Capítulo 13 Will
Will
Will había estado en Redfern Tavern con Jesse en una única ocasión. No era su lugar preferido ni para comer ni para beber, ya que el sitio era una pocilga. Valoraba poder disfrutar de una hora feliz barata como cualquiera, pero ponía el límite en las moscas de la fruta y las barras pegajosas.
Entró dispuesto a contener la respiración todo el tiempo que pudiera aguantar, pero Redfern Tavern no olía como Redfern Tavern.
Nada más atravesar el umbral de la puerta, frenó en seco y arrugó la nariz ante el aroma a limpiador de limón y a algo ligeramente floral que llegó flotando hasta él.
Por norma general, el viejo pub olía a humo de cigarrillo, aceite viejo y cerveza aguada.
Pero aquella noche casi olía a… —Will olisqueó el aire— fresco.
Ni siquiera parecía el mismo lugar. Los suelos pegajosos y los estantes cubiertos de polvo habían desaparecido.
El maltrecho grifo de la cerveza estaba tan pulido que casi estaba desgastado y los reservados que se alineaban en la pared del fondo tenían velas pequeñas titilando en el centro de la mesa.
Incluso la vieja gramola del rincón resplandecía como si alguien hubiese limpiado al fin las huellas mugrientas del cristal por primera vez en más de una década.
Le dieron una palmadita en la espalda. Jesse, que estaba detrás de él, le dedicó una sonrisa y lo condujo hasta dos asientos vacíos que había junto a la barra. Will entrecerró los ojos.
—Esto está demasiado limpio.
—La verdad es que sí —convino su amigo mientras subían las piernas a los taburetes para sentarse. Habían arreglado el cuero agrietado habitual y los asientos incluso parecían más robustos, como si hubiesen cambiado la madera desvencijada.
—¿Nuevos dueños o algo así? —preguntó él mientras volvía a echar un buen vistazo a su alrededor.
De la pared habían colgado una pizarra en la que podían leerse los especiales de la semana.
Aquel día, la cerveza de barril estaba a mitad de precio junto con varios cócteles especiales.
Incluso disponían de una carta premium con licores de primera calidad y algunos aperitivos selectos: alitas de pollo de varios sabores que iban desde suaves basta infernalmente picantes, bocaditos de pretzel , patatas fritas caseras con parmesano, pepinillos fritos y nachos.
—¿Sirven comida en este sitio? —preguntó Jesse en voz alta.
—Ahora sí.
Detrás de la barra, la delgada camarera dejó de juguetear con su teléfono móvil y les acercó dos cartas.
Will se esforzó mucho por concentrarse en los pendientes que llevaba en los hoyuelos en lugar de en el sujetador push-up rosa fucsia del que llevaba prendida la placa identificativa con su nombre: Amber.
—El jefazo quiere probar una carta nueva —les explicó—. Atraer a una clientela diferente. ¿Os interesa alguna cosa? —preguntó, manteniendo la vista fija en Will durante lo que, para su gusto, fue demasiado tiempo.
Ajeno a la situación. Jesse intervino.
—La verdad es que a mí sí. No te lo tomes a mal, pero ¿por qué está tan limpio este sitio?
—No hay problema. No eres el primero en preguntarlo —dijo ella, encogiéndose de hombros—.
Como os he dicho, el jefazo está de visita.
Un tipo que se llama Max Greaves. Al parecer, es el dueño de todos los locales de esta zona comercial y está tomando medidas drásticas para que todos los negocios estén en orden.
Rick, mi jefe, nos llamó y nos dijo que nos pagaría las horas extras para que dejáramos el pub impecable antes de que llegara Max.
Jamás nos había ofrecido algo así, por lo que no pensaba dejar pasar todo ese dinero ni en broma.
Frotamos a fondo la cocina, despidió a Benny, el Microondas, que llevaba trabajando ahí atrás toda una eternidad, y ha contratado a un cocinero de verdad.
—Así que un cocinero de verdad, ¿eh? Entonces, ¿qué nos recomiendas? —preguntó Jesse.
—Los nachos están buenos, pero las alitas están aún mejor —comentó ella mientras se inclinaba sobre la barra, dejando su sujetador completamente a la vista. De pronto, Will sintió mucho interés por el color de las paredes.
Se decidió por unas patatas fritas con una cerveza de barril suave y Jesse pidió alitas estilo Buffalo y un cóctel. Tenía la esperanza de que la comida estuviera tan buena como aseguraba Amber, ya que estaba muerto de hambre y era difícil estropear unas patatas fritas.
En cuanto la camarera se alejó para comenzar a servirles las bebidas, Will se giró hacia Jesse.
—¿Y bien? ¿Qué pasa? Me has dicho que tenías novedades.
—Antes, vamos a hablar de las tuyas. He oído que le has pedido una cita a Morgan. —Jesse le dedicó una sonrisa taimada—. Solo has tardado dos años.
—¿Cómo sabes…?
Morgan debía de habérselo contado a Nia.
¿Significaba eso que estaba emocionada por la cita?
¿O nerviosa? Si era sincero consigo mismo, él también lo estaba.
Sabía que disfrutarían de una buena conversación y abundantes risas; eso lo daba por sentado.
