Capítulo 27 Will #2
Ella se inclinó hacia delante.
—Has conseguido enfadar a dos de las personas que más me importan en este mundo —dijo de forma directa mientras apoyaba los codos sobre la mesa—. A mi novio y a mi mejor amiga. Cuando se trata de ellos, no me ando con tonterías.
Will hizo una mueca mientras lo asimilaba todo. Se lo merecía.
—Directa al grano. De acuerdo.
Ella arqueó una ceja.
—Ni siquiera he empezado todavía.
Un camarero se acercó y Nia pidió una hamburguesa poco hecha con patatas fritas y un té endulzado de acompañamiento. Él no pidió nada. De pronto, no tenía hambre.
—Irrumpiste en esa comisaría como si estuvieras en una película de acción, ¿y para qué? ¿Para avergonzarlo? ¿Crees que sabes más que un detective formado?
—Nia, eso no es lo que…
—Jesse tan solo está haciendo su trabajo, Will. ¿Crees que quería arrestar a Caleb en mitad de la puñetera noche? Estaba siguiendo órdenes. Y después, ¿tiene que aguantar que le eches la bronca en el trabajo cuando ya se siente fatal al respecto? Eso fue rastrero. E insensato. Y estúpido. Y…
—¡Está bien! ¡Ya lo he entendido! —La interrumpió Will. Apartó la mirada con la mandíbula tensa—. Ya lo sé, ¿de acuerdo? Es solo que… perdí los nervios. Caleb me llamó llorando y eso me enfureció.
—Eso no hace que esté bien —contestó ella, suavizando el tono—.
Pero luego hay un problema aún mayor: Morgan.
—Oír su nombre fue un golpe mayor de lo que había esperado.
Lo asaltó otra oleada de vergüenza. Nia se crujió los nudillos y Will se preparó—.
La dejaste abandonada en la mesa durante la cena —dijo en voz baja y con tono férreo—.
¿Sabes lo humillante que es eso? Le gustabas, Will.
Y mucho. Creo que no he visto a Morgan tan emocionada con alguien desde…
—Hizo una pausa y miró al techo—. ¡Ni siquiera sé desde cuándo!
Will quería gritar, pero sabía que no le saldría la voz. Enterró la cabeza entre las manos.
—La fastidié, Nia —admitió.
—Sí, lo hiciste —contestó ella mientras le lanzaba una mirada sarcástica.
—Quiero solucionarlo —dijo, alzando la vista con rapidez—. Arreglaré las cosas con Jesse. Pero, en el caso de Morgan…, haré lo que sea necesario. Y lo digo en serio.
Nunca había sido de los que se achantaban ante nada.
Tanto si ganaba como si perdía o empataba.
Calvin Reed le había enseñado a ser así.
Estaba dispuesto a asumir la responsabilidad de sus errores; a mirar a la vergüenza a la cara y aceptar su destino.
Pero no podía dejar marchar a Morgan. No así.
Si le permitía volver a acercarse a ella, le debía una disculpa.
Nia arqueó una ceja con escepticismo.
—Morgan es muchas cosas, Will. Graciosa, leal, inteligente y absolutamente despampanante —dijo, enumerando con los dedos—. ¿Pero indulgente? No se cuenta entre sus mejores cualidades.
Will echó los hombros hacia atrás.
—Puedo lidiar con situaciones difíciles.
En el pasado la vida lo había dejado fuera de combate, congelado y derrumbado sobre el suelo, pero, aun así, se había recuperado de nuevo. Sería igual en aquella ocasión.
Nia soltó un bufido burlón.
—Todavía está enfadada con una chica que en sexto curso la llamó… —Bajó la voz y miró a su alrededor como si Morgan fuese a aparecer desde detrás de una esquina para asfixiarla—. Ni siquiera soy capaz de decirlo en voz alta por…
—¿Te refieres a…?
—¡No lo digas! —bufó Nia—. La cuestión es que no olvida y, desde luego, tampoco perdona con facilidad.
Will se inclinó hacia delante y apoyó los brazos en la mesa.
—Entonces, me esforzaré más. La apoyaré. Le demostraré que es muy importante para mí, porque lo es. No es excusa, pero estaba molesto, Nia. No podía permitir que me viera tan enfadado. Me daba…
—¿Miedo que te viera tal como eres en realidad?
No podía negarlo. Estaba asustado. Le asustaba que la versión de sí mismo que se manifestaba en momentos como ese fuese la versión que ella recordara; que confundiera su furia con imprudencia y violencia: las mismas cosas por las que su familia lo trataba como una bomba a punto de estallar.
No quería que Morgan pensara que era como cualquier otro hombre que escogía la ira por encima de la razón.
—Sí —dijo al fin—. Me daba miedo que viera una versión de mí que me he esforzado mucho en enterrar.
—Entonces, muéstrale el hombre que eres ahora.
Will asintió con lentitud mientras se permitía asimilar aquellas palabras. Ojalá hubiese hablado con Nia antes de arruinar las cosas con Morgan.
—No puedes solucionarlo todo a la fuerza.
El amor requiere tiempo, paciencia y estar dispuesto a ceder un poco.
Se parece mucho a la jardinería. —Nia se quedó mirándolo un instante, pasando la vista por él mientras entrecerraba los ojos con esa clase de escrutinio que solo las mejores amigas pueden llevar a cabo.
