Capítulo 15 Morgan
Morgan
Cegada por la ira y hecha una furia, Morgan atravesó el patio trasero de la pensión en dirección al desvencijado cenador.
Daphne la siguió corriendo, con la cola baja y las orejas en alerta, pues notaba la tormenta que se agitaba en su interior.
La brisa primaveral del río no pudo enfriar el fuego que le ardía bajo la piel.
Se dejó caer sobre el banco astillado sin preocuparse por la madera áspera que le raspó la piel de los muslos a pesar de los vaqueros.
Respiraba de forma entrecortada. Se aferró al borde del asiento para intentar calmarse, pero los pensamientos no dejaban de darle vueltas.
«Estamos pensando en jubilarnos». Aquellas palabras resonaban en bucle dentro de su cabeza como si fueran una broma cruel.
«¿Quieren que yo me encargue de la pensión?». Morgan soltó una carcajada sarcástica. ¿Qué esperaban? ¿Que se despidiera de sus alumnos con un abrazo y se guardara sus propios sueños en los bolsillos?
—¿Se trata de un caso de demencia precoz? —masculló en voz alta—. ¿Qué los llevó a pensar que aceptaría?
Su padre parecía verdaderamente sorprendido de que no se hubiera puesto a dar saltos de alegría ante el anuncio, como si se tratara de una oportunidad única en la vida.
Su madre ya había planificado todo el traspaso, como si a Morgan la hubiesen preparado para ello desde su nacimiento.
Y tal vez hubiese sido así, delante de sus narices.
Unas lágrimas molestas hicieron que le escocieran los ojos cuando, con un vuelco en las entrañas, se dio cuenta de algo.
¿Acaso todo la había llevado hasta allí?
Cada tarea, cada una de las vacaciones familiares que se habían saltado porque había «demasiado trabajo en la pensión», cada fiesta de cumpleaños interrumpida por cualquier emergencia…
¿Habían estado entrenándola para una vida que nunca había querido?
¿No eran capaces de ver que la pensión que tanto amaban le había arruinado la vida?
—Aman más este sitio de lo que me amarán a mí jamás —susurró mientras la voz se le rasgaba y se le hacía añicos.
Daphne gimoteó y le dio un golpecito en la pierna con el hocico húmedo antes de apoyarle la cabeza en la rodilla.
Se le cerró la garganta y se mordió el labio con fuerza mientras se ordenaba a sí misma no llorar.
Los recuerdos la asaltaron de todos modos: sentada entre bastidores durante la obra de teatro de quinto curso, escudriñando al público en busca del rostro de sus padres hasta que al fin se daba cuenta de que no iban a aparecer; cada una de las veces que se convencía a sí misma de que en aquella ocasión sería diferente y nunca lo era.
Siempre estaban demasiado ocupados, demasiado cansados o demasiado lo que fuera para mostrarle su apoyo.
Odiaba saber que, después de tantos años de pruebas contundentes, seguía buscándolos entre la multitud, consciente de que no iban a estar allí.
Y ahora querían que se hiciera cargo de la pensión con orgullo como si fuese su sueño y no el de ellos.
El sonido de alguien hablando a voces la sacó de golpe de su espiral mental.
Al otro lado del patio, vio que Max Greaves se daba la vuelta y se metía en el asiento del conductor de su coche de lujo.
El motor cobró vida con un ronroneo y los neumáticos chirriaron cuando aceleró para salir del camino de acceso, rociando a Cameron con una lluvia del polvo de la gravilla mientras se alejaba a toda velocidad.
Cameron se cubrió el rostro y se sacudió el polvo de la ropa. Alzó la vista y la vio, observándolo.
Morgan se puso tensa, apartó la cara y mostró un interés repentino en el veteado de la madera, pero era demasiado tarde. Unos segundos después, oyó el golpeteo de la cola de Daphne contra la madera mientras el hombre se acercaba.
—No pretendía entrometerme —dijo él mientras entraba en el cenador.
Llevaba una camiseta estilo Henley que se le pegaba al cuerpo lo suficiente como para dejar entrever que iba al gimnasio junto con un par de vaqueros con lavado medio y las rodillas tan desgastadas como si los hubiera tenido toda la vida.
