Capítulo 19 Morgan
Morgan
Jabari Rhodes de Chosen Moments Photos llegó justo después de la hora de la comida.
Morgan acababa de terminarse los restos de la sopa de patata y el cuenco seguía caliente encima de la bandeja.
Se quitó los auriculares justo a tiempo de oír a Lionel decir «Ha llegado el fotógrafo» con tono enfático mientras señalaba la puerta principal con un gesto de la cabeza y los labios torcidos por la irritación.
Recogió sus platos con un suspiro teatral.
Odiaba que lo interrumpieran cuando estaba sumido en los preparativos para la cena.
El menú de aquella velada consistiría en costillas tiernas, una nube de puré de patatas con ajo cremoso y una mezcla de verduras de temporada que inundaban la pensión de un aroma muy tentador.
Si no hubiese tenido una cita para cenar aquella noche, Morgan le habría pedido a Lionel que le guardara un plato.
—¿Dónde está mi madre? —preguntó, desprendiéndose del tono molesto de la voz.
El cocinero se encogió de hombros mientras se secaba las manos con un trapo de cocina.
—No he visto ni a Wesley ni a Vanessa desde que he llegado esta mañana. Así que te toca a ti.
Morgan miró la hora en la pantalla de su portátil. Eran casi las dos de la tarde. Cuando regresó a la casa tras el paseo matutino de Daphne, creyó que sus padres habrían salido a hacer algún recado. Pero a medida que la tarde se alargaba sin saber nada de ellos, empezó a sentirse inquieta.
—¿Quieres que le diga que vuelva en otro momento? —le preguntó Lionel.
—No, hablaré con él —contestó Morgan, que se levantó y se puso unas zapatillas.
Jabari Rhodes estaba justo al otro lado del cristal esmerilado.
Llevaba dos gruesos sobres blancos y mostraba el mismo gesto alegre de siempre.
Llevaba su habitual gorra de béisbol roja y negra, gafas de montura redonda y fina y la cámara colgada sobre el pecho como si fuera una compañera de confianza a la que nunca perdía de vista.
—Vengo cargado de recuerdos —la saludó mientras le guiñaba un ojo.
Morgan se hizo a un lado para dejarlo pasar.
Él le puso uno de los sobres en la mano y rebuscó en los bolsillos de sus pantalones hasta que encontró una memoria USB negra y pequeña—.
Son todas las tomas del festival. He pensado en dejároslas aquí antes de entregárselas a la Policía.
Me ha parecido que tus padres y tú deberíais ser los primeros en verlas.
Morgan aceptó el sobre y la memoria USB con una sonrisa de agradecimiento.
—Gracias, Jabari. Nunca fallas. ¿Alguna novedad de la comisaría?
El fotógrafo se encogió de hombros.
—Ni idea. El detective Chambers me ha llamado a primera hora de la mañana, pero no me ha dicho gran cosa. Tan solo me ha pedido copias de todo lo que tuviera. Pero algo me dice que están metiendo horas extra en este asunto. Parecía desesperado.
Morgan señaló el segundo sobre.
—¿Son esas las copias?
Él asintió mientras una sonrisa taimada se le posaba en los labios.
—Incluso hay una en la que apareces detrás del arco de globos, llenándote la boca con uno de esos perritos de maíz. Ella abrió los ojos de par en par, horrorizada.
—¡Bórrala!
—¡No prometo nada! —contestó él mientras esquivaba el golpe que Morgan iba a propinarle con la mano antes de dar un paso atrás y salir al porche para marcharse.
Ella se quedó observándolo hasta que las luces traseras de su coche se perdieron de vista por la carretera. Después, volvió a entrar en la pensión.
Regresó a la cocina. Sobre la isla, Lionel estaba cortando cebollas, pimientos y zanahorias en juliana con cuidado y concentración.
Daphne esperaba a sus pies, impaciente, con la mirada fija en sus manos, probablemente con la esperanza de que se le cayera un trozo de algo por el lateral.
El cocinero señaló el sobre con el cuchillo.
—¿Son del festival?
—Sí. Vamos a ver lo mal que he salido.
Morgan abrió el sobre y sacó un montón de fotografías con acabado brillante. Las imágenes eran nítidas y vividas: desbordaban alegría.
Los recuerdos del Daffodil Jubilee regresaron a su mente en forma de instantáneas congeladas en el tiempo.
Niños saltando en el castillo hinchable con las bocas abiertas en medio de una carcajada y todos los zapatos amontonados cerca, formando una pila multicolor.
Los más mayores bailando swing con sonrisas resplandecientes al ritmo de canciones antiguas.
Dos adolescentes que Morgan no reconoció lanzando besos a la cámara con los ojos cubiertos por gafas de sol con forma de narcisos.
Una de la propia Morgan, algo movida, riéndose junto a Nia mientras ambas se llenaban las bocas impacientes con perritos de maíz.
Sonrió y dejó esta última a un lado para guardársela.
—En esa pareces feliz —comentó Lionel mientras trituraba las patatas con un pasapurés.
Morgan deseó poder regresar a esa tarde de sábado sabiendo lo que sabía en aquel momento. Reviviría cada instante de caos. Y, lo que era más importante, evitaría que Eleanor entrara en el laberinto.
Ojeó la siguiente serie de fotos: imágenes de los puestos, de los foodtrucks , del concurso de comer tartas y de los pintacaras. Había tomas espontáneas de gente del pueblo a la que conocía bien e incluso de algunos forasteros.
A medida que la pila iba menguando, Lionel fue frunciendo el ceño hasta que detuvo la mano que tenía apoyada sobre el pasapurés.
—Todavía no he visto a Eleanor en ninguna.
Morgan se quedó petrificada. Pasó las fotos de nuevo, más rápido en aquella ocasión, mientras escudriñaba con la vista cada instantánea y analizaba cada fondo. Había bastantes caras que no reconocía, pero, con su melena burdeos y su kimono con volantes, Eleanor habría destacado.
—Recuerdo haberla visto —masculló ella. Introdujo la memoria USB en el portátil—. Voy a echar un vistazo a las demás. Tal vez aparezca en los archivos digitales.
No quería decir en voz alta lo que estaba pensando, pero el agujero que sentía en el estómago estaba haciendo que le costara respirar. Lionel se colocó junto a ella al otro lado de la isla y observó por encima de su hombro mientras revisaba los archivos.
Él fue el primero en encontrarla y señaló la miniatura con el dedo.
—Ahí está.
Morgan amplió la imagen. En ella aparecía Angel Reed llevando un unicornio gigante con gesto victorioso mientras Will y Eleanor la miraban con una sonrisa de orgullo.
La piel se le puso de gallina cuando Lionel dijo:
—Sabes lo que significa esto, ¿verdad? Esa fue la última vez que alguien vio a Eleanor con vida.