Capítulo 26 Morgan
Morgan
Morgan abrió de golpe la puerta de The Cinnamon Scoop y la campanita de latón que había sobre ella resonó con tanta fuerza que, detrás del mostrador, tanto Nia como Niles se sobresaltaron.
Midnight, que había estado durmiendo profundamente en la ventana, bufó ante la conmoción repentina.
Dio vueltas con lentitud, dibujando un círculo, y se hizo un ovillo calentito mientras miraba a Morgan con un destello de fastidio en los ojos amarillos.
—Alguien ha tenido un mal día —comentó Niles, que se había detenido a medio camino de servir una bola de helado de menta con pepitas de chocolate—. ¿Te encuentras bien, Morg?
—Acabo de cometer un delito menor —espetó ella sin aliento. Se acercó corriendo al mostrador y apoyó las manos con firmeza, agradecida de que el suelo bajo sus pies hubiera dejado de moverse.
—¿Sin mí? —exclamó Nia.
—Define «menor» —dijo Niles al mismo tiempo.
—Me he colado en el despacho del alcalde —admitió—. Necesito dos bolas de helado de canela. De inmediato.
—¡Morgan!
Nia soltó la cuchara de helado que tenía en la mano y repiqueteó con un estruendo contra el fondo del contenedor vacío de metal. Niles se metió detrás del mostrador y comenzó a prepararle el pedido, cautivado por el cotilleo.
—¿Cómo has conseguido que Ben te dejara pasar? —preguntó.
—Llevaba una identificación. —Se encogió de hombros, pasando de puntillas sobre aquel pequeño detalle del delito como si, para empezar, no la hubiera robado.
Sacó el teléfono y le mostró a Nia las fotografías—.
La cuestión es que he encontrado la solicitud de recalificación de Max.
Lleva un tiempo intentando hacerse con la pensión.
Nia cruzó los brazos sobre el pecho con gesto de desaprobación mientras ojeaba las páginas con Niles apoyado en uno de sus hombros.
—No está firmada —señaló. Se quitó de encima a su hermano y tomó el teléfono entre las manos—. ¿Crees que el alcalde tiene intención de honrar la corrección de Lyons y aprobarla?
—Bueno, no va a tener ocasión de hacerlo —masculló ella con el calor palpitándole en el rostro. Niles le pasó una tarrina con dos bolas de canela y le tendió una cucharilla. Morgan se metió el helado en la boca con ganas—. Me he deshecho de ella.
—¿Es que a vosotras dos os gustó la cárcel? —preguntó Niles con tono sincero—. Nunca he visto a dos personas más empecinadas en pasar el resto de sus días entre rejas. Es alucinante.
Ninguna de las dos le hizo caso.
—¿Y dónde está ese decreto histórico? —le preguntó Nia mientras le devolvía el teléfono.
—Ese es el problema. —A Morgan se le cayó el corazón a los pies—. El decreto no estaba en la carpeta. No había nada que especificara que la pensión o el terreno están protegidos, lo que no tiene sentido.
—Un momento —dijo Niles. Agarró su mochila, que se encontraba detrás del mostrador, y sacó el portátil.
Lo encendió y se mordió un labio, concentrado—.
Dejad que compruebe la base de datos interna.
Si hay algún proceso abierto sobre la propiedad, debería estar digitalizado a estas alturas.
—Tecleó frenéticamente, haciendo volar los dedos sobre el teclado.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Morgan.
—Soy el digitalizador de la oficina del secretario del condado.
¿Te acuerdas? —contestó, enseñándole su identificación—.
La oficina está en el ayuntamiento. La próxima vez que necesites colarte, avísame.
No hace falta que vayas en plan furtivo.
—Morgan archivó esa información: era demasiado escasa y llegaba demasiado tarde—.
El gesto de Niles se ensombreció. —La documentación está restringida.
Todo lo relacionado con la oficina del alcalde Lyons está precintado, probablemente por el juicio inminente.
Ni siquiera mis credenciales tienen permiso de acceso.
Morgan gruñó mientras se apoyaba contra el mostrador.
—Entonces, ¿no hay nada? ¿Ninguna copia de seguridad? ¿Ninguna prueba?
—Puedes probar en un sitio —dijo el joven con lentitud—. La sala de los archivos de la biblioteca. Todos los documentos tienen un duplicado en físico: los registros de recalificación, los bandos… Todo. Tienen documentos que se remontan a los años cincuenta.
—Merece la pena intentarlo —comentó Morgan mientras se encogía de hombros y se dirigía hacia la puerta.
Nia se quitó el delantal.
—Espera. Voy contigo. Ni de broma vas a colarte en otro sitio sin mí.
Morgan rebuscó en su cartera hasta que encontró lo que estaba buscando.
—No tendremos que colamos —dijo, mostrándole su tarjeta de la biblioteca.
—¡Será mejor que no os saquen de allí esposadas, delincuentes! —exclamó Niles.
—¡Cierra el pico! —le gritaron ambas al unísono.
Cuando Morgan y Nia subieron a toda prisa los escalones de piedra, la biblioteca de Cinnamon Falls no llevaba mucho tiempo abierta. Pasaron junto a las cestas de tulipanes en tonos pastel y pensamientos color mantequilla que bordeaban el camino y abrieron las puertas enormes.
—El archivo se encuentra al fondo —señaló Morgan, guiando a su amiga.
Pasaba allí al menos un día de la semana, intercambiando libros y encontrando nuevas lecturas para la hora del cuento de sus alumnos. Todos los bibliotecarios la conocían por su nombre.
Cuando Nia y ella pasaron junto a la sección infantil, había un grupo de niños pequeños riéndose con un espectáculo de marionetas. Aisha, la bibliotecaria jefe, las saludó con la mano mientras ordenaba las estanterías.
Morgan bajó el ritmo conforme se acercaban a la sala de los archivos. Se detuvo por completo cuando posó los ojos sobre la figura familiar que estaba encorvada sobre el mostrador, registrándose.
Will.
El aliento se le atascó en la garganta. Ahí estaba, vestido con una camisa en un tono gris suave que llevaba remangada hasta los codos.
Se quedó petrificada y sintió un retorcijón en el estómago.
No de ira, sino por esa sensación horrible y dolorosa que sentía en el pecho y a la que no había sido capaz de dar nombre desde que su cita se había visto interrumpida.
Nia se colocó a su lado y le apoyó una mano en el costado.
—¿Estás bien?
—Sí —mintió.
No estaba bien. En absoluto.
Will alzó la mirada. Sus ojos se encontraron y, durante un buen rato, ninguno de los dos se movió.