Capítulo 20 Will #2
—Es el primer coche clásico que compré con mi propio dinero —contestó él mientras le abría la puerta del copiloto—. He pensado en desempolvarlo esta noche para una ocasión especial.
Ella se subió mientras soltaba una carcajada suave.
—¿Así que se trata de una ocasión especial?
—Desde luego.
«Más de lo que crees», dijo para sus adentros.
Tras cerrar la puerta de Morgan con suavidad, rodeó el vehículo hasta el asiento del conductor. Ella estiró el brazo para abrirle la puerta y Will se sentó a su lado.
Mientras el motor rugía, Morgan lo miró, sonriendo.
—¿Estás listo?
Él metió la marcha sin apartar la mirada de ella para memorizar cada centímetro de su cuerpo.
—Desde hace tiempo.
Salió del camino de entrada y dejó al desconocido en el umbral de la puerta, furioso.
Para ser miércoles por la noche, había una cantidad considerable de gente en Prime Society.
El último restaurante de lujo especializado en carnes de Asheville tenía una lista de espera para las reservas más larga que su brazo, pero después de que su padre y él se hubiesen encargado del paisajismo de la parte frontal, le había pedido un pequeño favor al propietario: que, si alguna vez lo necesitaba, lo pusiera el primero de dicha lista.
Aquella noche se había cobrado aquel favor.
El aparcacoches adolescente se quedó boquiabierto cuando pararon frente al restaurante y bar de cócteles.
Will sonrió de medio lado cuando el chico abrió los ojos de par en par al ver su coche.
Eldorado era elegante, estaba abrillantado a la perfección y tenía unos alerones traseros y unos detalles cromados pulidos que resplandecían bajo las farolas como si el vehículo fuese la mismísima medianoche sobre ruedas.
Tras tropezar con sus propios pies, el aparcacoches tomó la manilla de la puerta y soltó un silbido grave de impresión.
—Señor, este coche es… Guau. ¿Es una restauración?
Will se bajó con lentitud mientras se colocaba bien la manga de la americana.
—Las piezas son originales. La pintura es personalizada. Lleva varias mejoras.
El chico asintió, anonadado.
—Es el coche más bonito que he aparcado jamás.
—Si le haces el más mínimo rasguño, me daré cuenta —le advirtió él mientras le lanzaba las llaves.
Will rodeó el vehículo en dirección al lado de Morgan y abrió la puerta, desvelando el número principal.
Cuando ella se bajó, al aparcacoches se le desencajó la mandíbula.
Su vestido destellaba bajo las luces de la entrada y le ceñía cada una de las curvas con una elegancia sofisticada.
El chico pasó la vista varias veces entre ambos, como si estuviera viendo una película.
Will le ofreció el brazo a su cita y le guiñó un ojo.
—Vamos a darles de qué hablar.
Oyó el motor del Eldorado mientras ronroneaba de camino al aparcamiento subterráneo.
—Una reserva a nombre de Reed —le informó a la recepcionista que se encontraba junto a la puerta. Ella asintió sin mediar palabra, como si hubiera estado esperando a que llegaran.
Los tacones de Morgan repiquetearon sobre el suelo de baldosas mientras la mujer los guiaba entre cuerdas de terciopelo y un puñado selecto de mesas poco iluminadas hasta sentarlos en un reservado.
El moderno interior de hormigón pulido resplandecía con detalles en nogal negro, la luz titilante de las velas y los bordes dorados de los menús.
De fondo, se oía el murmullo suave del jazz en directo.
Un muro de cristal ofrecía una vista panorámica de Juniper Heights, que centelleaba en la distancia bajo las estrellas.
No era Atlanta o cualquier otra gran ciudad; no se trataba más que de un grupo de edificios apilados, pero había supuesto que a Morgan le gustarían las vistas de todos modos.
Le apartó la silla y esperó hasta que estuvo acomodada para sentarse enfrente de ella.
Estaba absolutamente radiante. La luz de las velas danzaba sobre su piel, captando el sutil brillo de sus pómulos altos y de sus clavículas bien definidas.
Se dio cuenta de que tenía un lunar justo debajo del hueso.
Decidió que, si alguna vez tenía la oportunidad de acercarse tanto, sería el primer lugar en el que la besaría.
De pronto, la deseó con todas sus fuerzas.
—Me estás mirando fijamente —dijo Morgan desde detrás del borde de su copa de agua.
Will alisó la servilleta que tenía sobre el regazo para distraerse con algo.
—Tan solo intento adivinar cómo demonios tengo tanta suerte de poder estar aquí ahora mismo contigo.
Ella puso los ojos en blanco mientras jugueteaba con el tallo de la copa.
—¿Tener esa labia te funciona con todas?
—Solo con la que lleva vestidos violetas y hace que todo el restaurante se gire para mirarla.
—Eres un canalla —dijo Morgan con una sonrisa de medio lado mientras apartaba la vista, cohibida.
—De la mejor calaña.
—Hablando de gente que causa problemas…, ¿has descubierto algo más sobre Eleanor?
—preguntó ella mientras se erguía en su asiento.
