Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 24 Morgan
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Capítulo 24 Morgan

Morgan

Morgan sentía un dolor de cabeza que se le esparcía por todo el cuerpo. Cada hueso le vibraba con ritmo propio. Pero tenía cosas más urgentes de las que ocuparse que su propia comodidad.

La noche anterior era una borrón. Cuando se había despertado poco después de las cinco de la madrugada en la cama de Cameron, había tenido que pellizcarse para asegurarse de no seguir soñando.

Lo había encontrado profundamente dormido a su lado, con una mano detrás de la cabeza y la otra sobre el pecho esculpido.

No se habían movido en toda la noche. Él había actuado como un perfecto caballero, que era justo lo que necesitaba después de que la dejaran tirada en Prime Society.

Tras poner su móvil a cargar, no había encontrado ningún mensaje de disculpa ni ninguna llamada perdida de Will.

Era como si no hubiera pasado nada entre ellos. Cameron había aparecido cuando el otro hombre se había marchado, y estaba agradecida por ello. Sobre todo por sus abdominales. Will se lo perdía, sin más. Valía más de lo que él podría permitirse jamás y no pensaba desperdiciar una sola lágrima más.

Recogió sus cosas, se escabulló de aquel dormitorio y recorrió el pasillo en dirección al suyo. Tenía que empezar el día temprano y no disponía de tiempo para dudar.

Aquel jueves por la mañana, la comisaría de Cinnamon Falls estaba demasiado tranquila. Los sonidos habituales, como el chisporroteo de las radios o la cháchara de los agentes, estaban claramente ausentes. ¿Les habría dado Raines el día libre? ¿Qué había pasado con eso de «redoblar esfuerzos»?

Se acercó al mostrador principal con el bolso metido debajo de un brazo y el teléfono móvil en la mano contraria. La fotografía tenía que significar algo. Tan solo necesitaba que Jesse la viera. Odiaba la idea de que se tratara de Caleb, pero Eleanor merecía que se hiciera justicia.

Angie apartó la vista del escritorio y arqueó las cejas, sorprendida.

—Morgan, ¿qué haces aquí?

—Necesito hablar con Jesse. Es importante. He traído algo que tiene que ver con la investigación.

Angie titubeó y pausó los dedos sobre el teclado. Después, señaló la pantalla que tenía enfrente.

—No está disponible. En realidad, ahora mismo no hay nadie disponible.

Morgan frunció el ceño.

—Son las siete y media de la mañana. ¿Y si tuviera una emergencia de verdad?

Antes de que la otra mujer pudiera contestar, Chambers apareció por el pasillo. Cuando vio a Morgan, soltó un suspiro como si su mera presencia fuese una molestia.

—¿Qué quiere esta? —le preguntó a la recepcionista mientras dejaba una pila de documentos sobre el mostrador.

—Dice que necesita hablar con Jesse, que ha traído algo que tiene que ver con la investigación —repitió la mujer como un loro.

Chambers se giró hacia ella para mirarla de frente con la duda rezumándole de todos los poros. Se cruzó de brazos.

—Jesse va conmigo, así que, si tienes algo que contarle, puedes contármelo a mí.

Morgan negó con la cabeza.

—Ni en broma. —Se giró hacia Angie—. ¿Podrías decirle que me llame cuando venga? Es importante.

—No seas así —dijo Chambers antes de que ella se alejara—. En serio, ¿qué ocurre? ¿Ha pasado algo en la pensión? Hemos estado siguiendo lo que la gente dice en internet. Si algo se ha convertido en una amenaza real, tienes que informarnos.

Morgan le dio la vuelta a su teléfono y le enseñó la fotografía. Él pasó la vista por la pantalla pero no hizo ningún gesto de reconocimiento. ¿Le estaba entregando una prueba relevante y esa era su reacción?

—Es despampanante, pero soy un hombre felizmente casado —dijo el policía mientras se pasaba los pulgares por las trabillas del pantalón.

—Vuele a mirar, idiota —espetó ella mientras ampliaba la imagen—. Ahí está. Caleb Brewster en el laberinto justo antes de que mataran a Eleanor.

—¿Es una broma? —preguntó Chambers de forma inexpresiva mientras la señalaba con un pulgar.

Angie se puso roja como un tomate y a Morgan le dio un vuelco el estómago. ¿Por qué tenía la sensación de que todo el mundo sabía algo que ella no?

—Llegas demasiado tarde —prosiguió el policía—. Caleb Brewster está en una celda ahora mismo.

Morgan pestañeó.

—¿Qué?

—Encontramos sus huellas en el cuchillo —contestó el hombre con tono cortante—. El caso está resuelto. Tenemos todo lo que necesitamos.

—Ahora mismo, Jesse está reunido con la jefa —intervino Angie —. Están preparando otra rueda de prensa. Se ha acabado, Morg. Tu familia y tú deberíais volver a la normalidad muy pronto.

El pulso le retumbaba en los oídos. Se le hizo un nudo en la garganta al intentar aplastar la maraña confusa de emociones repentinas. ¿Lo sabría Will? Si no era así, no era su deber avisarlo. Volvió a meter el móvil en el bolso.

—Bien —murmuró—. Normalidad.

Giró sobre sí misma y salió de la comisaría.

En el exterior, el viento le pareció más punzante.

