Capítulo 22 Will
Will
El Eldorado completamente negro frenó con un chirrido frente al Departamento de Policía de Cinnamon Falls.
Will se bajó de un salto con un nudo en el pecho y el corazón martilleándole por la adrenalina.
La mente le daba vueltas en tantas direcciones diferentes que debería estar saliéndole humo por las orejas.
Por un lado, era más que probable que Morgan no volviera a hablarle nunca más.
Parecía que, cada vez que estaban los dos solos, las cosas nunca salían como él había pretendido.
Siempre había algo que se interponía entre ellos.
¿Acaso el destino o el universo les estaba impidiendo desarrollar un vínculo más profundo?
¿Estaban sencillamente destinados a no estar juntos?
Will no podía hacer nada contra la atracción que sentía por aquella mujer y se ahogaba en sus propios deseos.
Su risa, su sonrisa y esos ojos, sobre todo cuando estaban posados en él, le hacían sentir como si fuera el único hombre del planeta; como si hubieran creado a Morgan de forma meticulosa en el vientre de su madre solo para él.
¿Por qué nunca podían hacer que funcionara?
Aquella noche, ella se había abierto con él y le había mostrado una parte diferente de sí misma, pero él lo había estropeado.
Nunca volvería a acercarse a él, pero, como mínimo, tenía que disculparse.
Tendría tiempo de preparar la disculpa justo después de encargarse de Jesse.
Una ira oscura le corría con furia por las venas cuando entró en la comisaría de policía.
A esas horas de la noche estaba desierta.
En el mostrador principal había una mujer solitaria con una novela romántica de bolsillo entre los dedos.
En la cubierta aparecían abrazados un hombre descamisado y una damisela ligera de ropa.
La placa dorada enfocada hacia el frente rezaba: ANGELA SCHMIDT .
Cuando Will se acercó al mostrador como un vendaval, la mujer alzó la vista, sobresaltada. Él echó un vistazo detrás de ella, en dirección a las profundidades de la comisaría, pero el pasillo estaba oscuro y vacío.
—Tengo que ver a Caleb Brewster. Ahora —exigió.
Se aferró al borde del mostrador para conservar la estabilidad. Quería arrancarlo del suelo y sacar a Caleb de la celda a rastras, agarrándolo de la parte trasera de la camiseta. ¿Cómo demonios había acabado metido en todo aquello?
—Lo siento, señor, es medianoche. Tendrá que volver durante…
—¡Lo único que tengo que hacer es ver a ese chico! ¡No es más que un crío!
Will oyó el retumbar de unas botas sobre las baldosas, acercándose.
Cuando Jesse dobló la esquina, hizo uso de todos los músculos de su cuerpo para evitar abalanzarse sobre él.
Su amigo tenía los ojos entrecerrados con gesto serio.
Sacaba pecho y tenía los hombros cuadrados. Will sabía lo que eso significaba.
«No te pases de la raya conmigo», parecía advertirle Jesse.
«No me obligues a hacerlo», respondió él mientras se aferraba al mostrador con una fuerza imposible.
—Will. —Jesse dio unos pasos comedidos hacia él—. Vamos a hablar.
Will se recordó a sí mismo que estaba en una comisaría de policía: en cuanto le pusiera un dedo encima al agente, acabaría en una celda junto a Caleb.
—Lo has arrestado —gruñó—. ¿Sin tan siquiera avisarme? ¿Qué demonios te pasa?
Jesse exhaló con fuerza por la nariz. Miró por encima del hombro a Angela, que fingía no estar escuchándolos.
—Ang, ¿te importaría traerle al señor Reed una taza de café?
—El café de este sitio es una basura. Créeme, no lo quiere. Ya está bastante enfadado —contestó ella mientras pasaba una página del libro.
Jesse se giró hacia ella.
—Café. Ahora mismo, por favor.
Los ojos de la mujer se iluminaron cuando se dio cuenta de que lo que le estaba pidiendo era privacidad.
—Café. Claro. Ahora mismo, agente Shaw.
Se llevó la novela romántica consigo y los dejó solos para que pudieran arrancarse la cabeza el uno al otro en paz.
Jesse la observó mientras se marchaba y se aseguró de que estuvieran a solas. Will no perdió más tiempo antes de reprenderle.
—¡No es más que un crío, Jesse! Ya sabes lo que ha tenido que soportar y lo que le ha hecho este pueblo.