Su cabello era un caos de ondas oscuras, todavía húmedas tras una ducha reciente.
Un toque del aroma de su aftershave , limpio y amaderado, flotó hacia ella con la brisa.
Se apoyó contra un pilar con gesto despreocupado y cruzó un pie sobre el otro.
Con sus ojos como el océano, la observó con una curiosidad comedida.
—No intentaba escuchar a hurtadillas, pero ha sido un poco difícil no oíros.
Morgan se enjugó los ojos rápidamente.
—Las paredes son finas —masculló mientras movía los dedos con nerviosismo—. No pretendía montar una escena. Solo ha sido una estupidez de drama familiar; siento que hayas tenido que oírlo.
—No tienes que disculparte —dijo mientras se sentaba frente a ella en el banco—. Sonaba como si hubiese pasado algo grave. ¿Estás bien?
Morgan soltó un bufido leve.
—Define «bien». Mis padres acaban de soltarme la bomba de que van a jubilarse. Habían supuesto que yo me encargaría de la pensión, como si ese siempre hubiese sido el plan. Un plan del que, al parecer, yo no sabía nada.
Cameron asintió, se cruzó de brazos y se recostó.
—Eso es mucho pedir.
—Y, además, ha aparecido ese tipo y se ha ofrecido a comprarnos la pensión como si fuera un par de zapatos. No sé… todo ha pasado demasiado rápido.
Morgan sacudió la cabeza. Se sentía más avergonzada que antes. Tan solo conocía a Cameron desde hacía un día, pero ahí estaba ella, contándoselo todo sobre los problemas de su familia.
—He… eh… he ido a hablar con el tal Max —dijo él mientras se frotaba la nuca con una mano—. He supuesto que tal vez podría conseguir más detalles sobre la oferta.
Morgan se irguió de inmediato.
—¿Que has hecho qué?
Él extendió una mano en el aire en gesto de rendición.
—Trabajo en el sector inmobiliario —le explicó—. Nada al nivel de ese tipo, claro está, pero he tenido suficientes encontronazos con grandes promotores como él como para saber un par de cosas.
—¿Y qué te ha dicho?
Cameron titubeó un instante antes de decir:
—Digamos que no le ha hecho demasiada gracia que le hiciera preguntas. Pero, teniendo todo en cuenta, su oferta es bastante generosa.
Morgan frunció el ceño.
—¿Te pones de su parte?
—Jamás —contestó él con tono amable pero firme—.
Tan solo digo que si tus padres se plantean seriamente vender y necesitan ayuda y orientación con el trato, podría echarle un vistazo.
He visto esta clase de ofertas torcerse y sé lo que este sitio significa mucho para ellos…
y lo que significaba para mi tía. Odiaría que cayera en las manos equivocadas.
—¿De verdad nos ayudarías?
—Es lo mínimo que puedo hacer. Cuidasteis de mi tía Eleanor durante sus últimos días.
—Se llevó una mano al pecho y agachó la vista—.
Y nunca podré agradeceros vuestra hospitalidad lo suficiente.
Además, ya tenéis bastantes cosas entre manos.
Tanto si tus padres deciden vender como si no, debería ser bajo sus propias condiciones. Y también las tuyas.
Ella le sostuvo la mirada más tiempo del necesario. Cameron no apartó la vista en ningún momento.
—Gracias… La verdad es que eso significa mucho para mí.
Él sonrió y las comisuras de los labios se le curvaron lo justo y necesario para hacer que a Morgan le diera un vuelco el corazón.
—No es nada —contestó.
La brisa volvió a soplar entre ambos, lo que calentó a Morgan de pies a cabeza.
—Estoy agotada. El día de hoy ha sido una locura —dijo con un suspiro—. Siento estar siendo un desastre de anfitriona.
—Ahora mismo no tienes que ser nada en concreto —respondió Cameron mientras entrelazaba las manos detrás de la cabeza. Un gesto distante se le posó sobre el rostro y suavizó la voz—. Puedes existir sin más.
La simplicidad de aquellas palabras la envolvió. Hacía años que nadie le decía algo así. Tal vez no se lo hubieran dicho nunca. No que fuera fuerte o responsable, sino que existiera sin más.
