Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 16 Will #3
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Capítulo 16 Will #3

Y ahí estaba. Aquello fue lo que volvió a quebrar el dique que tenía en el interior.

Angel seguía sin poder hacerse a la idea de que Eleanor había fallecido.

Se armó de valor, sentó a su hija junto con el cuaderno de dibujo sobre el regazo y le dio un abrazo.

Tosió para desprenderse de la emoción que le teñía la voz y dijo:

—Melocotoncito, la señora Eleanor ha muerto, ¿de acuerdo? Pero te prometo que papá descubrirá lo que le pasó. Tienes mi palabra.

La pequeña lo miró con los ojos brillantes por las lágrimas.

—Está bien —fue lo único que consiguió decir.

Will puso todo su empeño en no derrumbarse frente a ella. Por el bien de ambos, tenía que descubrir quién le había hecho aquello a Eleanor.

Horas más tarde, después de que Tanya hubiera llamado para darle las buenas noches a su hija, Will estaba tumbado en la cama, escuchando los ronquidos suaves y rítmicos de Angel a través de la pared que compartían sus respectivos dormitorios.

La casa se había sumido en el silencio para lo que quedaba de noche, pero él no dejaba de darle vueltas a la cabeza y se negaba a sucumbir a las exigencias de su cuerpo cansado.

El leve zumbido del humidificador no lo ayudaba demasiado a acallar las preguntas que le rondaban la mente.

«Me dijo que siempre podría encontrarla donde se ocultan las cosas». Recordó a Angel diciéndole eso en voz baja pero con certeza. ¿Qué había querido decir con eso la mujer? ¿Dónde se ocultaban las cosas? ¿A qué cosas se había referido? ¿Y por qué había estado investigando al alcalde Lyons?

Will se revolvió entre las sábanas frescas de algodón y se quedó contemplando el techo.

Su dormitorio era la habitación más moderna de la casa y, más allá del dormitorio rosa de princesa de Angel, había sido el único lujo que se había permitido en un hogar que, por lo demás, era muy sencillo.

La cama tamaño extragrande estaba apoyada con cuidado contra la pared del fondo y, aunque las sábanas estaban remetidas con una precisión militar, se estaban empezando a enredar por todas las vueltas que estaba dando.

Las paredes estaban cubiertas por altas estanterías que contenían una cuidada mezcla de libros de bolsillo gastados, maquetas de coches en miniatura y macetas con plantas que daban a la estancia algo más de vida.

Sobre la cómoda había una foto enmarcada de Angel y él durante el Fall Fest del año anterior.

En ella, ambos aparecían sonriendo detrás de la nube de azúcar glaseado que les cubría los labios.

Will estiró la mano hacia la mesilla de noche para tomar el teléfono móvil y comprobó la hora. Acababan de dar las once y se preguntó si Morgan estaría durmiendo a esas alturas de la noche. Tan solo quedaban unas pocas horas para que fuera el día siguiente, que era cuando tenían su cita.

Aquella idea hizo que sintiera nervios en el estómago. Abrió un mensaje nuevo y se quedó mirando el cursor titilante hasta que aunó las agallas necesarias para escribir.

W: Hola, tan solo quería saber cómo

iba todo. ¿Sigues despierta?

Recibió la respuesta de Morgan casi de inmediato.

M: Leyendo compulsivamente malas

noticias antes de irme a dormir, como

siempre. ¿Por qué sigues despierto?

Will sonrió y tecleó lo que de verdad estaba pensando.

W: Estaba pensando en ti.

Durante las vacaciones de primavera, se había acostumbrado a verla todos los días, sentada en los escalones del porche con las piernas cruzadas y Daphne a sus pies o charlando con los huéspedes sobre los planes para el festival mientras él cortaba los setos cerca de allí.

Esos pequeños momentos ordinarios se habían entretejido en sus días de un modo tan silencioso que no se había dado cuenta hasta ese momento del consuelo que le habían proporcionado.

Era muy consciente de que, aquel día, sus caminos no se habían cruzado y Morgan llevaba toda la jornada entrando y saliendo de su cabeza.

No solo por Angel o la pensión, sino por ella misma: su risa, el modo en el que se le arrugaban los ojos cuando intentaba ocultar una sonrisa o cómo pronunciaba su nombre con tal rotundidad que parecía que lo estuviera saboreando.

Dejó los dedos suspendidos sobre la flecha para enviar el mensaje.

—¿Será demasiado? —se preguntó en voz alta. Presionó la tecla de retroceso hasta que el mensaje desapareció.

W: Yo también, jajaja.

¿Sigue en pie lo de mañana?

M: A las 8:30, ¿verdad?

¿Te importaría pasar a buscarme por la

pensión? Voy a quedarme aquí el resto de

la semana; hasta que aclaremos todo.

W: No hay problema. Allí estaré.

Se produjo una pausa antes de que ella le enviara otro mensaje.

M: Tengo muchas ganas.

El corazón le dio un vuelco ante la carita sonriente. Se quedó contemplando el mensaje demasiado tiempo y después tecleó:

W: Yo también. Buenas noches, señorita Morgan.

M: Dulces sueños, señor Reed.

Will dejó el teléfono bocabajo sobre la mesilla de noche, pero conservó la sonrisa. El sueño le llegó lentamente, pero con la garantía de que Morgan sería en lo primero en lo que pensaría a la mañana siguiente.