Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 14 Morgan #3
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Capítulo 14 Morgan #3

Dio una palmadita en el asiento del banco que estaba a su lado y Morgan se unió a él sin oponer resistencia. Alzó los brazos en el aire y unió los pulgares y los dedos índice para formar un rectángulo. Después, se lo acercó a la nariz y miró a través de él.

—Imagínatelo: un balneario a orillas del río, un refugio moderno y experiencias selectas para los huéspedes. Una renovación de todo el terreno. Estoy pensando en llamarlo «Complejo Vacacional y Balneario Cinnamon Waters».

—La pensión no está en venta —dijo su madre con voz firme.

—Claro que no. Al menos, no oficialmente. Pero todo puede comprarse por el precio adecuado.

—Mi esposa tiene razón —intervino Wesley—. Además, estamos en un terreno histórico. Así lo declaró el alcalde Lyons… Max soltó una carcajada, impasible.

—¿Se refiere al mismo alcalde que ahora mismo se enfrenta a una condena a prisión por corrupción? Si lo tienen, me encantaría ver ese decreto.

Su padre titubeó al responder.

—Bueno, supongo que el nuevo alcalde acatará las recomendaciones de Lyons…

Max frunció los labios y miró a Wesley con escepticismo.

Jamás había visto a su madre tan enfadada como en ese momento, excepto en aquella ocasión en la que, a los once años, Morgan había derramado una lata de pintura amarilla sobre las escaleras recién abrillantadas.

Vanessa tenía los labios cerrados con tanta fuerza que casi le habían desaparecido.

Su padre se revolvió en su asiento y no dijo ni una sola palabra.

Con un brazo rodeaba la cintura de su esposa para mantenerla pegada a él.

Morgan sabía que era para que no le diera un golpe en toda la boca al señor Greaves con el trapo que estaba estrujando.

—No pretendo pasarme de la raya —añadió Max con soltura—, pero sé reconocer una propiedad infravalorada cuando la veo.

Esté de acuerdo o no, señora Taylor, Cinnamon Waters será una realidad.

Los engranajes ya están en marcha. Preferiría hacer esto por el camino fácil y con la bendición de los propietarios, por supuesto.

Le extendería un talón y le ahorraría a su familia el dolor de cabeza de tener que recuperarse tras una pesadilla de relaciones públicas como esta. Y, así, todos contentos.

El hombre se agachó para rascarle las orejas a Daphne, que le gruñó mientras le enseñaba los dientes afilados. Él apartó los dedos justo a tiempo.

—Buena chica —susurró Morgan.

—Necesitaré una respuesta para el viernes —dijo Max.

Morgan tragó saliva con fuerza. Max volvió a mirarla y se detuvo en ella un poco más de la cuenta.

Cuando carraspeó, ella se percató de que estaba sentada sobre su chaqueta.

Se puso en pie y le tendió la exquisita prenda a medida como si fuera una bomba.

—Los dejo para que hablen del asunto —dijo el hombre mientras hacía ademán de colgarse la chaqueta del hombro—. Ya saben dónde encontrarme.

Se sacó del bolsillo una tarjeta de presentación blanca y nuevecita.

En la parte delantera aparecía su nombre estampado en negritas: Maximillian Greaves.

La dejó sobre la mesa y le dio dos golpecitos con los dedos.

Sin armar más escándalo, salió de la cocina y, finalmente, desapareció por la entrada principal.

La puerta se cerró tras él con un chasquido suave y un silencio pesado se posó sobre la sala.

El único sonido que se oía era el de las patas de Daphne sobre las baldosas mientras caminaba de un lado para otro entre ellos, nerviosa.

Morgan se cruzó de brazos y siguió contemplando la entrada principal tiempo después de que Max se hubiese marchado. Fue la primera en hablar.

—Tiene algo de razón.

Vanessa giró la cabeza de golpe hacia ella con los ojos desorbitados por la incredulidad.

—¿Perdona?

—El Daffodil Inn acaba de convertirse en la escena de un crimen. ¿O es que no has visto las noticias? El negocio no va a recuperarse de la noche a la mañana. Todos los huéspedes han cancelado y no hay reservas nuevas…

El teléfono de la pared comenzó a sonar. Vanessa descolgó el auricular y gritó «¡No haremos comentarios!» antes de volver a colgarlo de su gancho.

