Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 17 Morgan
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Capítulo 17 Morgan

Morgan

Miércoles

La mañana del miércoles llegó con el dulce cantar de una tórtola que atravesó la ventana saliente de la habitación Flor Silvestre.

Morgan se revolvió en la cama, aunque solo un poco, pues todavía no estaba preparada para enfrentarse al día.

No podía recordar cuándo había sido la última vez que había podido dormir hasta tarde entre semana y, en aquel momento, su cuerpo ansiaba aquellos valiosos minutos adicionales de descanso.

Quería disfrutar de aquella tierra subconsciente de los sueños en la que en su mundo todo iba bien; en la que el Daffodil Jubilee había transcurrido sin percances y Eleanor seguía viva; en la que sus padres no le habían mentido y no había nada que amenazara su modo de ganarse la vida.

Lo único que quería, más que nada en el mundo, era disponer de varios instantes robados de paz.

Su móvil vibró sobre la mesilla de noche.

La alarma semanal hizo añicos aquel reino resplandeciente que se ocultaba entre las posibilidades y la devolvió de golpe a la realidad con una llave de lucha libre.

Sacó un brazo de debajo de las sábanas y tanteó a ciegas en busca del teléfono, que cayó sobre el suelo de madera con un estrépito que, en medio de las primeras horas silenciosas de la mañana, sonó como un disparo.

Rezó para no haber despertado a Zara, que se encontraba un piso por debajo, o a Cameron, que dormía al final de aquel mismo pasillo.

Se quedó muy quieta y prestó atención a cualquier señal de que había interrumpido su sueño.

El único sonido que pudo distinguir fue el de los suaves ronquidos que estaba dando Daphne a los pies de su cama tras haber regresado a su propia tierra canina de los sueños.

Eran poco más de las seis y, aunque aquel día no tenía que ir al colegio, estaba demasiado despierta como para volver a dormir.

Tras quitarse de encima la ropa de cama, posó los pies sobre el suelo frío de madera.

Se sentía como si el cuello y los hombros tan solo se le mantuvieran unidos entre sí gracias a una goma demasiado tensa.

Por mucho que se estirara, la tensión no se desvanecía.

Metió los pies en un par de zapatillas color malva que iban a juego con el gorro de seda y el camisón de satén antes de atravesar la estancia hacia el baño privado. Daphne la observó con los ojos somnolientos medio abiertos.

—Ya lo sé —masculló ella—. Buenos días a ti también.

La perra suspiró a modo de respuesta y sacó la lengua mientras soltaba un profundo bostezo.

Se estiró hacia atrás y sacudió el pelaje desde las orejas hasta la cola, lo que hizo que los colgantes en forma de narcisos que llevaba en el collar tintinearan al entrechocar.

El animal dio vueltas en círculo una vez y después otra, posando los ojos expectantes sobre Morgan con una insistencia silenciosa.

—Ya que estamos… —dijo ella con un suspiro mientras se ponía la bata antes de salir del dormitorio.

En el piso de abajo, se puso un par de zapatillas deportivas junto a la puerta y bajó la correa de Daphne del gancho del que estaba colgada. La border collie permaneció obedientemente sentada, moviendo de un lado a otro la cola espesa mientras Morgan se la enganchaba al collar.

Salieron al porche, donde las recibió el sol matutino que asomaba sobre las copas de los árboles.

Incluso la perra se detuvo para admirar el amanecer antes de comenzar su gira diaria para olisquear todo el patio.

El cielo estaba teñido por un impresionante caleidoscopio de colores: un arcoíris naranja en el centro cuyos prometedores tonos rosa perseguían los restos color índigo de la noche.

Morgan se quedó de pie, contemplándolo todo.

Deseó que cada momento fuese como un amanecer en Cinnamon Falls.

Justo en ese instante, Daphne se dejó caer sobre el suelo del porche con las orejas pegadas a la cabeza.

Un gruñido grave y amenazador le retumbó en la garganta mientras se preparaba para una serie de ladridos que podrían haber despertado al viejo Milton, que vivía a kilómetros de distancia.

Entrecerró los ojos y centró toda su atención en la figura que se acercaba corriendo por el camino de acceso.

Dado que tenía el sol a la espalda, su rostro permanecía cubierto por las sombras.

Con el corazón en la garganta, Morgan se quedó muy quieta. Cuando vio que la persona se dirigía hacia allí, Daphne se puso en pie y enseñó los dientes. Si de algo estaba segura era de que quienquiera que fuera aquella persona no pasaría más allá de su perra.

—Daffy, tonta, no actúes como si no nos conociéramos de nada —dijo Zara Wells a medida que se acercaba corriendo por el camino, ataviada con un conjunto para correr de dos piezas color verde oliva.

Un ribete doble y blanco le rodeaba la cintura injustamente pequeña y resaltaba su cuerpo en forma de reloj de arena.

A medida que Zara se aproximaba, Morgan era cada vez más y más consciente de que llevaba la bata manchada de babas.

Daphne volvió a ser la misma perra ávida de atención de siempre y se acercó contoneándose hasta Zara antes de ponerse bocarriba para que le acariciara la tripa. Empezó a patalear de satisfacción cuando las uñas estilo coffin de la mujer le rascaron el punto exacto.

—¿Sales a correr todas las mañanas? —preguntó Morgan, más por juzgarla que por mera curiosidad.

—¿A correr? —contestó ella con un bufido burlón—. ¿Con lo caro que me sale llevar este pelo? Ojalá sudar tanto me favoreciera. Diez mil pasos, eso es lo único que se necesita. —Levantó la muñeca en el aire y dejó a la vista su pulsera de actividad con el podómetro iluminado.