En su mente había imaginado que se alegraría cuando llegara aquel día.

Pero su mundo no había vuelto a la normalidad, tan solo había cambiado.

Resolver el asesinato de Eleanor ya no era la prioridad.

Ahora, lo era encontrar aquel decreto histórico.

Morgan se tragó un ibuprofeno sin agua mientras subía los escalones del ayuntamiento. No había vuelto a ir allí desde hacía muchos años, cuando su clase de primer curso había ido de excursión para conocer al que, por aquel entonces, había sido el nuevo alcalde: Asad Lyons.

El lugar era digno de una postal. El edificio blanco de estilo colonial tenía tres pisos de altura y estaba coronado por una torre del reloj con cúpula dorada. Acababan de cortar el césped bien cuidado, lo que había inundado el aire con un aroma punzante, fresco y terroso a hierba recién cortada.

Las majestuosas columnas blancas de la entrada delantera resplandecían bajo el sol matinal y arrojaban sombras alargadas sobre los escalones de ladrillo en los que tanto los trabajadores municipales como los habitantes del pueblo, cuyas voces sonaban ligeras entre risas y cotilleos, pasaban el rato con bolsas de papel marrón y termos de café.

Alguien había dejado abiertas las pesadas puertas de madera de roble y una brisa juguetona se colaba en el vestíbulo de suelos de mármol.

El eco de las conversaciones rebotaba contra los altos techos y unas ventanas enormes llenaban de luz aquel edificio municipal.

En el interior, el júbilo de la primavera se disolvía en el silencio tenso de la formalidad gubernamental.

Morgan no hizo caso a la vibración que le llegaba desde el bolso.

En el fondo, tenía la esperanza de que fuera un mensaje de disculpa de Will, pero no tenía agallas para mirarlo por si no se trataba de eso.

La noche anterior había sido para llorar, pero aquella mañana iba a dedicarse a hacer justicia.

Se recolocó la correa del bolso sobre el hombro y atravesó el recibidor a grandes zancadas mientras el bajo de su falda ondeaba con la brisa que llegaba desde la puerta abierta.

Tras tomar el ascensor hasta la planta donde se ubicaba el despacho del alcalde, llegó a unas puertas cromadas dobles que daban paso a una oficina moderna: cubículos color beis con hileras de puertas de madera oscura se alineaban a ambos lados del pasillo como si fueran un laberinto de secretos.

Se había saltado el café matutino pensando que aquella sería una parada rápida: un sencillo malentendido que podría resolver con una conversación breve pero seria.

En cuanto se acercó al mostrador principal, en el que había una recepcionista sentada tras un cristal grueso, se dio cuenta de que había cometido un grave error.

Habría reconocido aquel ceño fruncido permanente en cualquier parte: Ruth Evers.

Las uñas perfectamente lacadas de la mujer repiqueteaban sobre el teclado mientras fingía no ver a Morgan ahí de pie. Llevaba una blusa blanca bien planchada con un lazo enorme en torno al cuello y una falda de tubo color lavanda, lo cual era una ironía.

A Morgan le tembló el ojo con nerviosismo mientras dejaba el bolso sobre la repisa, junto a un cordón verde lima que estaba enrollado en torno a lo que parecía una tarjeta de acceso. Ruth no alzó la vista cuando ella le dijo:

—Buenos días, he venido a ver al alcalde Tate.

Se aseguró de usar su mejor versión de un tono de voz profesional por si la mujer no la reconocía. Pero, si fuera ella, sin duda recordaría la paliza que le había dado tantos años atrás.

—¿Tienes cita? —Ruth pasó a rebuscar en una lata de caramelos mentolados con la prisa de un caracol de vacaciones.

—No pensé que necesitara cita. Ya sabes: es un hombre dedicado al pueblo y todo eso —bromeó, pero volvió a ponerse seria enseguida cuando la otra mujer no se rio—. Es urgente.

—Bueno —contestó Ruth, alzando la vista al fin—, a menos que estés muriéndote o prendida en llamas, diría que puede esperar.

—¿En serio? ¿Ni siquiera vas a comprobarlo?

La mujer presionó el teclado con una uña.

—Oh, parece que el alcalde Tate tiene otro compromiso ahora mismo. La próxima cita disponible es el 10 de noviembre a las diez cuarenta y cinco.

—¿Dentro de siete meses? —Morgan miró a su alrededor para asegurarse de que no la estaban observando y bajó la voz—. ¿Todavía estás enfadada por lo que pasó en secundaria?

—¡Fuiste tú la que empezó esa pelea, no yo! —replicó Ruth con fuego en los ojos.

—Te estabas burlando de mí, ¿qué esperabas que…? —Presionó las manos sobre el mostrador al darse cuenta de que revivir conflictos del pasado no iba a servirle de nada en aquel momento. Necesitaba la ayuda de aquella mujer—. Por favor, ¿puedes decirle que hay alguien esperando para hablar con él?

Ruth ladeó la cabeza.

—No sin una cita. Tiene la agenda ocupada toda la mañana.

—Está bien. —Se cruzó de brazos—. Esperaré.

El teléfono del mostrador comenzó a sonar. La mujer se encogió de hombros antes de estirar el brazo para contestar y colocarse el aparato entre el cuello y los hombros.

—Ponte cómoda.