Morgan señaló el aparato.

—Los periodistas no van a dejar de llamar.

Wesley permaneció en una esquina, pasando la vista entre su esposa y su hija como si fuera un árbitro a la espera de tener la oportunidad de hacer sonar el silbato si las cosas pasaban a mayores.

—¿Cuánto os ha ofrecido? Al menos, podríamos salir de esta con algo en lugar de tener que enfrentamos a una «pesadilla de relaciones públicas» —comentó Morgan, haciendo el gesto de las comillas con los dedos para citar lo que Max había dicho.

—No puedo creerlo —espetó Vanessa mientras arrojaba el trapo en el fregadero con la misma rotundidad que si fuera el mazo de un juez—. ¿Quieres que vendamos nuestro legado? ¿Así, sin más?

—¿Nuestro legado? —repitió ella mientras cruzaba los brazos con más fuerza—. Querrás decir tu legado y el de papá. Este sitio nunca ha sido mío.

—Acabas de decir que «podríamos salir de esta» —señaló Wesley.

—¿No se te había comido la lengua el gato? —masculló Morgan.

—¿Que nunca ha sido tuyo? —preguntó su madre con un bufido burlón—. ¿Y por qué crees que ha sido así?

Morgan ladeó la cabeza, confusa.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Significa que estábamos esperando al momento adecuado —intervino Wesley al fin con un tono de voz suave, amable y suplicante—. Queríamos contártelo tras el festival, pero… estamos pensando en jubilarnos, cariño. Íbamos a poner la pensión en tus manos.

El tiempo se ralentizó poco a poco hasta detenerse. La realidad la golpeó como un tren que hubiera descarrilado y se hubiera estrellado contra un muro de ladrillos.

—¿Que ibais a hacer… qué? —Morgan apenas podía respirar.

Vanessa dio un paso al frente y se colocó en el lado opuesto de la isla.

—Pensamos que había llegado el momento. Le hemos dedicado a este lugar casi treinta años. Queremos disfrutar del resto de nuestra vida…, vivir de los frutos de nuestro trabajo. Tal vez vivir más cerca de la tía Joyce, en Charlotte, y…

—¿Y qué? ¿Pensabais que renunciaría a mi vida sin más para regentar la pensión? —Morgan pasó la vista entre sus padres, furiosa.

—Pensábamos que… —comenzó a decir su padre, probando suerte.

—¡No pensasteis! —intervino ella. La voz se le quebró a causa de una emoción desbordante—. ¡Lo disteis por sentado! ¡Ni siquiera lo hablasteis conmigo! ¡No puedo renunciar sin más! Tengo una carrera y alumnos que dependen de mí.

—Eso hemos oído —refunfuñó su madre.

Morgan soltó un gruñido.

—¡No me gradué en Educación para convertirme en propietaria de una pensión!

—Enseñas el alfabeto y haces pavos de papel para Acción de Gracias, no es que sea precisamente…

—¡No te atrevas a menospreciar mi trabajo! —le advirtió ella con voz temblorosa. Una furia incandescente le palpitaba en los oídos. Se estremeció mientras la ira se le esparcía por todo el cuerpo.

—¿Tal como haces tú con el nuestro? ¡Como si no trabajáramos día y noche para mantener las luces encendidas, para pagar a la gente y para que nos reserven las habitaciones!

¡Si no fuera por nosotros, no tendrías ese título tan elegante que nos echas en cara siempre que puedes!

¡Tendrías que estar agradecida de que tu padre fuera lo bastante previsor como para construir un legado que pudiera mantenemos a lo largo de todos estos años!

Morgan se levantó de la mesa y el banco de madera rozó la pared que se encontraba detrás de ella. Con el pecho agitado, se alejó de ambos mientras Daphne gimoteaba a sus pies.

—Guárdate el sermón para alguien que quiera oírlo.

Sin esperar a que le respondieran, atravesó la cocina y salió echando chispas en dirección al cenador por la puerta trasera, que se cerró tras ella con un portazo como si fuese un signo de puntuación en una conversación que no iban a terminar.