Sorprendida por su amabilidad, Morgan se relajó en medio de un silencio cómodo.
Poco a poco, la presión del pecho y la espiral de pensamientos fueron desapareciendo.
Y, por primera vez en el día, sintió que podía respirar.
El gesto de Cameron, que tenía el rostro girado hacia el cielo, era indescifrable.
No parecía estar angustiado por la pérdida.
No podía creer lo sereno que estaba. Si hubieran declarado a su tía víctima de un asesinato, ella sería una mina emocional a punto de explotar.
¿Cómo era posible que estuviera tan tranquilo y calmado?
—Me han dicho que la apuñalaron —murmuró él en voz tan baja que Morgan apenas lo oyó.
Se estaba mirando las palmas de las manos como si albergaran respuestas que él todavía no había descubierto—.
Que se desangró en el suelo como si fuera ganado después de que alguien intentara matarla con…
veneno. ¿Quién le haría algo así… a mi tía?
—Lo siento mucho, Cameron —fue lo único que Morgan fue capaz de decir.
Él asintió, pero no la miró a los ojos.
—Estoy muy enfadado —prosiguió con los puños apretados a los costados—. Siento como si me hubiera separado de mi propio cuerpo y estuviera flotando por encima de todo lo demás. —Posó en ella una mirada escrutadora—. ¿Tiene sentido lo que estoy diciendo?
—Lo tiene —contestó Morgan—. La conmoción puede hacer que sufras una experiencia extracorporal; como si las cosas le estuvieran pasando a otra persona.
Ella llevaba días sintiéndose así. Pero jamás había tenido las ideas tan claras como justo en ese momento.
No iba a permitir que la vida por la que había trabajado tanto se le escapara de las manos con tanta facilidad.
Iba a pelear, tal como había hecho Nia. Nada, ni siquiera un hombre con un traje elegante y los bolsillos desbordados, iba a detenerla.
Sobre todo con Cameron junto a ella. Si Max Greaves creía que los Taylor iban a hacerse a un lado y marcharse sin hacer ruido, le esperaba una sorpresa.
Dudó durante un breve instante y después se giró hacia él.
—Escucha: voy a solucionarlo.
Él frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Mi familia no va a irse a ninguna parte. He estado preguntando por ahí y voy a descubrir lo que le ocurrió a tu tía.
Cameron arqueó una ceja, escéptico.
—¿Hablas en serio?
—Hace casi dos años, Nia, mi mejor amiga, y yo descubrimos lo que les había ocurrido a nuestra amiga Sienna y a su madre, Rosie, que era la propietaria de la cafetería del pueblo y había sido como nuestra segunda madre cuando éramos pequeñas.
Todo el mundo pensaba que la muerte de Sienna había sido un accidente, pero resultó no haber sido así.
Lo demostramos. Sé que podemos hacerlo de nuevo.
El gesto del hombre era inescrutable.
—No… No sé qué decir.
—No sé quién podría haber querido hacerle daño a tu tía —prosiguió Morgan—, pero te prometo que voy a descubrirlo y, cuando lo haga, salvaré el negocio de mis padres.
Durante un instante insoportable, Cameron no dijo nada. Entonces, una sonrisa se le posó en los labios. No fue un gesto coqueto, sino algo más dulce mezclado con comprensión y una cierta aceptación.
—Eres increíble —dijo él de forma directa y rotunda. Sus ojos se encontraron de un modo que hizo que a Morgan le diera un vuelco el estómago y se le encendieran las mejillas—. Transmites un aire como de tener un tablón del asesinato.
Muy a su pesar, Morgan soltó una risotada.
—¿Un «tablón del asesinato»?
—¿Quiere decir que no tiene por aquí un corcho con hilos de colores, agente? —bromeó Cameron.
—Prefiero el término «detective amateur » —contestó ella con una sonrisa en los labios.
En aquel momento, el sol estaba más alto en el cielo y se colaba a través de los árboles. A sus pies, Daphne jadeaba. Morgan respiró hondo y rompió el silencio.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Por dejarme existir sin más —respondió.
Cameron posó una mano suave sobre la suya, lo que hizo que una descarga eléctrica le recorriera todo el cuerpo.
—Conmigo no tienes que fingir, Morgan.