Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 21 Morgan
70%

Capítulo 21 Morgan

Morgan

Morgan no lloró cuando la camarera tomó la tarjeta de Will con una mirada pesarosa que decía todo lo que ella ya temía: «Pobrecilla, no debía de gustarle tanto».

No lloró cuando la camarera regresó con el filete de consolación por daños morales que había pedido, pulcramente empaquetado para llevar con la lástima oculta entre las esquinas plegadas de la bolsa.

No lloró cuando Nia fue a recogerla a Prime Society, el restaurante más elegante en el que había estado jamás, con gruesos manteles blancos, suelos de mármol resplandeciente y una selección de vinos tan larga que contaba con su propia carta encuadernada en cuero.

No lloró cuando se dio cuenta de que había vuelto a perder el tiempo.

Se había puesto su mejor vestido, una prenda que había estado reservando para una ocasión especial: la boda de Nia.

Incluso se había puesto rulos calientes en las trenzas para conseguir unos rizos voluminosos y con movimiento.

Se había depilado las axilas. ¡Y hasta las piernas, por el amor de Dios!

No lloró mientras esperaba delante del restaurante, bajo el cartel de neón, con la mirada del aparcacoches clavada en el lateral. Los tacones hacían que le dolieran las plantas de los pies y, cada segundo que pasaba allí, recibía una amonestación en forma de pinchazo de la vergüenza.

Ni siquiera lloró cuando vio que el sedán de Nia atravesaba el aparcamiento y estaba a punto de chocar contra el bordillo antes de frenar junto a ella con brusquedad.

Sin embargo, en cuanto se subió al asiento del copiloto y la suave luz del interior menguó sobre su cabeza, algo se derrumbó en su interior.

Los dedos le temblaban mientras se ponía el cinturón de seguridad y no fue capaz de encontrar la hebilla.

La barbilla también le temblaba, amenazante.

Se quedó sin aliento. Y entonces se le escapó el primer sollozo, que le rasgó el pecho.

Fue puro y violento, como si le hubieran dado un puñetazo en el vientre.

Nia no dijo nada. Estiró el brazo frente al salpicadero, le quitó con cuidado el cinturón de las manos temblorosas y lo encajó en su sitio con un clic. Después, arrancó sin mediar palabra mientras Morgan se quitaba los zapatos, se llevaba las rodillas al pecho y lloraba.

No se atrevió a volver la vista hacia el restaurante. No podía. Vio su elegante fachada menguando en el retrovisor hasta perderse de vista por completo como si fuera una broma de mal gusto.

La noche había comenzado con mariposas y una charla animada y había acabado en silencio, lágrimas y el aroma de la cena de consolación emanando desde el suelo del asiento del copiloto.

Su mejor amiga estiró el brazo y entrelazó los dedos con los suyos.

—Me gustaba… mucho —susurró con la respiración entrecortada—. Pensaba que lo estábamos pasando bien —hipó.

Tal vez se había equivocado.

Tal vez lo había malinterpretado.

Tal vez a él no le gustara tanto como le había dicho.

Tal vez fuese lo bastante memorable, lo bastante graciosa y lo bastante sexi, pero no lo bastante merecedora de llegar hasta el final de la cita.

Aquel pensamiento hizo que se sumiera en una espiral de angustia. Le quemó detrás de los párpados y la garganta. Encorvó los hombros y todo el cuerpo se le plegó sobre sí mismo mientras se le escapaban más lágrimas.

—Odio llorar —masculló, sintiéndose más tonta a cada segundo que pasaba y avergonzada por darle tanta importancia. Avergonzada de que una sola cita (o media) fuese suficiente para que su corazón se precipitara en caída libre por un hombre al que apenas conocía.

Pero no se trataba de una sola cita. Se trataba de todas ellas.

De todas las veces que se había atrevido a creer que la otra persona tal vez se quedara en su vida; que quizá, por primera vez, alguien la escogiese a ella.

Había abierto una rendija de su corazón, solo un poco, y aquel había sido el resultado.

«Otra vez», le gritó su cerebro. ¿Cuándo iba a aprender?

—¿Quieres hablar de ello? —le preguntó Nia con suavidad mientras le masajeaba la mano con el pulgar para calmarla, dibujando círculos con lentitud.

Morgan negó con la cabeza mientras la vergüenza se le asentaba en los huesos.

Se sentía demasiado humillada como para querer revivir los últimos treinta minutos de su vida.

Lo único que quería era hacerse un ovillo en la cama con un trozo de tarta de queso y ver reposiciones de sus comedias favoritas con las risas enlatadas que no requerían de su participación.

Además, su silencio no era solo cosa de Will y todos los otros hombres que habían pasado por su vida antes que él.

A lo largo de los últimos años, se había convencido a sí misma de que no estaba buscando nada serio; de que estaba demasiado ocupada con las programaciones didácticas y los objetivos SMART y de que su corazón se encontraba perfectamente.

Pero, en el fondo, sabía que no era así.

