Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 27 Will
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Capítulo 27 Will

Will

Will se quedó petrificado.

Morgan se encontraba en el umbral de la puerta de la sala de los archivos. La luz del sol que se derramaba desde la diminuta ventana de cristal opaco que había sobre el mostrador de la bibliotecaria se reflejaba en las mechas que llevaba en las trenzas y le cubría el rostro de un resplandor suave.

Durante un instante suspendido en el tiempo, el murmullo de las luces del techo se desvaneció.

Lo mismo ocurrió con el dolor de cuello causado por haber dormido tres horas en un sofá duro y la molestia constante que llevaba sintiendo en el pecho desde la noche anterior.

El bolígrafo que sostenía en una mano le pesaba tanto como el cemento.

Se le tensó la garganta, pero no le salió ninguna palabra por la boca.

Ahí estaba, frente a él. Pero no estaba sola.

Nia se encontraba de pie junto a su amiga, protegiéndola con una mano, con una cara de desagrado tan cruel que le dolió más que el corte de un cuchillo.

Pero lo que lo mató fue el gesto de Morgan: estoico pero con un toque vulnerable, como si estuviera tratando de no sentir nada y estuviera fracasando miserablemente en el intento.

Sus propios sentimientos eran demasiado intensos y estaban demasiado dispersos en ese momento como para expresarlos. Se irguió sin estar muy seguro de qué decir. «Lo siento» le parecía demasiado trivial y anodino. Disculparse no era suficiente.

—Hola —dijo en voz baja.

Morgan entró en la sala sin contestar y sus tacones resonaron con suavidad mientras acortaba la distancia que los separaba. El corazón empezó a latirle con fuerza dentro del pecho. Ella metió la mano dentro del bolso en busca de algo y sacó un pequeño rectángulo.

Su tarjeta de crédito.

La sostuvo entre ellos como si apestara. Will la tomó, demasiado consciente de que sus dedos no se habían rozado.

—Gracias —contestó, pero le sonó vacío cuando le salió por la boca.

La tarjeta le daba igual. Lo que le preocupaba era que ella no lo estaba mirando como solía hacerlo: como si fuera importante o como si sintiera algo por él.

Tragó saliva con fuerza y terminó de anotar su nombre, pero el ambiente de la sala cambió. En ese momento se volvió espeso, cargado de confesiones sin decir. No podía dejar de mirarla de reojo, fijándose en su rostro, sus manos y la tensión que tenía en los hombros.

Quería decirle muchas cosas:

«No estaba pensando con claridad».

«Fui un idiota».

«No pretendía hacerte daño».

Incluso la sugerencia de su hermano le parecía una opción:

«Mi amor, te lo suplico».

Morgan lo rodeó, tomó otro de los bolígrafos que había en una taza sobre el mostrador de la bibliotecaria y registró su nombre. Nia también lo rodeó, dibujando un amplio círculo, como si fuera el paciente cero, y se colocó al lado de su amiga para anotar su nombre en el archivador de tres anillas.

—Hola, Liz —le susurró Morgan a la bibliotecaria—. Estamos buscando la copia original del decreto histórico referente a la pensión de mis padres.

Liz apartó la vista del libro de bolsillo en el que estaba inmersa. Detrás de las gafas ovaladas y gruesas, frunció el ceño. Colocó un ticket en la página que estaba leyendo y se puso en pie mientras se arrebujaba con la chaqueta de punto.

—He de decir que hacía años que no veía tanto movimiento en los archivos. La semana pasada vino un tipo buscando exactamente lo mismo.

—¿Qué tipo? —preguntaron Morgan y Nia al unísono.

Liz tomó el archivador y pasó varias hojas. Pasó el dedo por toda la página escrita hasta encontrar la entrada que había estado buscando.

—Fue el viernes previo al Daffodil Jubilee. Le molestó que le hiciera registrar su nombre. Yo le dije que podía hacerlo o podía marcharse.

La mujer dejó el archivador sobre el mostrador y señaló el nombre que estaba firmado con un estilo pomposo y que ocupaba la mitad de la página: «Maximillian Greaves».

Los tres visitantes jadearon al mismo tiempo.

La bibliotecaria salió de detrás del mostrador y se puso un par de guantes blancos.

—Los decretos históricos son eso: históricos. Esas páginas tienen décadas de antigüedad. No se pueden tocar o manipular sin la presencia de un profesional cualificado.

Morgan, Nia y Will siguieron a Liz hacia las profundidades de la sala.

—Por supuesto —respondió Morgan—, ¿pero hay alguna manera de que podamos hacer una copia?

—¿Una copia? —La mujer frenó de golpe y se giró hacia el grupo, desconcertada.

—Antes de que te dé un ataque… —comenzó a decir Morgan—. Necesito pruebas de que el Daffodil Inn se encuentra en terreno protegido. —Le dedicó una sonrisa débil a la bibliotecaria, pero Will se dio cuenta de que no era genuina.

Sus dedos se morían de ganas por tocarla y colocarle un mechón suelto detrás de la oreja. Se moría por oírla contar una broma que hiciera que se desternillara de risa. Pero estaba clavado al suelo.

—Morgan, ya sabes que te adoro, pero a Aisha le daría un síncope si descubriera que…

—¡No lo descubrirá! —Morgan alzó las palmas de las manos ante ella—. Una foto rápida. Ni siquiera sacaremos el documento del plastiquito o lo que sea.

