Capítulo 20 Will
Will
Will cortó el pelo a tres personas seguidas, una detrás de otra, sin ni siquiera parar para comer algo o tomar un sorbo de agua.
Sorprendentemente, los miércoles siempre estaba muy ocupado con una rotación constante de rostros familiares, cháchara intrascendente y una precisión milimétrica.
Por norma general, aquel ritmo le resultaba calmante y encontraba paz en el peso de la maquinilla entre las manos.
Sin embargo, aquel día su mente vagaba entre la conversación que había mantenido con Tanya y contar los segundos que faltaban para las ocho y media de la tarde, que era cuando tenía su cita con Morgan.
Su primer cliente fue Alvin Grady, el antiguo jefe de la oficina de correos, que llevaba más de cincuenta años viviendo en Cinnamon Falls.
Como un reloj de precisión, el señor Al se pasaba por allí cada dos miércoles.
Le ofrecía uno de los caramelos de azúcar y mantequilla que guardaba en el salpicadero de su camioneta y siempre le pedía el mismo corte: «Quiero un delineado, pero déjamelo recto en la parte de atrás.
Nada de esas cosas sofisticadas de ciudad».
Aquel día, Alvin vestía sus habituales pantalones caqui, subidos por encima del ombligo y sujetos con un robusto cinturón de cuero marrón.
—¿Viste la rueda de prensa? —le preguntó a Will mientras él lo cubría con el peinador.
Asintió.
—Vi una parte el lunes por la mañana.
El hombre sacudió la cabeza con lentitud.
—Pobre mujer… No puedo ni imaginar cómo debe de ser acabar muerto en un laberinto. Llevo asistiendo a ese festival desde que Wesley abrió la pensión. —Soltó un gruñido antes de continuar—. Lo cierto es que, desde que Rosie falleció, todo se ha vuelto una locura por aquí.
Will no respondió. Había oído innumerables historias sobre Rosslyn «Rosie» Rose durante los meses posteriores a su asesinato.
Desearía haber podido conocer Cinnamon Falls durante su época dorada tal como habían hecho el señor Alvin, Jesse y Nia, que hablaban de su pueblo como si tuviera un latido propio.
—¿Todavía ayudas a esos chicos a aprender jardinería? —preguntó el hombre tras varios segundos en silencio.
—Cada dos sábados —contestó él.
—Bien. —Alvin asintió para mostrar su aprobación—. Mantenlos ocupados. La ociosidad es la madre de todos los vicios y todo eso. Sé que sabes a qué me refiero.
—Sí —comentó Will. Lo sabía demasiado bien.
Terminó el corte rápidamente, le roció el cabello con un espray de brillo y le quitó el peinador con una floritura.
El segundo cliente de la agenda era el agente novato Reggie Nash, que hacía poco que se había unido al Departamento de Policía de Cinnamon Falls como patrullero. Estaba muy verde y mostraba entusiasmo. Demasiado entusiasmo. Y Will pensaba utilizarlo en beneficio propio.
Siempre atendía con finura la petición de Reggie de que le hiciera un degradado bajo y el joven se pasaba el resto de la cita hablando sobre su ambición de conseguir un puesto de detective.
Will no sabía si Reggie estaba al tanto de su amistad con Jesse, pero prefirió guardarse esa información para sí mismo.
No solía tener muy a menudo a su merced a un agente de policía que no se mostrara suspicaz.
Tal vez pudiera conversar con él y conseguir que le contara algo sobre la investigación.
—¿Qué te parece el trabajo por el momento? —le preguntó mientras ajustaba la altura de la silla. A través del espejo, se percató de la sonrisa del joven.
—Está muy bien, colega. La jefa Raines es algo intensa, pero es mucho mejor que poner multas por todo Main Street, eso sin duda.
Con un zumbido de la maquinilla, Will le trazó una línea definida en torno a las sienes y le quitó el pelo cortado que le había caído sobre la cara. Después lo presionó un poco más.
—He oído que, desde el sábado, estáis todos trabajando más horas que un reloj.
Reggie exhaló.
—Sin duda. Estamos haciendo turnos dobles para seguir todas las pistas, pruebas y rumores que circulan por el pueblo.
La gente no deja de llamar por teléfono para hablarnos de fantasmas y de un supuesto pasadizo secreto debajo del laberinto de setos.
—Soltó una carcajada—. Cinnamon Falls se ha convertido en un episodio de Dateline .
—¿Y qué es lo que se comenta por ahí? —le preguntó él, directo al grano—. ¿Estáis a punto de resolverlo?
Reggie miró a Will a través del espejo y se apartó el peinador del cuello.
—Eso creemos. Esta noche vamos a arrestar a alguien.
Will se quedó callado y dejó la mano quieta a mitad del degradado.
—¿De verdad?
—Sí —contestó el otro hombre—. La jefa dice que para el fin de semana debería estar patrullando de nuevo.
Will siguió cortándole el pelo con cuidado y lentitud mientras asimilaba aquellas palabras.
—¿Ya quién vais a arrestar?
Reggie se puso tenso.
—No puedo decírtelo. Ya sabes…, protocolo.
