Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 14 Morgan #2
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Capítulo 14 Morgan #2

Siete vestidos y tres trajes pantalón más tarde, Nia se decantó al fin por una posible opción y, a pesar de que tenía un escote en forma de corazón, era impresionante.

El corpiño era entallado, estilo corsé, y llevaba unas delicadas costuras verticales que esculpían su diminuta figura.

El escote era sutil pero pronunciado y le enmarcaba las clavículas.

La tela de satén fruncida caía sobre un lado de la cadera y descendía con suavidad hasta el suelo de un modo elegante pero con un ligero toque teatral.

Morgan, que durante un instante se quedó sin palabras, la observó fijamente mientras Frankie la hacía girar frente al espejo. A Marjorie se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Estás… preciosa —dijo a duras penas.

Para rematar el conjunto, el hombre le puso en la cabeza un velo que le caía sobre los hombros desnudos.

—Tienes que elegir este —dijo Morgan sin aliento—. Está hecho para ti.

—Unas cuantas modificaciones aquí… —Frankie pellizcó la tela y colocó un alfiler en la parte fruncida— y quedará perfecto. Podré empezar a arreglarlo la semana que viene.

—Muchas gracias, Frankie —dijo Nia mientras daba vueltas sobre la plataforma, haciendo que la cola se arrastrara por el suelo—. Será perfecto para el día de la boda.

—Lo que haga falta para la hija de Marjorie —contestó el hombre antes de dirigirse hacia la caja registradora.

Nia bajó de la plataforma y desapareció tras la cortina.

—Te ayudo a quitártelo —se ofreció Marjorie.

Morgan llamó la atención del propietario y se acercó a él.

—¿Puedo preguntarle algo? —dijo mientras se inclinaba sobre el mostrador de cristal.

—Por supuesto, cielo. Si se trata de los arreglos, me temo que no puedo adelantarlos más. —Pasó un dedo por la agenda en la que tenía apuntadas las citas—. Tengo varias clientas antes que Nia con las que todavía tengo una…

Morgan bajó la voz.

—Se trata de Eleanor Langford. Sé que era clienta habitual suya. Se alojaba en la pensión cuando…

Frankie se tensó ligeramente; lo suficiente como para que ella se percatara.

—Mmmm —respondió con un suspiro profundo—.

Eleanor compró mi primera prenda personalizada.

Era una de mis mejores clientas. La echaré mucho de menos; a ella y a esos volantes tan llamativos y de mal gusto.

—Le colocó una mano sobre la suya—. He visto todas las críticas que está recibiendo tu familia en internet. La gente debería avergonzarse.

Morgan le dio las gracias en silencio por aquella muestra de compasión.

Desde el sábado por la noche no había sido capaz de volver a entrar en las redes sociales por miedo a lo que pudiera encontrar en sus mensajes directos.

Tenía el teléfono en modo «No molestar» de manera constante.

El silencio absoluto era mejor opción que discutir en los comentarios con gente que no conocía todos los hechos, y los hechos eran lo importante.

—La última vez que la vio, ¿le pareció que estuviese bien? ¿Le dijo algo extraño?

Frankie titubeó mientras presionaba las manos contra el cristal.

—La semana pasada vino dos veces —admitió—. Lina con la querida Angel. —Se llevó las manos al pecho—. Todo un icono en ciernes. Pero, durante la primera prueba de su vestido para el festival…, parecía agitada y nerviosa. No dejaba de mirar por encima del hombro. Le pregunté si todo iba bien.

—¿Y qué le dijo? —Él alzó la vista para mirarla con gesto inquieto—. No lo voy a meter en problemas —le aseguró ella—. Tan solo estoy intentando averiguar qué le ocurrió realmente.

Frankie miró por encima del hombro mientras las risas de Marjorie y Nia les llegaban flotando desde detrás del mostrador. La mirada se le suavizó.

—Me dijo que creía que la estaban siguiendo.

Un escalofrío se arrastró por la columna de Morgan.

—¿Le dijo quién?

El hombre negó con la cabeza.

—No. —Soltó un suspiro—. Le rogué que acudiese a la Policía, pero pensaba que nadie la creería o que a todo el mundo le daría igual.

Morgan dio un paso atrás.

—¿Por qué pensaría algo así?

Frankie frunció los labios.

—Ya sabes la reputación que tenía. Lo más probable es que hubieran pensado que se lo merecía; que era cosa del karma por todos los encontronazos que había tenido con la gente a lo largo de los años —prosiguió el dueño del local—.

Pero, por cómo lo dijo…, parecía tener miedo de verdad.

Eleanor era un hueso duro de roer, pero eso la asustó.

—Gracias, Frankie —respondió Morgan, que se sentía más triste que antes.

Independientemente de lo que la gente pensara de ella, Eleanor no se merecía que la apuñalaran y la dieran por muerta. Al parecer, si quería salvar el negocio de sus padres, tendría que descubrir quién la había matado. Y rápido.