Entonces, le tendió el dedo meñique—. Prométeme que no vas a estropearlo de nuevo.
Que no vas a salir corriendo. Que no vas a perder los nervios.
Que no vas a tratarla como si fuera un plan B cuando tu mundo se venga abajo.
No es una princesita, Will. Ella también es capaz de lidiar con las situaciones difíciles.
Él entrelazó su meñique con el de ella para sellar el trato.
—Tienes mi palabra.
El camarero regresó con la comida de Nia perfectamente empaquetada para llevar. Ella asintió, satisfecha, y le dio una palmadita a la bolsa de plástico.
—Gracias por invitar a comer a mi chico. Estás empezando con buen pie.
Salió del reservado y se alejó de allí con paso tranquilo.
Will soltó una carcajada, incapaz de creer la facilidad con la que lo había engañado.
Sacó la cartera y se dio cuenta de que, en medio de todo el caos, se había dejado la tarjeta de crédito en la biblioteca.
Pagó la comida de Nia con el efectivo que le había dado la señora Lorraine y miró su teléfono móvil.
Todavía le quedaba algo de tiempo antes de que Angel saliera del colegio.
Le dio las gracias al camarero y se dirigió hacia la biblioteca.
Elizabeth seguía encorvada sobre la amplia mesa de roble con la nariz enterrada entre una torreta precaria de libros antiguos.
Los decretos históricos estaban esparcidos frente a ella como si fueran piezas de un puzle esperando a que las colocaran en su sitio.
El registro de visitantes yacía junto a ellas.
Will vio su tarjeta de crédito en el mostrador de información que se encontraba en la parte delantera de la sala. Volvió a metérsela en la cartera y se adentró en las profundidades del archivo hasta llegar junto a la bibliotecaria.
—Sigue aquí —dijo, aunque no le sorprendió que no se hubiera movido de aquel lugar.
Elizabeth no levantó la vista.
—He supuesto que volvería a por su tarjeta.
Estoy intentando encontrarle sentido a este desastre.
Alguien sabía con exactitud qué era lo que estaba buscando.
—De forma distraída, le dio un golpecito al libro con el registro de las visitas—.
Nadie viene nunca por los archivos. De vez en cuando, recibo algún visitante cuando hay visitas guiadas por la biblioteca o cuando un turista quiere aprender más sobre la historia de Cinnamon Falls.
Pero he comprobado la hoja de acceso. A lo largo de las últimas dos semanas, solo han venido dos personas más allá de Nia, Morgan y usted.
Will se acercó un poco más, cada vez más curioso.
—¿Quiénes?
La mujer le dio un golpecito a la página.
—Eleanor Langford y Maximillian Greaves.
Will se dio la vuelta mientras se llevaba los dedos a los labios, pensativo.
—¿Para qué vendría Greaves a los archivos?
Ya sabía lo del decreto y, de todos modos, habían aprobado su petición.
No podía estar preocupado por un trozo de papel De eso se habían encargado sus donativos para la campaña electoral.
—Tragó saliva mientras el cerebro le funcionaba a toda velocidad—.
Además, la noche que mataron a Eleanor, hubo testigos que lo vieron en el club de campo.
—Le estoy diciendo que el tal Greaves estuvo aquí —repitió Elizabeth mientras golpeaba con el dedo índice el registro de las visitas.
Era imposible que aquel hombre hubiese estado en dos sitios a la vez.
No sabía cómo no se había dado cuenta antes.
Greaves debía de haber sido consciente de que la que había paralizado su petición había sido Eleanor.
Si la hubiera matado él mismo, todas las pruebas lo habrían señalado a él.
Y si no podía conseguir el Daffodil Inn a través del soborno, tan solo le quedaba otra opción: el asesinato.
Tenía que enviar a otra persona en su lugar; alguien que fuera lo bastante encantador como para descubrir más información y conseguir cerrar el trato de forma artera; alguien que pudiera acercarse a Eleanor lo suficiente como para matarla sin que lo reconocieran.
Will gruñó mientras cerraba las manos en puños.
—Cameron.
Liz lo miró, alarmada, mientras se quitaba las gafas de la cara.
—¿Cameron? —preguntó, interesada.
Will apretó la mandíbula, rememorando hasta el último detalle del hombre que había intentado bloquearle el paso en la pensión el día anterior.
—Un tipo alto, nuevo en el pueblo…
—Cabello castaño revuelto, ojos azules como el océano… —La mujer palideció. Su voz sonaba jadeante—. Ese… ese es Maximillian Greaves.
Will maldijo en voz baja mientras rebuscaba su móvil. Cuando encontró el número de Morgan, clavó el pulgar encima con fuerza.
—Contesta —suplicó.
El teléfono sonó una vez.
Dos.
Buzón de voz.
Colgó y volvió a intentarlo mientras comenzaba a dar vueltas de un lado para otro. Siguió sin obtener respuesta.
—No contesta —masculló.
El miedo le serpenteó en torno al corazón y se lo estrujó.
—¿Cree que estará teniendo problemas? El tipo parecía incapaz de hacerle daño a una mosca. Era…
—¿Encantador? Sí, eso me han dicho.
—Pero… —comenzó a decir Liz.
Will no necesitó oír el resto: ya había salido por la puerta.