Capítulo 14 Morgan
Morgan
Martes
La lluvia había parado poco antes del amanecer, pero el cielo todavía parecía tener un tono morado, con un borrón lavanda y gris que se asemejaba a una acuarela abandonada.
Morgan abrió la ventana de la habitación Flor Silvestre, lo suficiente para que entrara un poco de aire, con la esperanza de que la brisa barriera el dolor que se le había asentado en el pecho.
No había dormido bien. Se había pasado toda la noche dando vueltas, entrando y saliendo de un sueño superficial y ansioso mientras la voz de Angel la perseguía cada vez que daba la vuelta sobre la almohada: «Me dijo que siempre podría encontrarla donde se ocultan las cosas».
Aquellas palabras le resonaban en la cabeza como una cancioncilla infantil.
¿Era una advertencia? ¿Una pista? ¿La imaginación desbocada de una niña? ¿O acaso Eleanor le había confiado algo más a Angel? ¿Qué chantres significaba? No lo sabía, y eso era lo peor de todo… No saberlo.
Todavía podía visualizar la confusión en los ojos de la pequeña cuando ni ella ni Nia habían comprendido aquella frase y el modo en el que había encorvado los hombros como si estuviera avergonzada; como si hubiera hablado de más y se hubiera arrepentido de inmediato.
Después de eso, se había retraído por completo y se había mostrado callada, distante e inaccesible.
Ni siquiera habían podido arrancarle una sonrisa al ofrecerle un sundae de tres bolas o un refresco de cereza.
Le había dado vueltas a la nata hasta que se había convertido en sopa, sin probar bocado.
Will no había exagerado el día anterior al decir que Angel llevaba callada desde el sábado. «Callada» no le parecía la palabra adecuada en absoluto. Era como si la luz le hubiera menguado tras los ojos.
Tras sacar las piernas por el borde de la cama, apoyó las manos sobre las rodillas y se tragó el nudo que se le estaba formando en la garganta.
«¿Y si lo he empeorado? ¿Y si estaba intentando decirme algo importante y yo le he restado importancia?».
Aquella idea le dejó un agujero en el pecho más profundo de lo que había esperado. Los niños cargaban con las cosas de un modo extraño y confuso. Tendría que haberlo sabido; tendría que haberse esforzado más.
Se presionó los ojos con las palmas de las manos.
Aquel día sus sentimientos no eran lo más importante; tenía que dejarlos de lado, al menos por el momento.
Nia la necesitaba: la cita para probarse vestidos era un par de horas.
Sería una breve escapada a un lugar alegre.
Se lo debía. Tenía un día ajetreado por delante y no disponía de tiempo para pensamientos vagos y confusos.
Aun así, la inquietud persistió en su interior como la neblina matutina.
Para cuando llegó a su apartamento en Juniper Heights, una pequeña comunidad ubicada entre Cinnamon Falls y Asheville, el cielo se había iluminado lo suficiente como para arrojar un resplandor dorado sobre los tejados.
Juniper Heights no era gran cosa: un barrio pequeño que se alzaba en una loma boscosa con calles sinuosas; la clase de lugar en el que las casas estaban apiñadas por necesidad.
El edificio de Morgan se alzaba al fondo de un callejón sin salida flanqueado por arbustos de enebro descuidados.
Era un lugar tranquilo, aunque no tanto como Cinnamon Falls.
Sin embargo, todavía no había encontrado su propia identidad: los trabajadores jóvenes pasaban por allí antes de marcharse a Asheville y los estudiantes subalquilaban las habitaciones mientras decidían qué hacer con sus vidas.
Era el lugar al que Morgan se había mudado tras graduarse de la universidad y, desde entonces, vivía allí.
Sus sandalias resonaron contra el suelo mientras abría la puerta y entraba al interior. El aire estaba estancado, aferrado todavía al tiempo pasado, a antes del Daffodil Jubilee.
Su apartamento era pequeño pero encantador, y cada detalle estaba seleccionado a su gusto o, al menos, al de la persona que había sido antes del sábado por la noche.
Cojines en tonos lavanda apilados de forma ordenada sobre un sofá de terciopelo color índigo.
Una pared con una galería de citas enmarcadas sobre temas como el vino o los libros y algunas frases graciosas de sus series de televisión favoritas.
Junto a la ventana, había un escritorio en el que un arcoíris de bolígrafos alineados como soldados reposaba junto a su agenda y su portátil.
Todo era para ella o, más bien, para la versión de sí misma en la que había creído antes del sábado.
En aquel momento todo le parecía extraño, como si hubiera entrado en una sala de exposiciones creada para imitar a Taylor Morgan.
Se detuvo en el umbral de la puerta del dormitorio.
Su cama seguía sin hacer desde el viernes.
La americana que se ponía para trabajar colgaba del respaldo de la silla de su tocador y un par de tacones yacían allí cuando se los había quitado sin miramientos.
