Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 31 Will
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Capítulo 31 Will

Will

De algún modo, Will consiguió hacer la cena sin quemar nada, lo que, a juzgar por lo despistado que estaba, no fue una hazaña insignificante.

Incluso dejó que Angel viera su programa de televisión favorito mientras cenaba sentada a la mesa.

La niña tan solo hizo una pausa breve para hablar con Tanya por videollamada.

Tras el habitual polo de cereza y un rato dedicado a dibujar, Will acostó a la pequeña.

Él se pasó toda la velada mirando fijamente el teléfono móvil.

¿Acaso Morgan ya ni siquiera veía sus llamadas?

¿Estaría Caleb en lo cierto y habría bloqueado su número?

No podía enfadarse por ello. Se lo merecía.

Tan solo necesitaba que le dedicara dos minutos de su tiempo para poder explicarse.

Después, si quería, podría odiarlo el resto de su vida. No sería la primera en hacerlo.

Se dejó caer en el sofá y utilizó su último recurso: llamó a su madre.

El teléfono dio dos tonos antes de que Vanessa contestara.

—Daffodil Inn, Vanessa al habla.

—Señora Taylor, soy Will. Me preguntaba si Morgan estaba por allí. Llevo toda la tarde intentando contactar con ella.

Una pausa. Un murmullo y otra pausa aún más larga. Will se pegó el teléfono a la oreja, pero lo único que oía eran unos susurros que no podía entender. ¿Acaso estaba Morgan allí mismo, dándole instrucciones a su madre para que colgara? ¿Se estaba preocupando por nada?

—No sabemos nada de ella. Hemos estado toda la tarde en el veterinario, pero creo que se ha marchado con Cameron, ese joven que se hospeda aquí.

Will se incorporó de inmediato.

—¿Eso… cree?

—No está en casa y el coche de él, tampoco. Lo más probable es que hayan salido a cenar o algo así, aunque no es propio de ella marcharse sin mandarnos un mensaje siquiera.

Will echó un vistazo a su teléfono. Eran casi las diez de la noche.

—¿Ha intentado llamarla?

Más movimiento al otro lado.

—Intenta llamar a Morgy —oyó que decía la mujer.

—No contesta —les informó Wesley.

—¿Qué ocurre? ¿Con quién estás hablando?

—¡Con Will! —espetó Vanessa—. Está buscando a Morgan.

Se sobresaltó cuando oyó al hombre gritar desde el otro lado de la línea.

—¡Dile a esa basura de hijo de…!

—¡Wesley! —lo interrumpió su mujer.

Will dio gracias por ello. Morgan debía de haberles contado a sus padres lo que había ocurrido en la cita. Había creído que tan solo tendría que arreglar las cosas con ella. Wesley Taylor, un hombre de pocas palabras, era por sí solo otra bestia con la que lidiar.

—Escuche: iré a buscarla. ¿Puedo dejar a Angel con ustedes?

—Por supuesto. Tráela.

Cuando llegaron al Daffodil Inn, Angel seguía dormida. Había dormido todo el camino de un sitio al otro.

—Si se despierta, le gusta Andrew Guy, investigador privado . Aquí. Eso debería funcionar. —Hizo clic en el icono verde de la aplicación de streaming para mostrárselo a la señora Vanessa, que estaba demasiado ocupada arropando a su hija dormida en la cama como para prestarle atención a la tablet .

—Si me necesitas, estaré aquí mismo, en el pasillo —dijo la mujer antes de dejarlo a solas con la pequeña.

Will nunca había estado en el sótano del Daffodil Inn.

Morgan le había contado que sus padres vivían en el piso de abajo con el resto del personal que hacía que la pensión funcionara como la seda.

En su cabeza, había imaginado los aposentos de los trabajadores como un lugar con literas y pocas comodidades, pero los dominios de los padres de Morgan podrían hacer sombra sin problema a las habitaciones del piso superior.

El dormitorio era cálido y estaba ricamente adornado con unas gruesas cortinas de color burdeos que enmarcaban un par de ventanas arqueadas con vistas al jardín trasero.

Un cabecero tallado en madera de cerezo presidía la cama de matrimonio en la que Angel yacía acurrucada y con el pelo esparcido sobre la colcha bordada.

Con todo el alboroto, se había olvidado su gorro de seda.

Cuando se despertara por la mañana, no se mostraría contenta al respecto.

Un armario antiguo se alzaba contra una de las paredes y su superficie pulida reflejaba el resplandor de una lámpara de cristal retro con forma de narciso que había sobre la mesita de noche. Del aire pendía el aroma calmante y nostálgico de la lavanda. Le recordaba al dormitorio de su abuela.