Morgan entró en el camino de acceso de gravilla del Daffodil Inn con la tensión a flor de piel. Aparcó, apagó el motor y apoyó la cabeza contra el volante. No sabía cuántos días podría seguir en la pensión, andando con pies de plomo en torno a su familia mientras los huéspedes pudieran oírlos.

La rueda de prensa de la mañana anterior no había ayudado a mejorar su tensa relación.

El Departamento de Policía de Cinnamon Falls había declarado de forma oficial que la muerte de Eleanor había sido un homicidio.

Otro asesinato en Cinnamon Falls y, en aquella ocasión, en su propia puerta.

¿Sobrevivirían a aquella situación? No estaba segura y era esa inseguridad la que alimentaba los pensamientos ansiosos que no dejaban de darle vueltas en la cabeza.

Pasó la vista por el exterior del Daffodil Inn: las tejas desgastadas, el porche que rodeaba la casa y el jardín de narcisos que asomaba desde el patio trasero. Tenía el mismo aspecto de siempre: una fotografía congelada en el tiempo.

Cuando se fijó en el coche elegante de lujo que había aparcado junto a la furgoneta de su padre, sintió una presión en el pecho.

Una vez en el interior, apenas había cruzado la puerta principal cuando la recibió el olor a colonia de hombre.

Era un aroma único, con una explosión persistente a cítricos y especias cálidas y embriagadoras.

Olía a caro, como una de esas tiendas de ropa del centro comercial de Asheville en las que solo había tres percheros de vaqueros y el zumbido constante de la música flotando hacia el pasillo.

Junto a la isla de la cocina había un hombre desconocido con los brazos extendidos por toda la superficie de la encimera como si fuera el dueño del lugar.

Estaba de espaldas a ella, por lo que no podía verle la cara.

El gesto de su padre dejaba traslucir que estaba preocupado.

Y su madre parecía a punto de disparar rayos láser por los ojos.

El hombre iba ataviado con una camisa de vestir blanca y bien planchada.

Debajo de uno de los puños asomaba un Rolex de oro.

La chaqueta de su traje gris carbón estaba pulcramente doblada sobre el banco de la isla.

Los pantalones a medida le llegaban justo por encima de los mocasines de diseñador. Lucía el lujo con aire despreocupado.

Wesley alzó la vista hacia Morgan y una sonrisa inquieta se le dibujó en el rostro.

Daphne, que estaba colocada entre sus piernas, se acercó corriendo a ella y vaciló entre olisquearla con curiosidad y darle lametazos juguetones.

De forma ausente, Morgan la acarició mientras se adentraba más en la cocina, pasando la vista entre sus padres y el desconocido.

Se colocó junto al fregadero, al lado de su madre, que estaba retorciendo un trapo para secar los platos a su espalda. En aquel momento, los tres Taylor se encontraban frente al hombre y Morgan al fin pudo verle bien la cara.

Llevaba el pelo negro como la tinta peinado hacia atrás con precisión, con cada mechón bien fijado y la cantidad suficiente de brillo como para indicar riqueza, pero no vanidad.

Tenía los rasgos angulares: pómulos afilados, mandíbula cuadrada y ojos de un color gris tormenta.

Era guapo del mismo modo que los bebés son adorables por naturaleza, como si en ningún momento de su vida se le hubiera considerado poco atractivo.

El hombre posó los ojos en ella y le dedicó una sonrisa tranquila y cortés.

—Tú debes de ser Morgan —dijo con voz tan suave y melodiosa como ponerse una bata de seda.

Extendió la mano al otro lado de la isla y ella se la estrechó como mero acto reflejo.

Su apretón era firme, pero no agresivo. No tenía ni callos ni padrastros a la vista.

Tenía las manos de un hombre que tomaba las decisiones, no de quien las ejecutaba—.

Maximillian Greaves —se presentó. Morgan frunció el ceño, echando la vista atrás a toda velocidad.

¿Dónde había oído aquel nombre antes?—. Ahora mismo les estaba diciendo a tus padres lo impresionado que estoy con el Daffodil Inn —prosiguió—.

Su historia y su ubicación son algo difícil de encontrar.

Y las vistas… —Señaló por encima del hombro, en dirección a la ventana, donde el patio trasero se abría a una estampa digna de la portada de una revista con el río perezoso y el jardín dorado—.

Increíbles. —Junto a ella, su madre suspiró en voz alta—.

Tus padres y yo estábamos hablando sobre una posible oportunidad; algo que sería beneficioso para todos.

A juzgar por la actitud de su madre, no se trataba de algo beneficioso para todos y el único que había estado hablando había sido él. La idea se le coló en la mente como la primera lluvia de la estación.

—¿Ha venido para comprar la pensión? —preguntó mientras aferraba a Daphne con más fuerza.

Max volvió a sonreír y Morgan tuvo que contenerse para no devolverle la sonrisa. Su buen aspecto podía dejarte desarmado en el peor de los sentidos.

—Estoy aquí para ofreceros una solución a vuestra… situación. Con la inversión adecuada, el Daffodil Inn podría convertirse en un paraíso turístico.