Su amigo suspiró como si aquello le doliera.
—Tan solo estoy haciendo mi trabajo.
—¿Tu trabajo? —Dio un paso al frente y se colocó tan cerca de él que casi acabaron nariz con nariz. Le clavó un dedo en el pecho y se topó con el chaleco fortalecido que llevaba bajo la camisa del uniforme—. Tu trabajo es proteger a la gente. Sabes que Caleb no es un asesino.
Jesse dio un paso atrás para dejar una distancia prudente entre ellos. Volvió a echar un vistazo al pasillo antes de hablar.
—Tenemos pruebas de que estaba en el laberinto en el momento del asesinato, hemos encontrado dedalera en su ropa y en el cuchillo hay huellas dactilares suyas, colega.
Will sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—¡Venga ya! ¡Eso es una mentira de mierda, y lo sabes!
—Sabes que yo tampoco quiero que sea cierto —espetó el otro hombre—. Pero es mi trabajo. Fíjate en los hechos, Will.
Él sacudió la cabeza con incredulidad.
—Eres mejor policía que esto. ¿Te has planteado en algún momento que tal vez alguien quiera que pienses eso?
Jesse se cruzó de brazos.
—Han detenido al tal Brewster una docena de veces.
Vi con mis propios ojos que las huellas dactilares coincidían.
—Alzó las manos en el aire, desesperado—.
Estás perdiendo el tiempo con teorías de la conspiración.
Hace dos años arranqué la corrupción de raíz.
Aquí trabajamos con honestidad y tienes que enfrentarte a la verdad del chico al que estás protegiendo.
Will puso los ojos en blanco. De pronto, Jesse era un superpolicía que no podía hacer nada mal y al que nada se le pasaba por alto.
Ahora que era el detective principal, podía proteger la pequeña y vieja Cinnamon Falls con nada más que un golpe en el pecho.
Como siempre, los árboles le impedían ver el bosque.
—¿Y qué hay de ese tipo llamado Max Greaves? Morgan me dijo que apareció apenas un par de días después de que asesinaran a Eleanor y que los está presionando para comprar la pensión.
El otro hombre negó con la cabeza.
—Crees que hemos estado de brazos cruzados sin hacer nada, ¿eh?
Ya lo hemos investigado. El sábado por la noche estaba en una partida privada de póker en la sala Ember del club de campo Cinnamon Crest de Asheville.
Empezó en torno a las ocho de la tarde y acabó después de medianoche.
Hay múltiples testigos y grabaciones de las cámaras de seguridad.
Incluso hice que Chambers comprobara que las horas del video coincidían con lo que decía el equipo de seguridad del local. Es imposible que haya podido ser él.
—Qué conveniente —masculló Will con amargura—.
¿Metes a un crío en la cárcel porque un tipo rico, que, por cierto, es el dueño de media Asheville, te sonríe y dice que no ha sido él?
—Jesse cuadró los hombros ante él. La camaradería entre ellos no abundaba—.
¿Y qué me dices de los tipos con los que sale Caleb?
Son mala gente, colega. ¡Podrían haberle tendido una trampa! Déjame hablar con él.
Estiró el cuello para mirar por encima del hombro del policía, pero no pudo distinguir gran cosa en el pasillo oscurecido.
La mirada de su amigo se endureció.
—Tengo las manos atadas con este asunto. Te voy a decir lo mismo que le dije a Nia hace dos años: deja que los policías hagamos nuestro trabajo.
Will lo miró fijamente mientras una sensación de traición se le asentaba en las entrañas.
—No soy la entrometida de tu novia, ¿de acuerdo? Tan solo te estoy pidiendo que te lo replantees.
Con la mandíbula apretada por la tensión, Jesse pareció consternado. Will se había pasado de la raya, pero no podía retractarse.
—Voy a pasar eso por alto porque, ahora mismo, estás muy alterado. —El silencio crepitó entre ellos y abrió unas fisuras diminutas en aquella amistad tan frágil. Jesse carraspeó—. Si tanto quieres ayudarlo, consíguele un abogado. Lo va a necesitar.
Entonces, se dio la vuelta para marcharse.
Antes de que se alejara demasiado, Will dijo en voz alta:
—Más vale que no te estés equivocado con Caleb porque, si te equivocas, ¡perderás algo más que la maldita placa!
El pasillo oscuro se tragó a Jesse por completo.