, pero, si está en peligro, deja que me encargue yo del asunto —le aconsejó el policía mientras cambiaba de carril hábilmente para adelantar a un vehículo lento.
Will sacudió la cabeza, intentando mantener la mente despejada.
Quería creer que Morgan estaría sentada en una de las máquinas tragaperras con una copa y ahogándose con la conversación aburrida de Cameron.
Eso habría sido mejor que lo que pensaba en realidad: que estaba en alguna parte, herida, y tan solo le quedaban unos minutos de vida.
Si estaba en peligro, no sabía lo que haría.
—Si tiene un solo rasguño… —Se esforzó por aplacar su ira. Se dio un golpe en la palma de la mano con el otro puño. Un alivio temporal—. Al menos déjame que le dé un puñetazo antes de que lo arrestes.
Jesse soltó una carcajada.
—Lo pensaré.
Para cuando su amigo aparcó el coche patrulla en el aparcamiento de Diamond Jacks, Will ya se había bajado del vehículo de un salto.
Pasó junto al mismo aparcacoches que se había encargado de su Eldorado unos días atrás en Prime Society.
El adolescente desgarbado y con el rostro lleno de acné estaba jugueteando con el teléfono móvil.
Will se paró el tiempo suficiente para hacerle una pregunta.
—¿Ha pasado por aquí Max Greaves?
Jesse se reunió con él y desenfundó el arma mientras miraba el edificio de arriba abajo.
—¿Quién? —preguntó el aparcacoches mientras pasaba la vista entre ellos a través de una cortina grasienta de pelo negro que le cubría los ojos. Se apartó el flequillo de la cara.
—Un tipo alto con demasiada colonia —comentó su amigo.
—Esa descripción encaja con la de todos los tipos que cruzan estas puertas, amigo —contestó el joven con gesto inexpresivo.
—Detective —le corrigió Jesse.
—El propietario. Max —apuntó Will.
El adolescente se encogió de hombros.
—Yo me limito a aparcar los coches. De todos modos, el propietario no entraría por aquí. En la parte trasera hay una entrada privada para los clientes vip y esas cosas. —Hizo el gesto de las comillas con los dedos—. «Los grandes gastadores y los famosos» o algo por el estilo.
Con un chasquido, Jesse volvió a meterse la pistola en la funda y ambos se subieron de nuevo a la camioneta. El aparcacoches se acercó corriendo y se asomó a la ventanilla de Will antes de que pudieran arrancar.
—Oiga, he de decir que espero que se disculpara con la señorita de la otra noche. Parecía destrozada cuando se marchó de aquí a toda velocidad sin ella. Mantuvo la compostura, no le voy a mentir, pero su gesto era lo más triste que he visto en la vida.
—Es mi prioridad absoluta —le prometió él.
Jesse pisó el acelerador a fondo, lo que hizo que Will saliera despedido contra el respaldo del asiento.
Consiguió ponerse el cinturón de seguridad justo antes de que su amigo girara con brusquedad a la derecha para rodear el edificio y dirigirse a la parte trasera.
Desde arriba, un foco iluminaba la zona vallada.
Redujo la velocidad cuando pasaron junto al muelle de carga y descarga y, en efecto, junto a la puerta de servicio, entre otros coches de lujo, con aire descarado y sin pasar desapercibido entre sus homólogos, había un Oldsmobile color canela.
Se bajaron del coche patrulla y Jesse se acercó al vehículo.
—Está vacío —informó mientras pasaba una mano por el capó—. Y caliente —le dijo.
Frente a ellos, la puerta se mantenía abierta gracias al pie de un hombre.
Ataviado con el delantal de chef, estaba despatarrado sobre un cajón de botellas de leche mientras daba caladas a un cigarrillo que sostenía sin ganas.
Will no era de los que se interponían entre un hombre y sus vicios, pero se trataba de una emergencia.
Empezó a pensar en formas de convencer a ese hombre para que les dejara entrar, pero en cuanto los vio, empujó la puerta con el pie para abrirla del todo.
Después, se quitó un sombrero imaginario ante su amigo.
—Detective.
—Gracias, caballero. —Jesse le dio una palmadita en el hombro cuando pasó a su lado.
Will supuso que ser policía tenía sus ventajas.
Una mujer bajita y regordeta enfundada en un mono ajustado y negro de lentejuelas daba vueltas de un lado a otro del pasillo blanco que conducía a un ascensor.
Will reconoció a la señora Alston de inmediato.
Cuando Angel y él llegaban tarde por las mañanas, siempre le entregaba un justificante por la llegada tardía con una sonrisa coqueta.
—Agentes, soy la persona que ha llamado a la Policía —les explicó la mujer—. La señorita Angela me ha dicho que esperara aquí a que llegara el detective… —Entrecerró los ojos con un gesto de reconocimiento—. ¿William Reed? ¿Qué haces aquí? ¿También eres miembro del casino?
