Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 29 Will
90%

Capítulo 29 Will

Will

Buzón de voz.

Will maldijo en voz baja y volvió a dejar el móvil en el portavasos. Trató de llamar a Morgan de nuevo con el pulgar suspendido sobre la pantalla como si fuera a cambiar de opinión y contestar.

—No quiere hablar con usted, señor Reed. Acéptelo —masculló Caleb mientras daba un bocado a su hamburguesa con queso—. Lo más probable es que le haya bloqueado.

Will lo fulminó con la mirada desde su asiento.

—Cállate, colega —dijo con un tono más cortante de lo que había pretendido. En cualquier caso, ¿qué iba a saber un presidiario?

Al otro lado de las ventanillas, Cinnamon Falls resplandecía bajo un sol primaveral que se estaba desvaneciendo.

Por las aceras se esparcían las flores rosas de los cornejos como si fueran confeti.

La gente paseaba por Main Street con cafés con hielo en la mano y se detenía para saludar a los propietarios de las tiendas.

La estampa de fuera hablaba de alegría, aire fresco y nuevos comienzos.

Pero en el interior de su coche reinaba el aroma viciado de las patatas fritas, la frustración y el silencio.

—Ya puedes dar gracias de que tenga un hermano con contactos. —Aferró el volante con más fuerza—. O seguirías en esa celda llamando entre lágrimas a tu mamá.

—Demasiado pronto para decir eso. —Caleb sacudió la cabeza con gesto solemne antes de meterse un puñado de patatas en la boca. Se manchó de grasa la mejilla.

Angel lo observó desde el estrecho asiento trasero, turbada.

—Vas a atragantarte —le advirtió tras chasquear la lengua—. Frena un poco.

—No puedo evitarlo —contestó el joven entre bocado y bocado—. Es la primera cosa auténtica que como en día y medio.

—Parece como si hubieran pasado años —comentó la pequeña mientras se cruzaba de brazos sobre el pecho con gesto de desagrado.

Will sacó el cupé del aparcamiento de The Golden Grille y se dirigió hacia casa de Caleb.

Cuando lo habían puesto en libertad, el chico no había pedido ver a su madre.

Ni siquiera había mencionado a Kelsey, su supuesta novia.

Su única petición había sido comer ternera y Will se la había concedido.

Se había pasado toda la noche en una celda fría. Se había ganado la hamburguesa.

Su móvil vibró dentro del portavasos. Se apresuró a contestar con un destello de esperanza en el corazón que desapareció en cuanto vio el nombre de quien le estaba llamando. Elijah. Conectó la llamada al bluetooth del coche.

—Entiendo que va todo bien. Tengo a Jacob y a Rhonda en la otra línea. ¿Sigues con Caleb? —preguntó su hermano, cuya voz era como un café exprés: aterciopelada, fuerte y segura hasta el punto de resultar molesta.

Will no respondió de inmediato. Redujo la velocidad en una señal de stop y contempló a una pareja que pasaba corriendo con botellas de agua a juego y, entre ellos, un golden retriever que les iba siguiendo el paso.

Austin Jacobs, el contratista de confianza de Cinnamon Falls, levantó la mano para saludarlos de forma amistosa y siguió corriendo.

Una mujer salió de una tienda de moda con una bolsa debajo del brazo y la satisfacción de la compra reflejada en la sonrisa.

Todo parecía pintoresco, como si la vida de Will no se hubiera salido de su propio eje.

—Sí —mintió.

Quería decir que no todo iba bien, ni mucho menos, pero había demasiada gente a su alrededor.

Morgan estaba ignorándolo. Caleb podría enfrentarse a cargos que no se merecía y el asesino de Eleanor seguía suelto.

Pero lo que más le dolía era el silencio de Morgan.

Podía odiarlo, no le importaba, pero tenía que saber que el tal Cameron era una persona manipuladora y potencialmente peligrosa. Y, ¿dónde estaba el decreto?

—Aquí estamos —dijo.

—Estupendo —intervino Jacob.

Jacob Lawson, uno de los socios del bufete de abogados Lawson & Lawson, había dejado en ridículo al Departamento de Policía de Cinnamon Falls al aparecer con su traje caro y su maletín.

En menos de una hora había sacado a Caleb de la celda.

Daba igual que Elijah le hubiera dicho que a veces trabajaba pro bono : estaba seguro de que a su hermano le habría salido bastante caro.

Un abogado no se compraba un Maserati a base de trabajar gratis.

Era el hermano pequeño, pero no se chupaba el dedo.

—Me disculpo por no haber podido quedarme más tiempo, pero tenía que darme prisa para llegar a una cena de negocios. Señora Brewster, no hemos podido hablar esta tarde, pero iré directo al grano: Caleb va de camino a casa y, por ahora, está sano y salvo. Eso es lo más importante.

Entonces les llegó la voz de Rhonda, tensa por los nervios.

—Muchas gracias por su ayuda, señor Lawson. La zorra de mi jefa no me ha dejado salir hasta ahora. Iba de camino a la comisaría, pero supongo que iré directa a casa.

Will se incorporó a la carretera que llevaba a casa de Caleb. El chico se hundió aún más en el asiento del copiloto como si su madre estuviera junto a la ventanilla, fulminándolo con una mirada de desaprobación.

—Estoy bien, mamá —dijo con la boca llena de patatas fritas.

—Ajá… Ya hablaremos tú y yo cuando llegues a casa —espetó la mujer.

