Capítulo 21 Morgan #2
—¿Qué le has dicho? No todo es una broma, Morgan. Te lo llevo diciendo desde que eras pequeña.
Morgan se detuvo con el vaso vacío en la mano.
¿La responsable de que un hombre la hubiera dejado tirada era ella?
¿Era culpa suya que Will hubiese decidido que una llamada de teléfono era más importante que llegar hasta el final de la cita?
¿Era culpa suya que alguien hubiese matado a Eleanor Langford?
¿Acaso la culpaban también por la llegada de Max Greaves?
Como era habitual, todos los problemas del Daffodil Inn recaían directamente sobre sus hombros.
El comentario de su madre la había empujado al borde del abismo y había hecho que cayera por la grieta que había entre el enfado y la irracionalidad.
Unas nubes tormentosas se le arremolinaron en el pecho y unos rayos de ira le recorrieron las venas como si fueran descargas eléctricas.
El corazón se le hizo añicos y los últimos retazos de su vida, que había mantenido unidos con hilos sueltos, se deshilacharon por las costuras.
Se le nubló la visión y los ojos se le llenaron de lágrimas. Estaba destrozada.
—Morgan… —La voz de su padre fue suave, aunque estaba teñida de un tono de advertencia.
—¿Sabéis? Espero que Max Greaves compre este sitio.
Tal vez entonces sepáis lo que se siente cuando deseas algo con desesperación y te lo arrebatan.
Tal vez entonces sepáis lo que se siente cuando te quitan lo más importante para ti delante de las narices.
—Vanessa parecía estupefacta, pero Morgan no podía detenerse.
Las manos le temblaban mientras proseguía—.
Llevo vistiendo de morado desde primer curso.
¿Lo sabíais? ¡Cada día! Porque pensaba que, tal vez, si destacaba lo suficiente, acabaríais por verme.
No como la siguiente propietaria de la pensión o como vuestra ayudante, sino como vuestra hija, vuestra sangre.
—Soltó un resuello y se limpió la nariz con el dorso de la mano.
Llevaba el maquillaje destrozado, igual que el resto de las cosas de su vida—.
Así que no, no quiero contaros cómo me ha ido la cita.
Ni siquiera os importa. Y si es absolutamente necesario que lo sepáis, ha sido terrible, ¿de acuerdo?
De hecho, ha sido patética. Me ha recordado por qué hace tantísimo tiempo que dejé de permitir que la puñetera gente entrara en mi vida.
Vanessa se puso en pie y extendió las manos temblorosas hacia su hija con los ojos brillantes por las lágrimas.
—Ay, Morg, no sabía…
Morgan retrocedió.
—No necesito tu lástima —espetó.
Wesley se puso en pie y su voz cortó la tensión del ambiente.
—Siéntate —dijo de forma atronadora.
Algo en la pesadez de su tono desarmó tanto a Morgan como a su madre. Poco a poco, se acercaron a la isla y ella se sentó en el banco. La habitación le daba vueltas, así que se aferró con ambas manos a la mesa que tenía enfrente.
—Lo siento —comenzó su padre con un tono más suave—. Lo sentimos. Pensamos que, al darte la pensión y mantenerla con vida… Pensamos que estábamos haciendo lo correcto. Pensamos que era suficiente. Pero ahora me doy cuenta de que no necesitabas el negocio, sino a nosotros.
A Vanessa le brillaban los ojos. Morgan se enjugó sus propias lágrimas. Nunca antes había visto llorar a su madre, que dijo:
—Tan solo quería que fueras fuerte y tuvieras éxito.
Quería que jamás tuvieras que sufrir penurias como nosotros.
Cielo, durante años, tu padre y yo no tuvimos ni un solo centavo a nuestro nombre.
Nos dijimos a nosotros mismos que nuestra hija no pasaría por lo mismo.
Nuestra hija tendría un legado; algo que heredaran sus hijos y los hijos de sus hijos.
—Hicimos todo lo posible por abarcar ambas cosas, pero el negocio era mucho más exigente de lo que jamás habíamos imaginado.
—No pienses ni por un solo segundo que no queríamos estar contigo. Cada una de las actuaciones o los partidos a los que no pudimos asistir eran como un golpe en el pecho. Pero eras tan… —Vanessa hizo un gesto en el aire.
—Independiente —concluyó su padre.
—Independiente —repitió su madre—. Para cuando empezamos a disponer de más tiempo libre, ya eras mayor. Tenías tu propia personalidad, tus propias ideas… Incluso tu propio estilo, maldita sea.
—Y tu propio trabajo —añadió su padre.
—No sabía cómo comunicarme contigo. Sentimos no haber sido los padres que necesitabas.
¿Acaso su madre, que era alérgica a admitir sus fallos, se estaba disculpando?
Morgan se sintió como si estuviera dentro de un sueño febril.
Acababa de obtener en un instante aquello que había anhelado recibir de sus padres durante años.
El agujero que tenía en el pecho desde la adolescencia le pareció un poco más pequeño.
Sacudió la cabeza, aturdida, y deseó poder recordar aquel momento por la mañana.
Tras tragarse el nudo que tenía en la garganta, les tendió ambas manos. Con la palma llena de callos y un agarre fuerte y persistente, Wesley le tomó una. Vanessa le agarró la otra. Ella se la estrechó con más suavidad, lo que hizo que Morgan sintiera una calidez que irradiaba de su interior.
—Esto es lo que siempre he querido —dijo, abrumada por sus sentimientos.
Estaba harta de llorar, pero en aquella ocasión lloraba de alivio. Su madre rodeó la mesa y se sentó en el banco junto a ella. Podía dejar a un lado la ira, la decepción y el peso de la negligencia. No tenía que seguir cargando con todo ello.
—En fin…, ¿por qué estabais los dos despiertos? —preguntó cuando las emociones remitieron.
Cuando dijo eso, su padre se quitó las gafas y suspiró.
—Han incautado todos los archivos del alcalde Lyons relacionados con el caso de corrupción. No hay ningún documento sobre el Daffodil Inn en el registro histórico.
Morgan pestañeó; no estaba segura de haber oído correctamente.
—¿Qué quieres decir con eso? Tiene que haber algo en alguna parte. ¿Qué implica eso para nosotros?
—Que estamos desprotegidos —admitió Vanessa—. Sin ese decreto, estamos con la mierda hasta el cuello.
—Greaves nos dio hasta el viernes y ya es miércoles por la noche —añadió Wesley.
—Jueves de madrugada —lo corrigió su mujer. Él asintió con gesto serio.
Morgan cerró las manos en puños.
—Iré al ayuntamiento mañana por la mañana, a primera hora. ¡Hablaré con el alcalde Tate en persona! Tiene que haber un registro en alguna parte.
Su padre negó con la cabeza.
—Ya lo hemos intentado. Me he pasado todo el día en ese edificio. No hay nada —insistió.
Morgan se negaba a hacerle caso.
—Yo me encargo —dijo—. Nadie nos va a arrebatar la pensión.
Por mucho que odiara el negocio por haber monopolizado todo el tiempo de sus padres, era el único hogar que había conocido jamás.
Se sabía de memoria todas y cada una de las lamas de madera que crujían.
Había visto a su padre pintando a mano cada uno de los pájaros que aleteaban en torno a los pomos de las puertas.
Había derramado la pintura amarilla que adornaba las paredes de su antiguo dormitorio.
Un verano tras otro, había ido de tienda en tienda con su madre para, escoger todas y cada una de las piezas del mobiliario: desde las baldosas hasta las lámparas o las alfombras.