—Oh —fue lo único que consiguió decir Morgan. No estaba segura de si Zara estaba compartiendo con ella su rutina u ofreciéndole consejos que no le había pedido. En cualquier caso, se lo tomó como una falta de respeto. La próxima vez dejaría que Daphne le mordiera.

—Además, voy a pasarme todo el día de viaje, así que necesitaba todo el tiempo posible al aire libre —prosiguió la mujer mientras subía una pierna a los escalones.

Cuando se inclinó hacia atrás para estirar, Morgan hizo acopio de todas sus fuerzas para no admirar sus pantorrillas y sus muslos musculosos.

—¿Ya nos dejas?

—Me marcho al oeste —contestó ella tras asentir. Levantó un brazo por encima de la cabeza y después el otro—. Tengo una amiga en Los Ángeles con unas vistas increíbles del centro. Mira.

Zara se sacó el teléfono del bolsillo, se lo tendió y pasó rápidamente varias selfis recientes que se había tomado en la propiedad desde varios ángulos, desbordando glamour y con el sol incidiendo en el punto exacto.

—Espera, vuelve para atrás —dijo Morgan, señalando la pantalla—. Esa.

La otra mujer se detuvo en una de las fotografías.

—Ah. Es del sábado por la noche. Tenía que capturar el crepúsculo. Había una luz buenísima…

Morgan se inclinó hacia delante, abriendo los ojos de par en par. No por el rostro deslumbrante de la influencer , sino por lo que aparecía de fondo en la imagen.

—Es el laberinto de setos.

Zara parpadeó y pasó la vista entre ella y el móvil.

—¿Hay algún problema? Ya la he subido, pero no es demasiado tarde para borrarla…

—No —contestó ella con lentitud mientras los pensamientos se le disparaban en diferentes direcciones—.

Es solo que el fotógrafo tiene que entregarnos las fotografías hoy, así que todavía no había visto ninguna toma nítida de esa noche.

Esta quedaría genial en la página web. ¿Te importaría enviármela?

Ella se encogió de hombros y presionó la opción de compartir. Morgan le tecleó su número de teléfono.

—Ya está —dijo Zara con una sonrisa antes de meterse el móvil en el bolsillo trasero: Entonces ladeó la cabeza y preguntó—: ¿y qué hay de ese hombre alto y atractivo que se registró en la pensión hace un par de días?

Morgan supo de inmediato a quién se refería, pero intentó hacerse la tonta.

—Ah. ¿Cameron?

—¿Se llama así? —La chica se abanicó de forma teatral—. Amiga, si me quedara una noche más, haría lo que fuera para llamar su atención. Pero le gustas tú, eso sin duda. Ayer os vi en el cenador. Parecíais bastante cómodos —canturreó con tono juguetón mientras la miraba.

Morgan se sonrojó.

—¿Tú crees?

Zara se acercó a ella.

—Lo sé. Tengo que tratar con muchos hombres por trabajo. Y los hombres como ese no pierden el tiempo contigo a menos que tengan la esperanza de que tú hagas lo mismo.

A Morgan le dio un vuelco el corazón ante la idea de resultarle atractiva a un hombre tan apuesto como Cameron, pero, entonces, recordó el motivo de su visita. No se había quedado allí porque le gustara ella. Se había quedado allí porque su tía había muerto en aquella pensión.

Decidió cambiar de tema de conversación.

—No podría hacer nada. Es un huésped. Además, esta noche tengo una cita.

—Ohhhhh. —Zara sonrió como una hermana mayor orgullosa—. ¿Con quién?

—Con Will —admitió ella, avergonzada.

La otra mujer chasqueó los dedos.

—¿El jardinero? ¡Lo sabía! ¡Menuda cara puso cuando te vio con ese vestido durante el Baile de los Pétalos y las Promesas! ¡Pensé que se le iban a salir los ojos de la cara!

—¿Estás controlando mi vida amorosa? —Morgan no pudo evitar reírse cuando Zara se encogió de hombros con gesto inocente—. No sé si es algo serio o…

—¡Venga ya! —La influencer alzó las manos en el aire con desesperación y la interrumpió a mitad de la frase.

Giró la riñonera hasta colocársela por delante, abrió la cremallera del compartimento superior y sacó un pequeño bote de perfume en roll-on —.

Este es mi perfume distintivo. ¡Los vuelve locos!

—Le dejó el bote en la mano—. Considéralo con agradecimiento por no dejar que tu perra me atacara por enésima vez.

Morgan aceptó el perfume y lo olisqueó con cautela: un aroma dulce a jazmín con una base de vainilla que, al final, dejaba un toque floral. Era inesperado pero cautivador.

—Gracias —contestó con sinceridad mientras se apretaba el perfume contra el pecho.

Zara asintió y después bajó la vista hacia Daphne mientras le tendía la mano para que le diera la pata.

—¿Sin resentimientos?

—Puede que acabes ganándotela —dijo Morgan con una carcajada.

La otra mujer la miró y sonrió.

—Un día normal en mi trabajo.

Cuando pasó a su lado de camino al edificio, le dio un apretón en el hombro. Morgan esperó hasta perderla de vista para mirar su teléfono. Abrió el mensaje nuevo que contenía la fotografía de Zara. Soltó un jadeo y agarró el teléfono con más fuerza mientras ampliaba la imagen de fondo.

La despampanante influencer de ojos almendrados tenía el brazo estirado para lanzarle un beso a la cámara y el sol le iluminaba la piel impecable. Justo detrás de su cabeza, parcialmente oculto por las ramas enredadas y las hojas, se encontraba Caleb Brewster con una mirada siniestra en los ojos.