Capítulo 20 Will #3
—Tanya era como una fuerza de la naturaleza en mi vida.
—Will sonrió, con el recuerdo de su amor con Tanya regresando vivido y lleno de color; su vida desplegándose en memorias que había guardado durante años—.
Cuando estábamos en el instituto, era más inteligente de lo que yo jamás habría podido deseado ser.
También era más perspicaz que yo, tanto a nivel académico como de ingenio.
Yo odiaba las clases y no me preocupaba ni por asistir ni por terminar los estudios.
Ella vio algo en mí que, en aquel momento, yo no fui capaz de ver por mí mismo.
Cuando estaba a punto de marcharse a la universidad, al fin decidí poner mi vida en orden.
No podía perder lo mejor que me había pasado jamás.
Morgan dio un trago a su cóctel y Will nunca había deseado ser una copa de margarita más que en ese momento. Sacudió la cabeza para deshacerse de esa idea y prosiguió.
—Pasábamos los veranos juntos y jamás habíamos sido tan felices como cuando llegó Angel.
Al fin tenía alguien por quien seguir viviendo.
—Hizo una pausa. Odiaba aquella parte, revivirla era lo peor de todo—.
Se vio involucrada en una colisión con fuga.
Una noche, un imbécil le dio por detrás en un semáforo, lo que le provocó una protuberancia en uno de los discos de la columna…
La mayoría de las noches apenas podía moverse.
—Se quedó muy quieto—. Entonces llegaron los analgésicos.
Al principio fueron su salvación. Podía soportar la lesión.
Durante aquellos días volvimos a bailar, algo que hacía mucho tiempo que no habíamos vuelto a hacer.
Pero no tardó mucho en volverse… —Tragó saliva, esforzándose por terminar la frase— adicta.
»Un martes por la mañana, el sheriff vino a mi casa y me dijo que, si no hubiera sido por un buen samaritano, Tanya se habría metido en una intersección llena de coches con Angel en el asiento de atrás.
—Morgan ahogó un grito mientras se llevaba los dedos temblorosos a los labios—.
Nos separamos. Obtuve la custodia individual de nuestra hija y, poco después, me mudé a Cinnamon Falls.
—Tomó aire—. Ahora Tanya está mejor. Lleva diez meses limpia.
Sé que está intentando hacer lo correcto por Angel y, cuando yo pasé por una mala racha, fue ella la que me tendió la mano, así que me siento en la obligación de hacer lo mismo por ella aunque ya no estemos juntos.
Morgan exhaló.
—No debió de ser fácil —dijo con tono amable.
—No lo fue. Sigue sin serlo.
Will suspiró. Dio otro trago de su bebida y volvió a sentir aquel ardor familiar. ¿Cuántas noches había pasado en aquel entonces ahogando las penas en licor? Demasiadas como para contarlas. Dejó el vaso sobre la mesa. No pensaba volver a eso.
—Tanya sabe que nuestra prioridad es Angel. Los fines de semana que no tengo club de jardinería, hago el esfuerzo de ir hasta Macon. Nunca permitiría que algo me lo impidiera.
Morgan entrechocó las uñas contra la copa.
—Y lo respeto. Es admirable después de todo por lo que has pasado. Parece que has tenido una buena dosis de decepciones.
Will al fin alzó la vista. Eso era quedarse corto.
—¿Y qué hay de ti?
Morgan soltó una carcajada seca.
—Yo también. Mentirosos, tipos que te hacen ghosting , hombres que dicen una cosa cuando, en realidad, hacen todo lo contrario… Tan solo quieren una cosa, pero fingen ser románticos y comprensivos durante unas dos semanas.
Lo miró durante un instante fugaz y Will se irguió en el asiento. No estaba fingiendo. Tenía muchos más gestos románticos que ofrecerle a la mujer adecuada. Y tenía la esperanza de que esa mujer estuviera sentada frente a él.
—El último casi me hizo creer en el felices para siempre.
—Morgan hizo un gesto, separando el pulgar y el dedo índice lo más mínimo—.
Entonces, en mitad de una noche, me llamó por error.
Entre semana suelo tener el teléfono en modo «No molestar», así que le saltó el buzón de voz.
—Bajó la vista hacia el mantel. Will se preparó para oír el resto de la historia—.
Digamos que escuché todo lo que de verdad pensaba de mí.
Todo lo que me había hecho creer era mentira.
Tan solo estaba intentando que mordiera el anzuelo, engañándome hasta poder conseguir lo que quería.
—Se encogió de hombros de un modo que hizo que pareciera fingido, como si aquel recuerdo no fuera más que otra caja que había enterrado al fondo del armario—.
Esa fue la última vez que me permití caer en la trampa de los que hablan mucho sin hacer nada.
Ahora me fijo en lo que hace un hombre y no en lo que dice.
Will sintió un ardor que le recorría el cuerpo y se le retorcía en las venas. No podía imaginar que nadie pudiera hacerle daño a Morgan, y menos a propósito. Le dio un golpecito a la servilleta que ella tenía enfrente.
—Escríbeme su nombre.
—¿Para qué?
—Conozco a gente que puede hacerle una visita. Quizá unos cuantos golpes contra la acera lo enderecen. O, tal vez, unos buenos zapatos de cemento… —bromeó él.