Había querido volver a creer en algo real, y ahora se sentía idiota por haberlo intentado y haber creído que algo como el amor, que tanto te cambia la vida, podía pasarle a alguien como ella.

—¿Quieres que le pegue? Porque puedo. Últimamente Jesse me ha dejado acompañarlo a sus entrenamientos de las seis de la mañana, y déjame que te diga una cosa; ahora mismo estoy fuerte como un toro.

—Nia apartó la mano de la suya y flexionó el brazo—.

Un puñetazo en la nariz y lo dejo fuera de combate, te lo prometo.

Morgan sonrió con tristeza. La imagen mental de la dulce Nia pegándole a alguien era hilarante, pero el gesto era bonito. Tendría que haberla hecho reír, pero no tenía fuerzas para soltar una sola carcajada. Nada era gracioso en absoluto. Ya no.

Cuando Nia le sugirió que se tomaran un whisky sour en Redfern Tavern para que ahogara las penas antes de volver a casa, Morgan aceptó.

Una copa a regañadientes se había convertido en tres, así que estaba borracha y se sentía mucho mejor.

No sabía cómo se encontraría por la mañana, pero, en ese momento, lo único que tenía en mente era conseguir subir trece escalones y tirarse de cabeza a la cama.

Morgan había esperado encontrar el Daffodil Inn sumido en la tranquilidad de la noche.

Había creído que la recibiría un silencio absoluto y que, como mucho, oiría el murmullo suave del frigorífico o las uñas de Daphne repiqueteando sobre el suelo de madera mientras se dirigía a la puerta para recibirla.

Sin embargo, acababa de pasar la medianoche y el resplandor inesperado que surgía de la cocina hizo que se detuviera de golpe.

Dobló la esquina y se encontró a sus padres sentados en la isla de la cocina de estilo rústico, lo que hizo que sintiera un destello de ansiedad recorriéndole la columna vertebral.

«Mierda».

El aroma profundo del café recién hecho le indicó que sus padres llevaban despiertos bastante rato.

Su madre envolvía con ambas manos la taza resquebrajada que Morgan había decorado en primaria, hacía ya mucho tiempo.

La pintura morada se había desteñido tiempo atrás y la cerámica se había descascarillado con el paso de los años.

El corazón en el que estaban escritas las palabras « LA MEJOR MAMÁ », antaño de un rojo brillante, era de un triste tono rosa y las palabras apenas resultaban visibles tras años de ciclos de lavado.

Su padre parecía agotado. Tenía las gafas apoyadas en la punta de la nariz, como si hubiera estado leyendo algo a pesar de que no había ningún papel a la vista.

Cuando entró, ambos alzaron la mirada con ojos cansados.

Morgan estaba segura de que estaba hecha un desastre, pero se esforzó al máximo por fingir que estaba sobria.

Su madre frunció el ceño mientras, por encima de sus hombros, miraba qué hora era en el reloj con forma de gallo.

—Llegas tarde a casa —dijo Vanessa mientras dejaba la taza sobre la mesa.

Morgan soltó un largo suspiro. Era la primera vez que veía a sus padres desde que habían discutido el día anterior.

Había albergado la esperanza de ser lo bastante astuta como para evitarlos a ambos hasta que concluyera la investigación o hasta que Max Greaves llegara llamando a su puerta.

No importaba qué fuese primero. Les debía una disculpa, una estando sobria, lo que significaba que esa noche iba a tener que aplazar las conversaciones serias.

Daphne llegó desde el salón y empezó a olisquearle los pies y las piernas como si pudiera dar con las coordenadas exactas de dónde había estado toda la velada.

—No esperaba que hubiese nadie despierto.

—No podíamos dormir —dijo Wesley mientras daba una palmadita sobre el banco para que se sentara—. ¿Cómo ha ido?

Morgan hizo caso omiso del ofrecimiento y cruzó la cocina para meter la comida en el frigorífico.

Volvería a buscarla en unas horas, cuando se sintiera ella misma una vez más.

Barajó mentalmente varias excusas que contarles a sus padres, pero no podía soportar seguir hablando de Will.

De hecho, quería olvidarse de que existía siquiera.

—No ha estado mal —contestó mientras empujaba su bolsa al fondo del frigorífico.

Ardía por fuera y por dentro. La ráfaga de aire fresco que le golpeó la cara fue un alivio celestial del licor que le corría por las venas.

Cuando se giró, se encontró con que sus padres la estaban mirando con gesto escéptico.

Su madre tenía una ceja arqueada.

—¿Eso es todo?

Morgan se cruzó de brazos, indignada, e hizo todo lo posible por mantenerse erguida.

—La verdad es que no quiero hablar de ello.

Vanessa la miró con los ojos entrecerrados.

—¿Estás… borracha?

—Dios no quiera que una se tome un par de cócteles tras una cita de mierda —masculló ella.

Dado que ya la habían descubierto, no tenía que seguir fingiendo estar sobria.

De todos modos, lo había hecho fatal. Se dispuso a servirse un poco de agua y abrió y cerró los armarios hasta que encontró un vaso limpio.

Su madre frunció los labios con desaprobación.