—He venido con el agente Shaw. Estamos buscando a Morgan. ¿La ha visto?
La mujer dio un paso atrás.
—¿Morgan? ¿Está en problemas? Esa pobre chica no tiene un respiro…
—¿Qué es este lugar? —preguntó Jesse mientras pasaba los ojos de un lado a otro.
—El sótano —dijo la señora Alston—. El ascensor que está al fondo del pasillo te lleva a la planta principal.
Cerca retumbó el inconfundible estruendo de un disparo. De forma instintiva, Jesse se abalanzó sobre la señora Aiston y le empujó la cabeza hacia abajo. Will se encogió y se agachó.
—¡Sácala de aquí! —le ordenó su amigo—. Yo encontraré a Morgan.
—¡Voy contigo! —protestó Will.
—Ni en broma.
Jesse empezó a hablar por la radio que tenía enganchada a los pantalones para anunciar que había oído un disparo y necesitaba refuerzos.
Se arrastró por el pasillo con lentitud, apuntando al frente con la pistola. Tanteó el pomo de una puerta que estaba cerrada a su izquierda. Retrocedió y dio una patada junto al marco. La puerta se quedó colgando de las bisagras tras un solo golpe.
Will se dio la vuelta y vio que la señora Alston iba corriendo todo lo rápido que podía en dirección a la salida mientras las fichas del casino se le caían de los bolsillos con cada paso laborioso. Él siguió a Jesse a través de la puerta a toda velocidad.
De las vigas expuestas colgaban cortinas de plástico que le bloqueaban el campo de visión y la luz de los focos se derramaba hacia el interior desde unas ventanas que se encontraban al fondo. Se acercó poco a poco, colocando un pie delante del otro con cuidado.
—¡Suelta el arma! —ordenó Jesse.
Will se dio la vuelta, pues la voz de su amigo resonó en dirección contraria a la que él había tomado.
Aceleró el paso mientras apartaba los plásticos que lo retenían hasta llegar a un claro.
Se paró detrás de Max Greaves, que tenía a Morgan agarrada por el cuello mientras, con un dedo amenazante sobre el gatillo, le apuntaba la pistola a la cabeza.
—No puedo hacer eso, Shaw —jadeó Max—. He invertido demasiado dinero en esto. Lyons lo comprendía. Al igual que yo, era un hombre de negocios. Esa zorra de Eleanor y su mierda de decreto eran lo único que se interponía entre la pensión y yo.
—Y, ¿entonces qué? ¿Hiciste que tu hombre, aquí presente, hiciera el trabajo sucio por ti? —le preguntó Jesse mientras le daba un golpecito a Cameron con la punta de la bota. El cuerpo no se movió—. Así tenías una coartada sin fisuras.
Max chasqueó la lengua.
—Habría funcionado si no hubiera sido por ese maldito crío.
Jesse frunció el ceño.
—Caleb Brewster.
—Te sorprendería lo que las mujeres están dispuestas a hacer a cambio de un poco de atención y algo de dinero —respondió el hombre con un tono siniestro en la voz.
«Kelsey», pensó Will mientras negaba con la cabeza.
Aquella noche la había visto en la pensión.
La bandeja de camarera le había cubierto el rostro, pero recordaba haber pasado junto a una chica con trenzas rubias en el pasillo.
Era la misma chica que, unos días atrás, había llamado a gritos a su madre desde el asiento delantero del Pinto de Amanda Jenkins.
También la había visto en The Pit, sentada en el regazo de Caleb.
El corazón se le encogió al imaginar la escena.
Kelsey debía de haber convencido a Caleb para que se llevara la dedalera de Reed & Roots.
Era la única persona que, haciéndose pasar por parte del personal del festival, podría haberse acercado lo suficiente a la taza de Eleanor.
Aquella noche había envenenado la infusión de la mujer, lo que había provocado que entrara dando tumbos en el laberinto de setos, perdida y confundida.
Le había pasado el cuchillo de Caleb a Cameron, que había encontrado la oportunidad perfecta para agarrarla desde atrás y clavárselo en la espalda.
Así, Caleb, ajeno a lo ocurrido, acabaría cargando con el muerto.
—No podía fiarme de que nadie fuera a ver a Cameron. Amanda me mataría si se enterara de lo de su hija y alguien tenía que pagar los platos rotos. Y, desde luego, no iba a ser yo.
Jesse se acercó un poco más.
—De verdad crees que te vas a librar de esta, ¿verdad?
—Por supuesto que sí. Voy a empezar por dispararte a ti —contestó Max con seguridad—.
Después de todo, has sido tú el que le ha disparado a Cameron, que se ha abalanzado sobre ti después de que vieras cómo le disparaba a la pobre Morgan.
Yo he oído todos los disparos y he entrado corriendo.
No vas vestido de uniforme, agente, así que he pensado que eras un intruso.