Morgan soltó un bufido burlón, tratando de contener la risa. Justo en ese momento a Will le sonó el teléfono, que vibró sobre la mesa y llamó la atención de ambos. No reconoció el número, así que presionó el botón de «Ignorar».
—No me gustaría ser demasiado atrevido, Morgan, pero quiero ser claro contigo. Sé que llevo una carga grande…
—Adoro a Angel —intervino ella rápidamente mientras sacudía la cabeza como si tener una hija no fuese para tanto.
Había mujeres que pondrían el grito en el cielo si él se atreviera a mencionarles el hecho de que tenía una niña.
Pero Morgan ni siquiera se inmutó. Notó que una sonrisa le asomaba desde el interior.
Las mariposas del estómago empezaron a revolotearle a velocidad doble.
Tenía que soltarlo ya o perdería el valor de hacerlo.
—Quiero conocerte mejor, y no solo como amigo. No puedo prometerte que vaya a ser el hombre perfecto, pero mereces ser feliz y tener a alguien que te haga sentir a salvo; alguien en quien puedas confiar.
Sus miradas se encontraron sobre la mesa y, durante un instante, el sonido que los rodeaba se desvaneció. Entre ellos se produjo un intercambio silencioso. Tal vez se tratara de reconocimiento, de haber sobrevivido al dolor o de un instante de bajar la guardia con cautela.
Ella asintió con lentitud, como si hubiera estado asumiendo sus palabras, reconociendo en silencio que, por primera vez, lo había visto de verdad. Entonces dijo las palabras que Will llevaba esperando oír desde que la había conocido.
—Estoy abierta a ello.
Justo en ese momento, una figura dobló la esquina y los sacó de aquel instante. Cuando levantó la cabeza, se encontró con un tipo al que no había visto nunca antes.
—Buenas noches —dijo con soltura y un tono de voz cargado de encanto.
Era un hombre de espalda amplia ataviado con un traje caro azul marino.
Una mujer curvilínea con un vestido rojo y ceñido se aferraba a su brazo.
Will chasqueó la lengua cuando reconoció su rostro sonriente: Amanda Jenkins.
Ella le dedicó una sonrisa leve pero petulante y Will puso los ojos en blanco.
—Creo que no nos conocemos —dijo el hombre mientras le tendía la mano—. Max Greaves.
Will no pudo evitar fijarse en el reloj de pulsera de la marca Audemars Piguet que llevaba. Aquel tipo iba paseándose por ahí como si nada con un reloj en la muñeca que costaba más que una casa. Se puso en pie y le estrechó la mano. Ambos apretaron con firmeza.
—William Reed.
—Ah, el célebre Will Reed, un tercio de Reed & Roots. —La sonrisa de Max deslumbraba, mostrando una fila de dientes perfectos—. Solo he oído elogios. ¿Cómo va el negocio?
—Estupendamente —contestó él sin explayarse—. ¿Y el suyo? —Añadió, señalando el reloj.
—Max es el dueño de este local —intervino Amanda mientras le pasaba las manos por la solapa de la americana.
—Bueno… —Titubeó el hombre—. Soy el dueño del casino que está al otro lado del edificio.
Will frunció el ceño.
—Pensaba que el dueño de Prime Society era Greg Jenkins.
—Greg es el administrador de la propiedad.
Yo soy el dueño. —Max le guiñó un ojo—. Ya sabes cómo funciona esto.
No puedo estar en tantos sitios a la vez.
—Antes de que Will pudiera responder, el hombre llamó a una camarera—.
¿Serías tan amable de traer una botella del mejor champán a esta mesa?
Es evidente que están celebrando un nuevo amor.
La camarera se apresuró. Cuando miró a Morgan, Will se dio cuenta de que estaba enojada y tenía la mirada fija en Max.
El hombre se inclinó un poco hacia ella.
—Recuérdales a tus padres que la fecha límite es el viernes. Odiaría tener que tramitar el papeleo sin su consentimiento. —Volvió a erguirse con una sonrisa satisfecha y se giró para marcharse.
Amanda Jenkins miró a Will de pies a cabeza, largo y tendido, mientras la sonrisa se le retorcía como el humo. Él no se movió. Observó cómo se pegaba a Max y luego ambos se alejaron de allí sin mirar atrás.
Will volvió a relajarse sobre el asiento y Morgan exhaló con lentitud.
La camarera regresó en un abrir y cerrar de ojos con una botella helada de champán de etiqueta rosa dentro de un cubo.
—Por cuenta de la casa —dijo—. Que la disfruten.
Al principio, Will y Morgan se quedaron mirándose el uno al otro con incredulidad, pero él no estaba dispuesto a desperdiciar una bebida gratis. Alzó el vaso, regresando al momento que les habían arrebatado. Entrechocaron las copas sin dejar de mirarse a los ojos y dieron un trago.
—Ya sé que hemos dicho que hablar de la pensión estaba prohibido, pero ¿quién era ese tipo? ¿Y por qué ese recordatorio ha sonado como una amenaza?
Morgan suspiró.
—Maximillian Greaves, un promotor inmobiliario que está empeñado en hacerse con el negocio de mis padres.