Liz sacó un taburete pequeño de detrás de una de las estanterías y se subió a él. Se puso de puntillas y del estante superior extrajo un tomo grueso cuyo lomo estaba desgastado por los años.

—Este es el índice de los decretos.

Pasó el dedo enguantado por las etiquetas hasta que encontró la sección de la «D». Hojeó y hojeó el tomo con manos cuidadosas hasta llegar a la siguiente sección, la de la «E».

—No puede ser —masculló mientras volvía a pasar las páginas con más lentitud.

—¿Qué ocurre? —preguntó Will, incapaz de soportar la intriga.

—Falta la página del Daffodil Inn —admitió Liz con el miedo reflejado en el rostro.

No estaba arrancada, no la habían marcado con una esquina doblada. La habían quitado como si nunca hubiera existido.

Morgan se quedó mirando el hueco vacío mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Tiene que ser una broma —dijo con un susurro.

—Un momento —intervino Nia—. Ha dicho que esas páginas no podían manipularse sin un profesional cualificado. Así que no es normal, ¿cierto?

Will negó con la cabeza.

—A menos que alguien tuviera motivos para hacerlo desaparecer.

—¿Solicitó Max esa página en concreto? —preguntó Nia.

La bibliotecaria, paralizada por el miedo, parecía tener la mente en otra parte.

—No en concreto. Me pidió echarle un vistazo al índice. Me dijo que, sobre todo, quería ver viejos mapas de distribución territorial. Hablamos sobre Redfern Tavern y me dijo que era el propietario de toda esa zona comercial. Era un hombre dulce y encantador. ¿Crees…? ¿Crees que lo robó?

—¡Tuvo que ser él! —dijo Morgan mientras la frustración emanaba de ella en oleadas.

—Lo habría visto —masculló Liz mientras fijaba los ojos en el suelo—. Es imposible. Estábamos de pie el uno al lado del otro.

—¿Y si no lo robó? —preguntó Nia—. ¿Y si lo escondió?

Como si fuera un rayo, una idea asaltó a Will.

—¡Eleanor! —espetó.

—¿Qué? —Morgan lo miró como si acabara de salirle otra extremidad.

Will sacudió la cabeza. Su cerebro funcionaba más rápido de lo que tardaba en formar las palabras.

—¿Y si lo escondió Eleanor? Angel nos contó que Eleanor le había dicho que siempre podría encontrarla donde se ocultan las cosas. En aquel momento pensé que tan solo estaba siendo dramática, pero…

Morgan recuperó el color de la cara y los ojos se le iluminaron como si fueran fuegos artificiales.

—Sé dónde está.

Retrocedió tan rápido que chocó contra las altas estanterías, que se balancearon con el impacto, amenazadoras. Liz se acercó corriendo y sostuvo los estantes para que no se cayeran como si fueran sus propios hijos.

—¿Qué quieres decir, Morg? —preguntó Nia mientras le apoyaba una mano en el hombro a su amiga.

—No tenemos tiempo. ¡Te lo explico más tarde!

Con la falda ondeando al viento, Morgan salió corriendo y esquivó las mesas y las sillas hasta llegar a la puerta.

Will y Nia la siguieron a toda velocidad, pero ya había desaparecido. Tan solo oyeron el eco de sus tacones y el golpe suave de la puerta al cerrarse tras ella.

Él se quedó mirando el umbral vacío con el pecho henchido y el corazón en las manos.

Nia dio un paso al frente para bloquearle el campo de visión.

—Tenemos que hablar. Ahora.

Rosie’s Diner seguía teniendo el mismo aspecto de siempre.

Una barra flanqueada por taburetes recorría toda la parte frontal.

Habían pasado dos años desde la última vez que había estado dentro.

La mayor parte del tiempo, usaba la ventanilla que Eddie había instalado en el lateral del edificio para recoger pedidos rápidos para llevar.

Entrar dentro fue como regresar a casa. Él tan solo había coincidido con Rosie en un par de ocasiones, pero por la forma en la que Morgan, Nia y Jesse la reverenciaban —una matriarca casi legendaria—, se sentía como si también formara parte de su familia.

Además, todavía no había encontrado ningún bollo de canela en toda la zona que fuese mejor que el de Rosie: suave como una nube en el centro, caramelizado en los bordes y bañado con un glaseado tan delicioso que debería estar prohibido.

El local solo estaba lleno a medias, pero el bullicio de la gente que estaba comiendo inundaba el resto del espacio vacío. Al fondo, Will atisbo un reservado enclavado bajo la ventana y se sentó en el asiento de cuero. Nia no se sentó de inmediato.

—Este es el lugar exacto en el que estaba sentada la última vez que vi a Rosie con vida. —Se giró y posó la vista en los trabajadores que estaban detrás de la barra, aunque no parecía estar viéndolos.

—Lo siento, Nia. Podemos escoger algún otro lugar —contestó él.

Will esperaba ver lágrimas, pero Nia se dio la vuelta con fuego en los ojos.

—Es el lugar perfecto para que recibas tu merecido. A Rosie le encantaban los castigos divinos.

Se sentó frente a él como si fuera un capo de la mafia, con los brazos cruzados y gesto serio. Will soltó un gruñido y apoyó la cabeza contra la parte trasera del reservado.

—Adelante —cedió—. Dime lo que tengas que decirme.