Capítulo 25 Will
Will
Will aparcó el cupé bajo una hilera de robles frente al ayuntamiento y se quitó la chaqueta.
El frío húmedo de la mañana se había disipado y el sol se alzaba en el cielo poco a poco, con reverencia.
El aire, agradable y dulce, arrastraba la fragancia del césped recién cortado.
Una brisa suave sacudió las ramas en flor que había sobre su cabeza, esparciendo las sombras por toda la acera.
Otro día deslumbrante en Cinnamon Falls; uno de esos que hacían que todo el pueblo cobrara vida.
Apoyado contra la puerta del coche, se detuvo un instante y echó un vistazo a la calle tranquila.
Al fin comprendía por qué la gente se quedaba allí; por qué construían una vida en la que los rascacielos, la digitalización y el ajetreo sin fin no eran necesarios.
En el pasado había creído que Cinnamon Falls no era más que un pueblucho, la clase de sitio en el que la gente solo estaba de paso hasta encontrar un lugar mejor.
Era un destino que la gente visitaba como si fuera un museo que conservara una reliquia antigua.
De niño, había pasado por allí una docena de veces, había contemplado Barkwood Bridge a través de la ventanilla y había admirado los recodos del río, pero, para cuando habían llegado a la siguiente gasolinera, se había olvidado de él.
Jamás se le había ocurrido que existiera gente que viviera allí.
Pero entonces Tanya había tenido el accidente y su vida en Macon había empezado a colapsar poco a poco.
Su padre había tenido problemas para mantener Reed lo más probable es que las mismas que
le habrá hecho a usted. Pero ese tal Lyons
era un corrupto. Se dejaba comprar. Aceptó
donaciones para su campaña de las empresas de
Greaves. Las llaman «empresas fantasma», lo
aprendí en la biblioteca. Conseguí que pusieran
mi nombre en una puerta y todo. ¿Alguna vez
ha estado en los archivos? Me mira como si
estuviera loca, pero puedo demostrarle…
[ TATE ]: No digo nada, tan solo
la estoy escuchando.
[ LANGFORD ]: Bueno, pues escúcheme bien. No
quiero nada especial de usted, señor Tate.
Ni siquiera reconocimiento o que me estreche
la mano. Tan solo quiero que el lugar que
mi esposo tanto amaba permanezca intacto.
Como ciudadana interesada, le pido que por
favor no se lo venda a un hombre que lo
desmantelaría solo para obtener beneficios.
[ TATE ]: Sin duda, tendré en cuenta
todo lo que me ha contado, señora
Langford. Gracias por venir a verme.
[ FIN DE LA TRANSCRIPCIÓN ].
Will miró a Hartley y se tragó el nudo que tenía en la garganta.
—Me trajo el nombre de dos empresas fantasma que, supuestamente, donaron dinero para el alcalde Lyons; unas que sospechaba que estaban relacionadas con Max Greaves. Investigamos un poco, pero no pudimos encontrar nada. Me dijo que tenía más información, pero… no tuvo ocasión de venir a traérmela.
—Porque la asesinaron —murmuró Will en voz baja.
—Tate está dando largas a Greaves con la petición de enmienda. Dijo que, de ahora en adelante, quería hacer las cosas siguiendo las reglas. Pero no creo que eso le sentara bien a Max.
Will se recostó en el asiento. De algún modo, la estancia le resultó más pequeña. Más cargada.
Casi todas las personas del pueblo habían pintado a Eleanor Langford como una anciana amargada. Pero ahí estaba: intentando salvar a las mismas personas que la repudiaban.
Hartley se echó hacia atrás mientras se frotaba las sienes.
—Tendría que haber acudido a la Policía…
Will se encogió de hombros al recordar algo.
—No habría servido de nada. Max tiene una coartada perfecta para la noche que asesinaron a Eleanor.
No pudo ser él. Si vamos a ir a por él, necesitamos todos los hechos.
—Las cosas no tendrían que haber llegado tan lejos.
Rechacé la petición de Max hace años. La pensión se encuentra en terreno histórico.
El decreto lo prohíbe expresamente. Nos aseguramos de archivar toda esa información por si alguna vez ocurría algo así.
Aquello le recordó que tenía que hacer una última parada. Si podía echarle la mano a ese decreto, podría detener a Max Greaves de una vez por todas. La muerte de Eleanor no habría sido en vano.
—Gracias por su tiempo, señor Hartley.
Salió al pasillo y cerró la puerta con cuidado a su espalda. Abandonó el ayuntamiento por el mismo lugar por el que había entrado y recorrió a pie la corta distancia que lo separaba de la biblioteca. Tenía el pecho lleno de sentimientos afilados: ira, culpa y, sobre todo, esperanza.