Capítulo 28 Morgan
Morgan
Los neumáticos de Morgan patinaron sobre la gravilla mientras aparcaba su camioneta frente al Daffodil Inn.
No hizo caso a su teléfono móvil, que estaba vibrando, pues estaba demasiado concentrada en la misión que tenía por delante.
Casi había llegado. El corazón le palpitaba con fuerza con cada paso que daba hacia la entrada principal.
Había permanecido con el alma en vilo durante todo el trayecto hasta allí.
No podía creer que no se le hubiera ocurrido antes.
Se quitó los tacones con una sacudida y subió corriendo las escaleras sin molestarse en comprobar si había alguien en casa.
Cuando llegó a lo alto de la escalinata, giró a la derecha y abrió la puerta de Cameron de golpe y sin llamar.
Él estaba hablando por teléfono, acomodado al borde de la cama y con la camisa medio desabrochada, lo que le dejaba a la vista los abdominales marcados.
La voz se le atascó en la garganta cuando la vio y se incorporó de un salto mientras cubría el micrófono con una mano.
—¡Morgan! ¿Qué ocurre?
—¡Sé dónde está! —dijo sin aliento, aunque no sabía si la falta de oxígeno se debía a lo mucho que había corrido aquel día o a la imagen de los abdominales definidos del hombre.
—¿Dónde está el qué? —le preguntó él, que la descubrió mirándolo.
Morgan apartó los ojos de su cuerpo perfecto y recordó por qué había irrumpido en su dormitorio.
—¡El decreto! —Atravesó la habitación con zancadas rápidas en dirección al viejo armario de cedro.
Siempre había estado allí, guardando los secretos de Eleanor, pero hoy se sentía como una puerta esperando a ser abierta; el billete de sus padres hacia la libertad.
Los dedos le cosquilleaban por la emoción.
Apartó la ropa de Cameron a un lado y dejó a la vista el banco del tocador.
Lo bajó y empezó a toquetear el hueco hasta que rozó con los dedos la portezuela del cubículo.
Apoyó el hombro contra la puerta y enterró la mano en las profundidades.
Con Cameron detrás de ella, tanteó a ciegas hasta que rozó con los dedos lo que parecía un rollo de hojas de papel.
Forcejeó para alcanzarlo, consiguió agarrarlo con los dedos y tiró con suavidad.
Uno de los papeles del montón se desenrolló y resultó ser el más importante de todos.
Ahí estaba: el decreto original de la Sociedad Histórica de Cinnamon Falls. Firmado, datado, sellado y oficial.
—Lo sabía —dijo en un susurro mientras lo sostenía con cuidado frente a la luz del techo.
Lo había logrado.
Se volvió hacia Cameron con los ojos llenos de lágrimas de felicidad mientras se aferraba a la salvación de su familia.
—Es real —sollozó mientras se apretaba el documento contra el pecho.
Al fin se había acabado.
Lo primero que oyó fue el silencio.
—Morg, lo siento mucho.
Cameron no sonaba como siempre. Se giró hacia él, confundida. No fue el tono de su voz lo que hizo que le diera un vuelco el estómago; fue la mirada en sus ojos.
El sobrino enlutado había desaparecido. En su lugar, había alguien a quien Morgan no había visto nunca antes.
Tenía una mirada dura y fría en los ojos azul océano y se estaba acercando a ella, que retrocedió de forma instintiva.
Se cayó encima del tocador, pero Cameron ya se alzaba sobre ella: estaba atrapada.
—Cam…
Una sombra se le cruzó en el campo de visión. Abrió la boca para gritar, pero la oscuridad la alcanzó primero.