Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 24 Morgan #2
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Capítulo 24 Morgan #2

Cuando quitó el bolso de la repisa, ocultó el cordón con la tarjeta justo debajo. Se dio la vuelta y buscó asiento.

—Con la que deberías estar enfadada es con tu madre por ponerte un nombre tan feo del Antiguo Testamento —murmuró.

Pasaron dos horas.

Morgan daba vueltas de un lado para otro.

Había memorizado todos los folletos que había en el tablón de anuncios comunitario.

Uno anunciaba un campamento de verano CTIM para chicos en el que quedaban pocas plazas; otro, un club de arte que se reunía los sábados en la biblioteca.

Le sacó una fotografía para Angel antes de recordar con una punzada de dolor que su cita con Will había acabado siendo medio trágica.

Se bebió dos tazas templadas de café de la cafetería y jugó seis partidas al solitario en el teléfono móvil.

Ruth no levantó la vista ni una sola vez hasta que sonó el teléfono.

—Oficina del alcalde Tate —dijo con un tono de voz alegre pero forzado—.

Ah, hola, Frank —añadió, relajándose—. Ajá…

es la tercera vez que llama esta semana.

—Soltó un bufido burlón. Escuchó durante un instante y, al final, decidió—: Está bien, pásamelo.

—Echó los hombros hacia atrás mientras se preparaba para la llamada—.

Sí, señor Greaves. Soy Ruth. Hablamos la semana pasada.

—Morgan se quedó paralizada y aguzó el oído más rápido que Daphne—.

Le he transmitido su mensaje, señor. Entiendo que es urgente, pero el alcalde todavía no ha firmado el recurso…

No, no puedo meterle prisa. Está en su lista de tareas pendientes, tal como le dije la última vez que llamó.

—La mujer esperó mientras ponía los ojos en blanco—.

En cuanto lo firme, usted será el primero en saberlo.

Sí, usted también, señor. —Ruth colgó el teléfono con fuerza.

Salió disparada de su silla y se asomó por la pared del cubículo para hablar con alguien que quedaba fuera de vista—.

¡No vas a creerte quién acaba de llamar de nuevo!

—¿El tal Greaves? —preguntó una voz sin rostro.

Ruth se pellizcó la nariz, levantó la barbilla en el aire y se llevó una mano a la cadera.

—Necesita que se «firme de inmediato el recurso de recalificación».

Su imitación fue muy buena, pero Morgan no pensaba darle el gusto de reírse de una de sus bromas. Las dos mujeres se rieron hasta que Ruth recordó que no estaban solas. Posó la vista en Morgan y después volvió a mirar a su compañera de trabajo.

—¿Comemos en Rosie’s? —preguntó.

—No veía el momento de que me lo pidieras —respondió la otra.

Ruth se dio la vuelta y recogió su bolso, que también era morado, del armario.

—Un momento, no encuentro mi identificación.

Morgan se tensó y se contuvo para no mirar la identificación y el cordón que estaban dentro de su bolso.

La voz sin rostro dobló la esquina y Morgan se sorprendió al descubrir que se trataba de Sasha Daniels, una de las sobrinas nietas de la señora Pearline y hermana de Shawna.

Hizo caso omiso de Morgan como si formara parte del mobiliario, aunque ella prefería que fuese así.

Sin embargo, mientras se marchaban, Ruth le lanzó una mirada petulante.

—El alcalde no volverá hasta después de las tres —dijo con retintín.

—Seguiré esperando —gorjeó ella con alegría, como si su culo no estuviera empezando a dormirse tras pasar tanto rato sentada.

—El ayuntamiento cierra a las cinco —comentó Ruth por encima del hombro mientras entraba en el ascensor que las estaba esperando.

Morgan aguardó hasta que la pantalla que se encontraba encima del ascensor mostró que estaba parado en la primera planta. Salió disparada de su asiento y recorrió con sigilo el pasillo enmoquetado. Sabía que el alcalde tenía su despacho tras las puertas dobles cerradas que se encontraban al fondo.

Tras pasar la identificación por el panel, este emitió un destello verde y le dio acceso a otra zona de espera diminuta que se encontraba frente a otro conjunto de puertas dobles. En la pared había atornillada una placa identificativa dorada: Alcalde Sterling Tate.

A su izquierda había un par de sillas verde salvia a juego y una mesita de café. A su derecha, otro recepcionista con actitud petulante. Un joven con gafas y un corte de pelo anodino la miró de arriba abajo con desdén.

—¿Eres la nueva chica del correo? —preguntó con los labios fruncidos en gesto de desaprobación—. Llegas tarde. El correo se recoge a las diez en punto —añadió mientras se daba un golpecito en la esfera del reloj. Acababan de dar las diez y cuarto.

Morgan asintió con rapidez mientras leía su placa identificativa: Benjamín Crowder.

El joven puso los ojos en blanco.

—Ruth siempre deja que entréis aquí sin acompañamiento —refunfuñó—.

Esta vez pienso contárselo a Hartley directamente.

—Extendió la mano para que le entregara la identificación.

Ella le tendió el cordón que le colgaba de los dedos—.

Me muero de ganas de ver cómo se las ingenia para salir de esta —añadió.

A Morgan le complació saber que Ruth seguía teniendo un buen puñado de enemigos—.

La bandeja de salida es la del contenedor azul.

—Señaló las puertas dobles por encima del hombro—.

La carpeta superior tiene que ir al registro.

Asegúrate de que Deb lo haga antes de irse a comer.

Lo demás puede distribuirse como siempre.