Will asintió a través del espejo, intentando restarle importancia.
Si estaban a punto de arrestar a alguien, eso significaba que habían resuelto el caso.
La investigación iba más rápido de lo que había imaginado.
Tal vez Jesse, Chambers y Raines fueran muy buenos y él estuviera más cerca de recuperar a su hija.
Arrestar a alguien significaría que el pueblo podría pasar página. Morgan y sus padres también.
Terminó el corte y sacudió el peinador con un golpe seco.
—Supongo que estaré pendiente por la mañana cuando Charlie Kent pase a repartir los periódicos.
Reggie sonrió.
—Tú y todos.
Cuando llegaron las ocho y media, Will se encontraba subiendo los escalones delanteros del Daffodil Inn. No sabía si eran los nervios o la noche primaveral pegajosa lo que estaba haciendo que sudara. Se pasó un ramo de narcisos de una mano a la otra antes de secarse las palmas con los pantalones.
Había escogido un conjunto sencillo; uno con el que no podía equivocarse: pantalones chinos negros ajustados a juego con una camisa negra y una americana.
Los botones dorados hacían juego con el reloj de oro que asomaba por debajo de la camisa entallada.
Llevaba la barba recién delineada y las rastas, que habitualmente lucía sueltas, recogidas en la parte trasera de la cabeza con una goma.
Aun así, cuando la puerta se abrió de par en par, sintió que no estaba en absoluto preparado.
En el umbral de la puerta del Daffodil Inn se encontraba un desconocido. Era alto, estaba tenso y, sin duda, plantado en medio de su camino. Entrecerró los ojos azules y lo miró de arriba abajo. Medían casi lo mismo: Will era más alto por muy poco.
El desconocido bajó la vista hacia las flores y, con tono inquieto, le preguntó:
—¿Te has perdido?
—No —contestó él con calma, cuadrándose de hombros—. He venido a buscar a Morgan.
No detectó ninguna emoción en el rostro del otro hombre, pero sí vio cómo se le crispaba un músculo de la mandíbula.
—¿Tenéis planes para esta noche?
Will frunció el ceño levemente, pero mantuvo la compostura. ¿Desde cuándo habían contratado guardias de seguridad en la pensión?
—Así es.
—Bien —respondió él mientras echaba un vistazo a la escalinata por encima del hombro—. Bajará en un minuto.
Como si la hubiera convocado el destino, la voz de Morgan llegó flotando por el pasillo.
—¿Es Will?
El guardia de seguridad se apartó justo cuando ella aparecía por lo alto de las escaleras.
Tenía el aspecto de ese tipo de mujer que los hombres recuerdan toda la noche en los bares.
Will sintió que el aliento se le atascaba en la garganta y supo que aquella imagen se le quedaría grabada en el recuerdo durante el resto de sus días.
El vestido índigo se aferraba a las curvas de Morgan en los puntos exactos, le ceñía la cintura, le caía hasta justo por encima de los tobillos y tenía una abertura de buen gusto que permitió que Will le atisbara el muslo.
Llevaba las trenzas recogidas en un moño alto y varios mechones sueltos que, con estilo, le enmarcaban el rostro en forma de corazón.
Mientras bajaba las escaleras con un contoneo, unos sencillos pendientes de oro con forma de lágrima reflejaron la luz.
El pintalabios color merlot hizo que se le secara la boca.
A Morgan se le sonrojaron las mejillas ante su gesto de estupefacción y, cuando llegó al último escalón, sonrió.
—¿Los has rescatado del río? —le preguntó mientras miraba los narcisos con una carcajada asomándole entre los labios.
Aturdido, Will asintió y al fin recuperó la voz.
—Recién cortados del jardín de mi padre. Estás… impresionante.
«Impresionante» jamás podría estar a la altura de lo que sentía por dentro. A cada segundo que pasaba, notaba una presión mayor en el pecho y apenas podía respirar.
—Gracias —dijo ella con una voz tan melosa como el sirope. Extendió las manos hacia las flores y sus dedos se rozaron cuando se las entregó, lo que hizo que se sintiera como si estuviera a punto de explotar—. Qué arreglado, señor Reed.
—Divertíos —los interrumpió la voz del guardia de seguridad, que sonó como si alguien estuviera arañando una pizarra con las uñas.
Will incluso se había olvidado de que estaba allí de pie.
Su tono fue agradable pero tenso, y él sabía exactamente lo que eso significaba.
Entre hombres, había un código que les permitía saber cuándo una mujer ya estaba en una relación con otra persona.
Era una suerte que él hubiese sido el primero en pedirle una cita a Morgan.
Le dedicó al tipo una sonrisa cómplice y tomó la mano extendida de ella.
—Lo haremos —dijo mientras la conducía hacia el exterior. Al hacerlo, captó su aroma magnético: algo cálido, vainilla, especias y un toque floral intenso. Irresistible.
Will presionó el mando de su Eldorado del 59 y las luces delanteras atravesaron el patio, bañándolos en una luz suave. La elegante pintura negra cromada del coche casi brillaba en medio de la noche.
Morgan se detuvo.
—¿Es tuyo?