Capítulo 18 Will
Will
El miércoles por la mañana Angel no se estaba comportando de un modo demasiado angelical. Iba encorvada en el asiento trasero, mirando por la ventanilla y haciendo todo lo posible para evitar hacer contacto visual con su padre.
Todo había comenzado con el pelo. Will había fracasado por completo al intentar replicar el peinado trenzado y en zigzag que la niña había visto en una de sus revistas infantiles.
En su defensa hay que decir que había estado sometido a demasiada presión para ser las siete de la mañana y ni su cerebro ni sus dedos se habían despertado del todo todavía.
Tampoco comprendía por qué las coletas, que era algo que se hacía para ir al colegio prácticamente todos los días, no eran una buena opción para aquel miércoles cualquiera.
Pero se estaba yendo de tema.
Cuando la debacle del peinado se había calmado un poco, lo siguiente habían sido los zapatos.
Will se había negado a dejar que se pusiera unas botas de nieve de dos inviernos atrás durante un día templado de abril solo porque ella asegurara que quedaban mejor con su vestido.
Era más que probable que, cuando hubiera vuelto a casa tras pasarse el día correteando por el colegio, el olor de los zapatos los hubiera dejado inconscientes a los dos.
Miró a su hija por el retrovisor. Angel apartó la vista con rapidez y se cruzó de brazos con más fuerza todavía. Gracias a Dios, el colegio estaba cerca. Para cuando pasara a recogerla por la tarde, se habría olvidado de la pelea de aquella mañana.
Tenía la esperanza de que aquel fuese el día en el que volviera a ser su hija habladora de siempre, tal como solía ser antes de que mataran a Eleanor y su mundo se pusiera patas arriba.
Por mucho que le hubiera molestado antes, daría lo que fuera por oírla hablar de los datos aleatorios que había aprendido aquel día sobre el mundo o las historias interminables detallando todas las aventuras y desventuras de una clase de segundo curso.
Pero hacía tiempo que nada era normal. Y tenía que darle las gracias a Tanya por ello, maldita sea. Se sacudió aquel recuerdo de la cabeza y buscó su nombre en la lista de últimas llamadas que aparecía en el salpicadero digital.
Tan solo sonó una vez antes de que contestara.
—¡Melocotoncito mío! —La voz aterciopelada y familiar de Tanya resonó a través de los altavoces.
Al oír la voz de su madre, Angel se enderezó en el asiento.
—¡Mamá! —exclamó mientras una sonrisa de varios megavatios se apoderaba de su rostro.
—¿Cómo está mi cielito?
—No muy bien —le informó la niña mientras comenzaba a enumerar con los dedos—. Esta mañana papá me ha estropeado el peinado…
—¡¿Perdona?! —La interrumpió él.
Angel prosiguió hablando.
—Después, no me ha dejado ponerme esas botas que me regaló la tía Renee y…
—A estas alturas, deben de quedarte demasiado pequeñas, melocotoncito —contestó Tanya—. Han pasado casi dos años desde que fuimos al parque de Stone Mountain.
Will levantó las manos en el aire, desesperado.
—¡Eso le he dicho yo!
—Aunque ni siquiera estoy segura de por qué sigues teniendo esas botas. Tu padre debería haberlas donado hace tiempo. Me apuesto algo a que, ahora mismo, hay un pingüino en alguna parte que se muere por tener unas botas forradas de pelito rosa justo como esas.
Angel soltó una risita. Hacía días que Will no oía ese sonido y sintió que se le derretía el corazón.
—Los pingüinos no llevan botas, mamá —dijo la pequeña entre carcajadas.
—Vaya. ¿Y eso por qué? —Tanya fingió ignorancia—. ¿Es que en el Polo Norte no hace frío? Tienen que ponerse algo en las patitas.
Will se rio para sus adentros mientras conducía por el carril destinado a dejar a los niños en el colegio. Por suelte, el Pinto de Amanda Jenkins no estaba a la vista.
Angel contestó con tono claro y directo.
—No todos los pingüinos viven en el Polo Norte.
—¿Ah, no? —le preguntó su madre de forma teatral.
La niña se dio un golpe en la frente con la palma de la mano.
