Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 32 Morgan
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Capítulo 32 Morgan

Morgan

Viernes

Morgan no se había planteado cómo iba a morir. Había estado segura de que sería de vieja; tal vez en una de esas camas mecánicas de hospital, rodeada por sus seres queridos: hijos que no había tenido todavía y un esposo amoroso y con los ojos legañosos que le aferrara la mano.

Desde luego, nunca había imaginado que sería de aquel modo: con una falda que le picaba, la blusa que menos le gustaba de las que usaba para ir a trabajar y unas puñeteras sandalias de tacón fino moradas.

Se juró que, si conseguía salir de esa, se compraría ropa más cómoda: algo que fuera más fácil de llevar puesto a la hora de morir.

La cabeza le zumbaba con un palpitar regular y constante que seguía el eco de la música que sonaba sobre su cabeza.

El sótano del casino era un lugar frío y húmedo que olía a moho y serrín.

Oía el ding, ding, ding rítmico que emitían las tragaperras cuando alguien ganaba en la sala de juegos, los vítores de la gente y las monedas cayendo sobre las bandejas metálicas.

La vida seguía su curso, ajena al hecho de que, más abajo, una mujer estaba a punto de ser asesinada.

Tenía la espalda pegada a un pilar, las bridas de las manos estaban apretadas con tanta fuerza que se le habían entumecido y le habían tapado los labios con cinta adhesiva.

Sentía arcadas a causa del trapo que le habían metido en la boca y que sabía a aceite de motor, por lo que intentaba respirar por la nariz.

El hormigón que había bajo ella bien podría haber sido acero.

Temblaba de un modo incontrolable. Estaba rodeada por tragaperras rotas que parecían reliquias olvidadas y en cuyas pantallas resquebrajadas titilaban luces fantasma.

La pared del fondo estaba cubierta de rollos de moqueta sin usar y carteles envueltos en plástico.

Aquel lugar era un cementerio a medio construir y Morgan estaba segura de que la iban a enterrar en él.

Retorció las muñecas mientras el pánico de su interior aumentaba con cada intento fallido de liberarse. El corazón le palpitaba con fuerza en el pecho y la respiración se le aceleraba mientras aguzaba el oído para escuchar lo que estaba ocurriendo a su alrededor.

No podía morir allí. No en aquel sótano mohoso. No sin volver a ver a sus padres. No sin decirle a Will que…

Se sobresaltó cuando una puerta se cerró con fuerza en algún punto a su espalda.

Unos pasos se acercaron, seguidos por unas voces.

Entonces los vio: Max Greaves y Cameron discutiendo, cada vez más cerca.

Estaban a apenas unos metros de distancia de ella, su prisionera.

Desde el suelo, tan solo podía ver los ojos fríos de Max por encima del hombro de Cameron.

—No pienso hacerlo —protestó Cameron en voz baja y con un tono de voz más serio de lo que ella le había oído jamás—. El trato era Eleanor. Hice lo que me pediste. ¿Dónde está el resto de mi dinero?

Morgan se quedó petrificada. El corazón le latía muchísimo más fuerte y las palpitaciones le recorrían todas las extremidades. Volvió a forcejear contra la columna, pero solo consiguió que las bridas se le clavaran más en las muñecas y el dolor hizo que se le escapara un quejido.

Los zapatos de Max repiqueteaban contra el suelo de cemento a medida que se acercaba.

—¡El trato era que hicieras que pareciera que había muerto en la cama por la edad! Jamás habrían sospechado que la habían envenenado. Todo habría salido bien si tú no te hubieras desviado del plan —dijo Max con tono gélido.

—Sí, bueno, tu plan no funcionó, ¿de acuerdo? No se cayó muerta como dijiste que haría. El truco del veneno no funcionó con ella. ¡Te dije que haría falta algo más que un pellizco en su infusión matutina, imbécil!

—Te pagué por hacer un trabajo limpio. Entrar y salir. Pero tú te quedaste por la zona y te dedicaste a seguirla.