Caleb apoyó la cabeza en el reposacabezas. Detrás de él, en el asiento trasero, Angel soltó una risita disimulada. Will le lanzó una mirada de advertencia por el retrovisor. Ella se tapó los oídos con los auriculares y volvió a concentrarse en su tablet .

—La Policía me dijo que habían encontrado algo llamado «dedalera» y que sus huellas dactilares estaban en el cuchillo. Estaba preocupadísima pensando que no volvería a verlo de nuevo. —La mujer hipó—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo es que ha podido salir sin más?

—Rhonda, respira hondo, ¿de acuerdo? —El abogado suavizó el tono de voz con una mezcla de profesionalidad y calma nacida de la experiencia—.

Tu hijo formaba parte de un club de jardinería, por lo que es muy posible que hubiera podido arrastrar los rastros de dedalera hasta casa esa misma mañana, en las botas.

Y con respecto al cuchillo… las huellas dactilares demuestran que tu hijo tocó el cuchillo en algún momento de la noche, no que matara a nadie.

Esa es la gran diferencia. La Policía también lo sabe.

Sin nada más contundente, no tenían pruebas suficientes para retenerlo.

—¿Y si…? ¿Y si al final sí que encuentran algo? Gracias a mi puñetero hermano, mi familia ya no es demasiado querida en Cinnamon Falls. ¿Y si vuelven a arrestarlo?

—Tal vez le hagan más preguntas, es su trabajo. Puede que en algún momento lo llamen a testificar sobre lo que vio la noche del sábado. Pero no es un riesgo de fuga. Y no tiene antecedentes de arrestos violentos. Pero, si siguen adelante con esto, estaré a vuestro lado durante todo el proceso.

Rhonda exhaló con fuerza. Will la imaginó relajando los hombros, capaz de respirar al fin.

—Todavía no sé cómo lo ha hecho, señor Lawson…

—Llámame Jacob, por favor —insistió él—. Tiene un buen hijo que tan solo estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Los detectives se han dado cuenta de eso y, si es necesario, también convenceremos al juez y al jurado de que es así.

La mujer soltó una carcajada que fue mitad alivio, mitad incredulidad.

—Va a desear estar en el lugar adecuado en cuanto llegue a casa.

—Estamos a quince minutos —anunció Will.

Con una mirada suplicante, Caleb soltó un gruñido y gesticuló algo con la boca:

—Conduce más despacio.

—Nunca podré agradecerte lo suficiente que nos hayas ayudado, Jacob —añadió Rhonda—. Y estoy en deuda con vosotros, Will y Elijah.

—Estamos todos juntos en esto —contestó el abogado con tono cálido—. Tendréis noticias mías pronto. Por ahora, cuidaos, ¿de acuerdo?

—Gracias, señor Lawson. Y al otro señor Reed, también. —Caleb alzó la vista, cohibido, y se tragó el último trozo de hamburguesa.

—No pasa nada, hijo —contestó Elijah antes de colgar.

Will miró de reojo al chico que, a pesar de su buen humor, parecía agotado.

—Vamos a llevarte a casa.

Detuvo el coche junto a la acera y apagó el motor.

La casa de Caleb se encontraba al final de una calle tranquila.

La luz del porche titilaba y arrojaba sombras alargadas sobre una amplia explanada de césped en la que había una pelota de baloncesto desgastada y abandonada.

La puerta principal se abrió de golpe con anticipación y dio paso a la silueta de Rhonda.

Caleb suspiró y a Will no se le pasó por alto que titubeó antes de estirar la mano hacia la manilla de la puerta.

Miró el asiento trasero por encima del hombro. Angel estaba profundamente dormida con los auriculares de unicornios en los oídos y la tablet sobre el regazo, donde un episodio de Andrew Guy, investigador privado seguía reproduciéndose sin ella.

—Sé lo que está pensando, señor Reed. No necesito grandes discursos sobre ser responsable y elegir bien a mis amistades.

—Caleb bajó la vista al regazo y volvió a mirar su casa y a su madre, que lo esperaba en el umbral de la puerta.

Suspiró y echó los hombros hacia atrás—, todo el mundo va a pensar que la maté yo.

—Créeme, si pensaran eso, la Policía no te habría dejado salir de comisaría.

Jacob se va a encargar de todo. Hasta entonces, tan solo tienes que agachar la cabeza y no meterte en problemas.

—Will le dio una palmadita en la nuca, tal como solía hacer su padre con él cuando de verdad necesitaba que comprendiera lo que le estaba diciendo y le hiciera caso.

Intentó no sentirse como un anciano cuando añadió—: Esta noche te han dado una segunda oportunidad. Aprovéchala.

El chico asintió.

—Entendido. —Apoyó todo el peso contra la puerta del copiloto y se bajó del coche. Antes de alejarse demasiado, se agachó y dijo—. Gracias de nuevo, señor Reed. Le debo una.

—Conviértete en alguien de provecho y estaremos en paz.

El adolescente volvió a asentir. Parecía estar grabándose esas palabras en el cerebro.

Lo observó mientras recorría el patio, subía las escaleras y entraba en la casa.

Rhonda rodeó el cuello del chico con los brazos y Will tan solo pudo imaginar el alivio que debía de estar sintiendo al saber que su hijo al fin estaba en casa.

Ella le dijo adiós con un gesto de la mano antes de cerrar la puerta de un modo tan rotundo que Will esperó que eso significara que iban a producirse cambios.