—¿Los adultos no deberían saber ese tipo de cosas?
—Es que tú eres muy lista, melocotoncito. ¿Qué haría yo sin ti?
—No lo sé, mamá. Es un dato bastante básico. Hasta los niños de primer curso lo saben.
—Bueno, cuando salgas de clase hoy, asegúrate de contarme lo que hayas aprendido para que pueda ser tan lista como tú.
Will frenó el coche frente a la señorita Shanice. Buscó a Morgan entre la multitud de profesores, pero no la encontró, así que se recostó en el asiento, desanimado. La voz de su hija lo devolvió a la realidad.
—Tengo que dejarte. Hemos llegado al principio de la fila. ¡Adiós, mamá!
La niña se inclinó hacia delante y, distraída, le dio un beso en la mejilla antes de bajarse del coche.
—Que vaya bien el día, melocotoncito —le dijo Will, que se quedó contemplando su mochila hasta que desapareció dentro del edificio—. ¿Sigues ahí? —preguntó.
—Sí —contestó Tanya—. ¿Qué ha pasado con el pelo? —Mezclada entre las palabras, se le escapó una risa condescendiente—. Parecía enfadada.
—Dios, quería que le hiciera esas trenzas entrecruzadas y esta mañana no tenía la capacidad mental para hacer algo así.
—La última vez que intentó que la peinaras de un modo semejante me llamaste casi llorando —bromeó ella.
—¡Esta niña me estresa ya desde primera hora de la mañana!
Will se alejó de la acera de la Escuela Primaria Morningstar y se dirigió hacia Main Street para abrir la barbería.
—Tienes que aprender a peinarla. Cuanto más tardes, más difícil te resultará. Si yo estuviera allí todos los días, no tendrías que preocuparte por ello, pero bueno…
A Tanya se le crispó la voz ligeramente.
No necesitaba que acabara la frase. Él mismo se lo había planteado un millón de veces.
«Si Tanya no hubiera hecho esto», «Si Tanya no hubiera hecho lo otro».
No eran más que excusas. Pero tenía algo de razón.
Tenía que esforzarse un poco más para poder hacerle diferentes peinados.
Estaba floreciendo y convirtiéndose en una jovencita y, tal como ella misma decía, las coletas eran cosa de niñas pequeñas.
Si dependiera de él, seguiría siendo una niña pequeña para siempre.
—Por lo demás, ¿cómo va todo? —le preguntó la mujer con la voz teñida de preocupación—. No he visto ninguna novedad desde el lunes. ¿Cómo lo está llevando Angel?
Will se pasó una mano por la cara.
—No habla. Y apenas come. Está obsesionada con una serie de detectives que ve con el abuelo. Me parece que cree que puede resolver el caso antes que la Policía.
—Lo más probable es que pueda —contestó Tanya, bromeando—. Esa niña puede hacer todo lo que se proponga.
—Ni que lo digas —masculló él. Puso el coche en punto muerto y aparcó junto a Bones Barber Shop en Main Street.
El interior del local estaba a oscuras. Por norma general, su jefe, Harold Bones, no aparecía hasta que no era casi mediodía.
A menos que fuese lunes, el día en el que la señora Guy, la viuda propietaria de la tienda de comestibles que había en la siguiente esquina de la calle, cambiaba la cartelería y los expositores.
Solo entonces se volvía una persona madrugadora.
—Entonces tendrás que hacerlo tú.
—¿Perdona? —dijo Will, atragantándose. Esperaba haberla oído mal.
—Tienes que hacer algo al respecto. ¿Me estás diciendo que nuestra hija está al borde de la depresión y tú te vas a quedar de brazos cruzados?
—Estoy haciendo todo lo que puedo. ¿De acuerdo, Tanya? No soy Sherlock Holmes.
—Eres el hombre con el que tengo una hija en común. Una hija que está sufriendo, por cierto. ¡Tienes que hacer algo al respecto, Will!
Abrió la boca para replicarle, pero una sucesión de pitidos le indicó que la discusión con Tanya había llegado a su fin.
—Qué conversación más tranquilizadora —dijo en voz alta.
Apagó el motor y se bajó del coche.