Sobre la cómoda había unas fotografías familiares: una de Morgan de pequeña en el sofá del salón principal, con coletas y una camiseta de las Tortugas Ninja, y otra de Wesley y Vanessa en el porche delantero, sonriendo a cámara.

Will se quedó de pie junto a la cama un instante más, observando el pecho de Angel subir y bajar. Después se agachó y le dio un beso en la frente.

—Papá te quiere —susurró—. Más que a nada.

La niña se revolvió e intentó darse la vuelta, pero las sábanas con las que la habían arropado estaban demasiado remetidas. Se rindió y volvió a sumirse en un sueño pacífico. Will sabía que estaba en buenas manos.

Salió al pasillo. No sabía dónde estaba Morgan, pero tenía que tragarse el orgullo. Necesitaba la ayuda de Jesse.

La discusión seguía pesándole en el corazón y el consejo de Bones no dejaba de darle vueltas en la cabeza. Tragó saliva con fuerza y tocó la pantalla con el pulgar para llamarlo antes de poder pensárselo dos veces.

—Shaw —contestó Jesse con un tono de voz cargado de exasperación.

Era tarde. La pantalla del móvil le indicaba que casi era medianoche, pero Morgan todavía no había aparecido.

Cerró los dedos con fuerza en torno al teléfono.

—Soy yo —dijo—. Necesito tu ayuda.

Jesse suspiró.

—¿Qué pasa ahora?

—Se trata de Morgan. Se ha marchado de la pensión con Cameron y todavía no ha regresado. Sus padres no saben nada de ella. Creo que algo no va bien.

Jesse se quedó callado. Will podía imaginarlo al otro lado de la línea, frotándose las sienes mientras su cerebro de detective funcionaba a toda máquina.

—¿Cuándo ha sido la última vez que has hablado con Morgan? —Oyó que preguntaba Jesse. Supuso que a Nia.

—A la hora de la comida; antes de que Will y yo fuéramos a Rosie’s. Creo que iba a volver a la pensión.

Jesse volvió a ponerse al teléfono.

—¿Crees que el tal Cameron tiene algo que ver?

—Sí —asintió él—. También creo que, de algún modo, está relacionado con la muerte de Eleanor. No tengo pruebas, tan solo una serie de coincidencias extrañas.

Se produjo otra pausa.

—¿Qué coche conduce?

Will miró a Vanessa, que estaba a su lado con gesto de preocupación, lo bastante cerca como para oír la conversación.

—No te lo vas a creer, pero un Oldsmobile color canela. No había vuelto a ver uno de esos desde los noventa —comentó la mujer—. Tengo que ir a buscar a Wesley.

Se alejó y subió las escaleras. Will oyó sus pasos ligeros por encima de él.

—Voy a ponerme en contacto con Raines para que emita un aviso y voy a hacer que las patrullas empiecen a buscar el vehículo.

Will echó la cabeza hacia delante mientras una sensación de alivio le serpenteaba por todas las extremidades.

—Gracias, colega. No… —Se le hizo un nudo en el estómago— no sabía si contestarías a la llamada.

Jesse se quedó en silencio durante un largo instante y, entonces, dijo:

—Ambos hemos sido unos cabezones.

—Lo que dije, no lo decía en serio —admitió él—. Eres muy buen policía y siempre me has cubierto las espaldas. Temía por Caleb y me desquité contigo. Culpa mía.

La voz de Jesse sonó más suave en ese momento.

—Para mí eres como un hermano, Will. Sé lo mucho que el chico significa para ti. Has de saber que jamás haría nada que pusiera en peligro nuestra amistad o la placa.

—El problema no fueron ni Caleb ni Morgan. Fui yo. He estado cargando con muchas cosas y acabé estallando.

—No hace falta ni que lo digas —respondió Jesse—. Gracias por la comida.

Will soltó una carcajada suave.

—No hay de qué.

—La encontraremos —añadió su amigo—. Tienes mi palabra. Estoy a punto de salir ahora mismo. Te llamaré en cuanto las patrullas tengan alguna novedad.

A Will le ardían los ojos.

—¿Y qué debería hacer yo?

—Quédate ahí por si regresa.

Rebotó sobre las puntas de los pies. Quería salir a la calle y buscarla con ellos. No le gustaba la idea de no hacer nada, pero, si regresaba, quería ser la primera persona a la que viera.

—Ya sabes que no puedo hacer eso.

Se quedó en el pasillo un momento, quieto, contemplando su propio reflejo en el espejo que había en la pared contraria.

Tenía los ojos cansados, la mandíbula tensa y un destello de esperanza oculto tras la preocupación.

Jesse volvía a cubrirle las espaldas y ya no se sentía tan solo.

Pero no podía quedarse de brazos cruzados ni en broma.

Su amigo suspiró.

—Estaré allí en diez minutos.

Will subió las escaleras corriendo.