Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 16 Will #2
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Capítulo 16 Will #2

Aquella noche, Will se encontraba tan distraído rememorando la conversación con Caleb que acabó quemando el pan de ajo.

Cuando sacó los discos quemados del homo, una humareda negra salió tras ellos.

El detector de humos que colgaba de la pared contraria tronó con una alarma ensordecedora mientras Angel, que estaba esperando pacientemente en la mesa de madera de la cocina, se colocaba las manos sobre las orejas.

Aquel sonido reverberó por todos los rincones del acogedor chalet de dos habitaciones de Will.

La cocina, con sus armarios de color nogal con detalles en latón, era el centro de la casa.

Las encimeras con diseño marmolado resaltaban la pared de azulejos en tonos azul gélido, lo que daba a la habitación una sensación de amplitud mayor de la que permitían sus especificaciones.

El salón estaba decorado con un sofá muy desgastado que había sido el receptor de todos los desastres provocados por Angel desde su nacimiento.

Era lo único que se había llevado de Macon.

Varias imágenes enmarcadas adornaban las paredes: las obras de arte de su hija y varias fotografías de ella en todas las diferentes etapas de su vida.

Las habitaciones eran pequeñas pero cálidas, tal como a él le gustaba.

Se apresuró a tomar un trapo de cocina para sacar el humo de la sala mientras tosía a causa del regusto acre del pan quemado.

—La cena está lista —le anunció a su hija con una sonrisa de oreja a oreja.

Ella puso los ojos en blanco y se dispuso a servirse un plato de espaguetis con albóndigas mientras Will permanecía bajo el detector, dispersando el humo obstinado.

Observó cómo la pequeña colocaba con cuidado un taburete junto a los fogones, se subía encima y se ponía pasta con salsa en el plato vacío con un cucharón.

Sin mediar palabra, regresó a la mesa y colocó su tablet sobre el soporte.

Will reconoció de inmediato la música del tema principal de Andrew Guy, investigador privado .

—Nada de tablets en la mesa —le recordó él, que todavía seguía dispersando el humo.

Su hija soltó un suspiro tan profundo que estuvo a punto de dejar que se la quedara. Puso en pausa la serie y lanzó el dispositivo sobre el cuaderno de dibujo, que estaba en el asiento contiguo.

Will negó con la cabeza, librando una lucha interna. Aquel estaba siendo otro día de silencio por parte de Angel y estaba empezando a perder la determinación. Por mucho que quisiera que siguiera unas normas, también tenía que hacer hueco para sus sentimientos.

«¿Tal vez debería darle un poco de espacio?», se preguntó. Su amiga acababa de fallecer y todavía era una niña pequeña. Tenía muchas emociones y no sabía qué hacer con ellas.

Quiso golpearse a sí mismo. Tendría que haberle hecho caso a su padre y, durante las vacaciones de primavera, haberla apuntado a un campamento para que hubiera estado en un lugar en el que habría podido correr con libertad y estar con otros niños de su edad.

Pero Will necesitaba el dinero del trabajo del Daffodil Inn.

Cortar el pelo le permitía ganarse la vida, pues había amasado una clientela compuesta por hombres y un par de mujeres.

Pero su hija estaba creciendo y mantenerla cada vez le resultaba más caro.

Tenía que tomar decisiones inteligentes con respecto al dinero.

Sobre todo, teniendo en cuenta que estaba haciendo todo prácticamente solo.

El detector se apagó al fin, así que puso al horno otra remesa de pan y, en esa ocasión, programó un temporizador.

Se sirvió unos pocos espaguetis en un cuenco y se sentó a la mesa para cenar con su hija, que estaba moviendo la comida de un lado para otro, enrollando la pasta con el tenedor, pero sin llevársela a la boca.

—Come algo, melocotoncito —le suplicó él—. Apenas has tocado el desayuno —comentó al recordar que tan solo había mordisqueado la esquina de una tostada. ¿También se había puesto en huelga de hambre?—. Tienes que estar hambrienta.

—No —mintió Angel. Will podría haber oído cómo le gruñía el estómago desde el exterior de la casa.

—Ayer me pasé por la biblioteca. —Decidió alegrar el ambiente.

Sacó su teléfono y le enseñó a la niña la foto que había tomado del folleto del club de dibujo—.

Te apunté a este grupo de arte que se reúne los sábados.

La bibliotecaria me dijo que el dibujo del ganador se colgará en el despacho del nuevo alcalde.

A Angel se le iluminaron los ojos un poquito. Se acercó el teléfono y comenzó a leer con lentitud, pasando los dedos por las palabras mientras las pronunciaba en voz alta.

—¿Tendrán también rotuladores? —susurró tras un instante. Will sonrió más de lo que había sonreído en los últimos días.

—De todos los colores que existen.

La niña se llevó el tenedor a la boca y le dio un mordisco a la albóndiga cubierta de marinara.

Se manchó la nariz y se limpió la salsa con el dorso de la mano.

Will reprimió las ganas de regañarle por no usar servilleta.

La victoria era que hubiese comido; no pensaba perderla por librar otras batallas insignificantes.

Cenaron en silencio y, para él, eso era suficiente. En cuanto Angel estuvo satisfecha, él recogió los platos y ella desapareció con su cuaderno de dibujo en el salón, donde se hizo un ovillo en el reposabrazos del sofá, su lugar favorito.

Will guardó las sobras y enjuagó los platos y las cacerolas lo suficiente como para poder meterlo todo en el lavavajillas. Limpió los fogones y barrió la cocina hasta dejarla como estaba de antemano. Después, se sentó junto a su hija en el sofá con un polo de cereza en la mano.

La pequeña rasgó el envoltorio con ganas y él se inclinó para echarle un vistazo a su última creación.

Se quedó petrificado cuando se dio cuenta de que se trataba de una vista aérea del Daffodil Inn: la misma imagen que Morgan le había enviado el día anterior.

Aparecía todo: el laberinto de setos, el río e incluso el cenador, que todavía hacía que se estremeciera de vergüenza.

Entrecerró los ojos y se centró en un pequeño detalle del laberinto.

—¿Esas sois la señora Eleanor y tú? —preguntó con tono amable. Angel, cuyos labios se volvían más rojos a cada momento que disfrutaba del helado, asintió—. ¿Lo has dibujado de memoria?

La niña volvió a asentir.

—A la señora Eleanor le gustaba mucho el laberinto. Me dijo que siempre podría encontrarla donde se ocultan las cosas. —Hizo una pausa, pensativa—. ¿Podemos volver a la pensión, papá?

Aquellas palabras fueron como recibir un puñetazo en el vientre. A eso debía de ser a lo que se había referido Morgan.

—¿«Dónde se ocultan las cosas»? —Will negó con la cabeza, confundido.

—Ajá —contestó ella tras haberse terminado el polo en tiempo récord. Tomó un lápiz de colorear y comenzó a sombrear el cielo—. Eso fue lo que me dijo.

Will sintió que un escalofrío gélido le recorría la columna.

—¿Y por qué quieres volver a la pensión?

—Para ver si puedo encontrarla —contestó ella sin levantar la vista—. Me dijo que siempre estaría allí. Tiene que estar allí.