Recorrió la habitación a toda velocidad en dirección al armario. Metió un vestido en una bolsa de viaje, un par de tacones con cintas, varios conjuntos más y algunos productos de aseo adicionales.
Miró su reflejo en el espejo y, durante un instante, no reconoció del todo a la mujer que le devolvía la mirada: ojos cansados y labios fruncidos con fuerza por la preocupación. Intentó sonreír, pero el gesto no perduró.
Cerró la bolsa con cremallera, se la colgó del hombro y apagó la luz. Después, salió de su apartamento sin mirar atrás.
The Velvet Fox se encontraba en la esquina entre Rosewood y Maple, justo al lado de Inkwell & Ivory, la tienda de papelería de Delilah Marks, especializada en diarios hechos a mano y tarjetas con flores prensadas. Al otro lado estaba Moonlight’s Howl, la herboristería regentada por Rowan Bell.
El exterior de The Velvet Fox era engañoso: precioso ladrillo encalado y un letrero en una vidriera de colores con el logo de un zorro travieso guiñándoles un ojo a los transeúntes. La verdadera magia se encontraba en el interior.
Una campanita de plata que había sobre la puerta tintineó suavemente para anunciar la llegada de Morgan, Nia y su madre, Marjorie.
Lo primero que asaltó a Morgan fue el aroma a agua de rosas.
Unos sillones de terciopelo salpicaban la planta abierta, que estaba flanqueada por espejos dorados antiguos que reflejaban una luz suave.
Vestidos de todo tipo flotaban como nubes sobre los percheros: algunos eran modernos y elegantes y otros tenían metros y metros de tul y brillos.
En el rincón del fondo se alzaba una plataforma circular rodeada por tres espejos de cuerpo entero.
De las vigas a la vista colgaban lámparas de araña de cristal y, en el centro de todo ello, se encontraba Frankie «Fox» Templeton, un hombre ataviado con un traje muy cuidado, que estaba colocando un vestido en un maniquí con la reverencia de un escultor.
Era alto y elegante, llevaba el pelo entrecano peinado hacia atrás y, como si fuera una pulsera, una cinta métrica enrollada en torno a la muñeca.
Con la edad se había vuelto aún más atractivo, haciendo honor a su apodo: «el zorro plateado».
—Vaya, vaya —ronroneó sin alzar la vista y con la boca llena de alfileres—, pero si es la famosa novia de Cinnamon Falls que lucha contra el crimen.
Marjorie pasó junto a Nia con orgullo y se apoyó las manos en las caderas estrechas.
—Y, si no hubiera sido por mi niña, el asesinato de Rosie seguiría sin resolver.
Con una sonrisa de medio lado, el hombre al fin se dio la vuelta para mirarlas.
—Ah… Marjorie Bennett, siempre es un placer. Dime: ¿has venido aquí en busca de opinión o a recordarme que me rompiste el corazón en los noventa?
La madre de Nia se echó a reír sin inmutarse.
—Frankie, te lo dije entonces y te lo repito ahora: estoy enamorada de Walter Bennett.
—El chico de los helados —replicó él con gesto inexpresivo.
—Estoy segura de que, a lo largo de todos estos años, te has enamorado de una buena cantidad de mujeres.
El hombre estiró el brazo para tomar la mano de la señora Bennett y le besó el dorso.
—Ninguna tan preciosa como tú.
Nia carraspeó con una sonrisa sarcástica.
—No me he tomado un día libre para esto. Tenemos una cita para probarme vestidos para el banquete, Frankie. Morgan me dijo que apartaría unos cuantos para mí.
Él dirigió la vista hacia Nia para examinarla.
—Preciosa como su madre —masculló mientras la miraba de arriba abajo—. Y peleona.
—Como buena Bennett —respondió Nia con una sonrisa.
Morgan siguió al trío hacia las profundidades del local y se sentó mientras el propietario preparaba los vestidos para su amiga.
—Por petición de Morgan, te he escogido algunas opciones. —De detrás de una cortina, sacó un perchero con ruedas lleno de vestidos—. Varias prendas retro y otras con cortes más modernos. Sé que a las mujeres Bennett les encanta la tradición.
Marjorie se dirigió a un perchero con vestidos para la madre de la novia.
—¿Y qué hay para mí, Frankie?
—Solo lo mejor para la mejor —contestó él con un ronroneo grave.
Mientras la señora Bennett ocultaba el sonrojo tras las manos, Nia hizo ademán de vomitar.
—Esto es asqueroso.
—Venga ya, ¿cómo crees que has llegado hasta aquí?
—dijo Morgan con una carcajada. Entonces, le dio la vuelta a la etiqueta de un traje pantalón blanco con unas franjas de tela de rejilla.
Abrió los ojos de par en par—. Deja que siga hablando.
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