Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 30 Morgan
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Capítulo 30 Morgan

Morgan

El último lugar en el que Morgan había imaginado acabar era bocabajo sobre el suelo de madera de su propia casa, al borde de la inconsciencia.

¿A quién había ofendido pare recibir semejante castigo del karma?

Si conseguía salir de esa, pensaba emprender uno de esos viajes espirituales para descubrir quién había sido en otra vida, porque quienquiera que hubiera sido había conseguido que tuviera que pagarlo muy caro en aquella y que la nueva versión de sí misma estuviera tonteando con la muerte gracias a sus fechorías.

La cabeza le palpitaba como un bombo contra el cráneo. En la lengua notaba un sabor cobrizo. Cuando se revolvió, el mundo le dio vueltas mientras un dolor en aumento le recorría todo el cuerpo. Empezó a ver estrellitas tras los ojos.

Por un instante, no se movió y se mantuvo todo lo quieta que pudo mientras agudizaba el resto de los sentidos.

Pestañeó para intentar deshacerse de la bruma que le nublaba la mente.

Uno detrás del otro, se obligó a abrir los ojos lo suficiente como para que Cameron entrara en su campo de visión.

Estaba dando vueltas de un lado para otro con el teléfono pegado a la oreja.

—Sí, lo tengo. Ha caído directa en la trampa, tal como dijiste.

Eleanor lo ocultó en un armario horrible de una de las habitaciones.

Tenía algún tipo de portezuela oculta. Pero ahora todos nuestros problemas están solucionados.

—Se rio de forma amenazadora y bajó la voz—.

Cuando destruyamos el decreto, eso también se solucionará.

Mañana Tate va a aprobar la solicitud de recalificación. Está hecho.

A Morgan le dio un vuelco el corazón. Cameron había fingido estar de su parte y ella solita había hecho justo lo que el hombre había necesitado para asegurarse de que la recalificación saliera adelante. Habían jugado con ella. Otra vez.

—Todavía está inconsciente —continuó Cameron—. ¿Qué hago con ella?

Morgan contuvo la respiración y apretó los ojos con fuerza. El corazón le latía desbocado, emitiendo un sonido envolvente, mientras esperaba a oír su destino.

—No, no me ha visto nadie. A la hora de la comida le he dado a la perra lo que quedaba de la dedalera que nos diste.

Van a estar muy ocupados en el veterinario el resto de la tarde.

Sí, voy a cambiarme de ropa y la llevo ahora mismo.

¿Qué hago con el resto de la familia? —Se produjo otra pausa demasiado siniestra—. Recibido.

El frío cañón de una pistola se le clavó en la espalda. Morgan gimoteó, olvidando enseguida que se suponía que estaba inconsciente.

—Si yo fuera tú, seguiría callada —susurró Cameron—. A menos que quieras que a tu padre se le pare el corazón al amanecer, cuando descubra que tanto su negocio como su hijita están acabados.

El hombre se puso un traje negro y sencillo. Metió sus pertenencias con meticulosidad en una bolsa de viaje y se aseguró de hacer desaparecer hasta el último rastro de su presencia en la pensión.

Entonces, la levantó del suelo a la fuerza.

La cabeza le dio vueltas mientras recuperaba el equilibrio.

Las rodillas se le doblaron. Un dolor insoportable e inimaginable se apoderó de su cuerpo mientras unos puntos negros le nublaban la visión.

Se estaba volviendo loca y la realidad se estaba deshaciendo por las costuras.

—¡Muévete!

Dando tumbos, salió de la habitación al pasillo. Se aferró al pasamanos, lo que fue su salvación, pues, de lo contrario, se habría caído por el hueco de la escalera. Abrió los labios para gritar, pero el metal frío que tenía pegado a la columna vertebral hizo que se lo replanteara.

«Piensa», se dijo a sí misma, pero se sentía como si tuviera el cerebro enterrado en arenas movedizas.

Bajó las escaleras poco a poco. Con un brazo en torno a su cintura para mantenerla erguida, Cameron le pisaba los talones.

Cuando llegó al piso inferior, se dio cuenta de que la correa de Daphne no estaba en su sitio.

No había ninguna luz en la cocina, ni se oían las risas y la cháchara de Lionel. Estaba sola. Nadie podía salvarla.

Cameron la obligó a salir fuera y adentrarse en la noche.

Cuando había llegado a casa, todavía había luz.

Mientras la arrastraba hasta su coche y la obligaba a subirse a la parte trasera del sedán, pensó que debía de haber estado inconsciente un buen rato.

Se apretó las rodillas contra el pecho, demasiado asustada como para moverse. Él se subió al asiento del conductor.

—No intentes hacer ninguna tontería —dijo por encima del hombro. Dejó la pistola sobre el salpicadero—. Odiaría que la tapicería de cuero se manchara de sangre.

Las puertas se bloquearon con un chasquido de certeza y Morgan se preguntó si de verdad su fin iba a llegarle de ese modo: en el asiento trasero de un coche de señora mayor. Odiaba esa idea.

Usó toda la fuerza que le quedaba para incorporarse y observar cómo el Daffodil Inn, su hogar y todo su mundo, empequeñecía hasta perderse de vista.