—¿Cuántas veces crees que podía acercarme a ella sin que me reconociera en un pueblo de como… cien personas? Además, iba con una niña. Ya sabes que no me gusta lidiar con niños.

—Y a mí no me gusta lidiar con chapuzas —gruñó Max—. La apuñalaste la noche más importante del año entre docenas de testigos. —Agarró la manga de Cameron y le sostuvo el brazo en el aire—. Dejaste atrás las pruebas…

—¡No esperaba que fuera tan fuerte! —protestó el otro—. Me agarró y…

—¡Incluso usaste mi nombre en la biblioteca, lo que me implicó en todo este desastre! Eso no formaba parte del trato.

«¿Cameron mató a Eleanor… bajo las órdenes de Max?», los pensamientos de Morgan estaban descendiendo hacia la locura.

Cameron debió de parecer sorprendido, porque oyó que Max soltaba una carcajada grave y amarga.

—Ay, ¿pensabas que no iba a enterarme? Tengo ojos puestos en todas y cada una de las personas de Cinnamon Falls. Voy a ser el dueño de este pueblo. Se lo voy a arrebatar delante de sus narices de pueblerinos.

—Sin importar cómo lo hiciera, la cuestión es que está muerta —espetó Cameron—.

Es lo que querías, ¿no? Van a aprobar esa estúpida solicitud.

—Se sacó el decreto del bolsillo y se lo entregó al otro hombre.

Morgan volvió a forcejear en vano—. Estoy harto de esta mierda, Max.

Si quieres matar a los Taylor, hazlo tú mismo.

—Desenfundó la pistola que llevaba atada en torno a la cintura y, como si fuera un desafío, la dejó con un golpe sobre una mesa de billar abandonada.

Volvió la vista hacia Morgan con una sonrisa petulante en los labios.

Ella entrecerró los ojos y se revolvió, intentando llegar hasta él.

Las bridas se le clavaron en la piel y mordió el trapo sucio que tenía en la boca mientras gruñía de dolor—. O triplícame la tarifa.

Era bueno saber que su vida tan solo valía el triple de su tarifa habitual, fuera la que fuese.

Se quedó mirándole la espalda fijamente, buscando algún rastro del hombre que la había hecho reír en el cenador, que había dormido a su lado en la cama y que le había recordado lo especial que era en realidad.

Aquella versión de él era falsa. Era todo una mentira, una fantasía retorcida en la que le había hecho creer.

Si conseguía salir de aquella con vida, pensaba ir a por él.

—¿Que te la triplique? —Max soltó un bufido burlón—. ¿La cagas y encima me pides un aumento?

Cameron se mantuvo firme.

—¿Quieres que tu nombre no se vea involucrado en este asunto? Entonces, págame lo que me debes. Puedes permitírtelo. He visto las…

En el sótano estrecho, el disparo sonó como una explosión. Morgan intentó gritar, pero de la garganta no le salió ningún sonido. Cameron se tambaleó hacia delante mientras pasaba la vista con incredulidad entre Max y su brazo extendido. El otro hombre seguía aferrando la pistola humeante.

Cameron se desmoronó a su lado como un trapo y se golpeó la cabeza contra el cemento.

Se dio la vuelta y dirigió los ojos azules como el océano hacia ella mientras una herida enorme y negra que se esparcía con rapidez le empapaba la parte frontal de la camisa.

Tuvo un espasmo y una leve sonrisa se le dibujó en los labios en cuanto los ojos se posaron en su cara.

Un último aliento abandonó su cuerpo con un jadeo húmedo.

A Morgan se le paró el corazón y gritó a través de la mordaza, con la garganta ardiendo y el cuerpo sacudido por el pánico.

Max se giró hacia ella con una mirada tan vacía como las máquinas que lo rodeaban.

—Y ahora vamos a encargarnos de ti —rugió.

Metió otra bala en el tambor.

Morgan miró fijamente la pistola que el hombre tenía entre las manos y cerró los ojos.