El tono juguetón desapareció de su voz y fue sustituido por un toque de curiosidad—.
El otro día hablé con Frankie Templeton y me contó que Eleanor pensaba que la estaban siguiendo.
Will se inclinó hacia atrás, sorprendido.
—¿Que la estaban siguiendo? ¿Quién?
Morgan se encogió de hombros y pasó el dedo en círculos sobre las gotitas de condensación de su copa antes de dar un trago.
—Frankie no me lo dijo; tan solo me dijo que estaba asustada. —Un escalofrío le recorrió los brazos, así que se los frotó con energía—. Eleanor no tenía demasiadas amistades, pero no me imagino a nadie del pueblo matándola.
Will frunció el ceño, pensando a toda velocidad y adelantándose a los acontecimientos.
—En The Toasted Pecan, la señora Hargrove me dijo que era amiga de los bibliotecarios. Me contó que incluso había una placa con su nombre en la puerta.
Morgan asintió con una carcajada seca.
—En la sala de los archivos, ¿verdad? Presumía de ello de forma constante, como si fuera la dueña del edificio o algo así. El lunes me dijiste que ibas a pasarte por allí. ¿Qué encontraste?
Will se inclinó hacia ella.
—Eleanor había estado investigando las donaciones de la última campaña electoral del alcalde Lyons.
Morgan frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Su nombre era el último de la lista de personas que habían consultado el tomo que estaba leyendo y la fecha era de dos semanas antes del festival de primavera.
Ella bajó la vista a la mesa, como si la madera ocultara las piezas del puzle que les faltaban.
—Frankie me contó que Eleanor se había fijado en que alguien la estaba siguiendo. Debió de ser justo después de que viera esos registros. —Bajó la voz hasta que no fue más que un susurro—. ¿Pero por qué iba a seguir interesada en Asad Lyons a esas alturas? Lo atraparon con las manos en la masa.
—Debía de ser algo importante para ella —contestó Will.
—¿Lo bastante como para que la mataran? —preguntó Morgan, a la que se le escaparon las palabras de entre los labios temblorosos.
Él aferró el borde de la mesa con más fuerza.
—No dejo de pensar en que había alguien por ahí, vigilándola mientras estaba con mi hija. Podrían haberle hecho algo a Angel. Si hubieran… —Se interrumpió a sí mismo, pues no estaba dispuesto a darle forma a ese pensamiento. La ira le destelló en el pecho, oscura e incontenible.
Morgan estiró el brazo al otro lado de la mesa, apoyó las manos sobre la superficie y le rozó la suya con los dedos para calmarlo.
—Vamos a poner algunas reglas básicas para esta velada —dijo con firmeza—. No volveremos a hablar sobre Eleanor o la pensión. Vamos a olvidarnos de todo solo por una noche.
Will exhaló poco a poco y después hizo ademán de cerrarse los labios con una cremallera invisible.
—Tus deseos son órdenes.
La camarera, Brianna, regresó para tomar nota de la comanda.
Will se decantó por el entrecot poco hecho con mantequilla de chimichurri y guarnición de gratén de patatas con una salsa cremosa de ajo y queso de Asiago.
Morgan optó por la lubina chilena con glaseado de miso y col china salteada.
Compartieron un plato de coles de Bruselas crujientes y macarrones con queso y langosta.
Él pidió un cóctel old fashioned con un toque ahumado de madera de cerezo y ella, un margarita de mora y tomillo.
Iba a juego con su vestido. Para cuando les llevaron los platos, los nervios y el coqueteo se habían transformado en algo más tranquilo.
—Bueno, háblame de ti —dijo Morgan mientras le daba vueltas al tenedor en el borde del plato—. Sé que Angel es todo tu mundo, pero… ¿qué hay de su madre? ¿Cuál es la historia?
Will tensó la mandíbula mientras mordía un delicioso trozo de entrecot. Se lo tragó con ayuda del whisky añejo, que al pasarle por la garganta le provocó un ardor cálido.
—Fuimos pareja durante el instituto. Inseparables… hasta que dejamos de serlo.
No quería explayarse. Quería volver a hablar de ella y de por qué creía que las Tortugas Ninja podrían vencer a los Power Rangers.
Tenía un argumento muy bueno y válido: «¿Cuatro tortugas parlantes que resultan ser unos puñeteros ninja criados por su anciano padre soltero, que es una rata, frente a un puñado de adolescentes a los que les cuesta quince minutos transformarse?
Ni siquiera es una pelea justa. Las tortugas van a machacarlos y, justo después, van a comerse una pizza de pepperoni ».
Ella se estiró para meterse en la boca un puñado de macarrones con queso y langosta.
Will se obligó a seguir hablando y retomó el tema de conversación.
Cuando hablaba, Morgan no lo presionaba.
Se limitaba a asentir mientras lo escuchaba.
Era muy fácil hablar con ella. Probablemente podría lograr que admitiera los deseos más ocultos de su corazón.
Lo único que tendría que hacer sería mirarlo con esos ojos marrón caramelo y él se derretiría entre sus manos.
La flecha de Cupido le había atravesado el pecho.