Recordó el baile lento bajo las estrellas del sábado por la noche y lo suave que le había resultado el cuerpo de Morgan contra el suyo.
En ese momento, había querido consolarla, pero, echando la vista atrás, ¿podría haberse convertido en algo más?
¿De verdad lo veía como algo más que un amigo?
—Ya sabes que me lo ha contado Nia, colega —admitió Jesse—. Además, me has costado cincuenta pavos —gruñó.
—Te lo tienes merecido —replicó Will, riendo y sacudiendo la cabeza—. Pero volvamos contigo. Cuéntame lo último que sepas sobre Eleanor.
Jesse miró a su alrededor de forma furtiva para escudriñar el local.
En términos generales, estaban solos. En uno de los reservados de un rincón alejado del bar había una pareja cómodamente sentada.
Al fondo del local, tres mujeres estaban sumidas en su propia conversación, riendo entre copas de vino.
Por último, en la mesa más cercana a la ventana, se había sentado un hombre solitario que estaba contemplando la acera con gesto perdido.
Nadie les estaba prestando la más mínima atención.
—Supongo que por eso me has arrastrado hasta Redfern Tavern, ¿no?
Jesse asintió mientras Amber les pasaba las bebidas a través de la barra y les dedicaba una sonrisa rápida antes de desaparecer a la otra punta de la barra. Su amigo dio un largo trago y luego se acercó a él.
—En el pueblo había demasiados ojos y demasiados oídos; necesitaba un lugar neutral.
—¿Y bien? —insistió él.
—Esta mañana he tenido un visitante. Cameron Shore, el sobrino de Eleanor.
Will frunció el ceño mientras rememoraba las breves conversaciones que había mantenido con la mujer durante su estancia en la pensión.
—Eleanor nunca me mencionó a ningún familiar —dijo, encogiéndose de hombros—.
Me dijo que había perdido a su marido y Angel no dejaba de preguntarme si no podíamos ayudarla a buscarlo.
De hecho, fue Clarissa Hargrove la que me contó que también había perdido a una hija.
Supuse que por eso le tenía tanto cariño a la mía.
—Jesse asintió mientras lo escuchaba—. ¿Y qué ha pasado con el sobrino? —preguntó.
—Morgan lo ha traído a la comisaría esta mañana y…
El cerebro de Will se paró de golpe.
—Un momento… ¿A quién ha llevado Morgan a dónde?
Su amigo le dedicó una sonrisa traviesa.
—Tan solo tengo que mencionar su nombre y ya te conviertes en un sabueso.
Will le dio un puñetazo juguetón en el brazo.
—¡Estoy hablando en serio, colega!
—¡Y yo también! —contestó Jesse con una carcajada mientras se frotaba el brazo.
Volvió a reírse antes de dar otro trago a su bebida—.
De todos modos, no debería contarte esto, pero, al parecer, apareció por el Daffodil Inn esta mañana, temprano, buscando a su tía.
No sabía que la habían… —La voz se le fue apagando.
Will apretó la mandíbula al recordar la mirada de Morgan de aquella mañana, que había logrado que pareciera que estaba persiguiendo fantasmas—.
Me ha dicho que era de Maryland, que eran familia política y que, cuando no supo nada de ella, decidió venir para ver si se encontraba bien.
Pero, más allá de eso, nada útil. Ningún dato sobre su vida más allá de lo que ya sabíamos gracias a los cotilleos del pueblo y los trabajadores de la pensión.
—¿Eso es todo? —le preguntó Will con un tono de voz plano a causa de la incredulidad.
El policía asintió.
—Hemos registrado su casa, hemos investigado su situación financiera y hemos revisado sus registros telefónicos, pero no hemos encontrado nada turbio.
No tenemos ningún hilo del que tirar más allá de las típicas disputas tontas entre vecinos.
Nash nos ha informado de que, solo el año pasado, recibió más de quince llamadas de Eleanor por los chicos que quedaban en Barkwood Bridge a altas horas de la noche.
Solía usar a los agentes que estaban de patrulla como si fuesen sus cuerpos de seguridad personales.
—¿Quince? —repitió Will mientras arqueaba las cejas.
Jesse asintió.
—Principalmente el tal Brewster con esos amigos suyos que tienen coches modificados estilo lowrider .
Ya sabes cómo son las cosas por aquí: todos los estudiantes de último curso se compran su primer coche antiguo y se dedican a pasearlo de un lado para otro en plena noche.
Incluso yo he hecho carreras por Main Street en un par de ocasiones.
—Jesse carraspeó—. Antes de conseguir la placa, por supuesto.
Will no podía imaginarse al formal Jesse Shaw rompiendo la ley de ningún modo, pero todo el mundo tenía un pasado. Era consciente de que, si las carreras por Main Street eran la peor parte de su actividad criminal, a su amigo le horrorizaría ver sus antecedentes juveniles.
El policía soltó un suspiro y después se pasó una mano por la cara.
—No consigo hacerme a la idea de que alguien apuñalase a Eleanor, colega.
Acercarse a alguien de ese modo… —Se dio un golpe en la palma de la mano con el puño—.
Eso es algo personal. ¿Quién podría haber hecho algo así?
Estoy… comenzando a pensar que el Cinnamon Falls en el que crecí, que era un lugar seguro, está empezando a desaparecer.
Will se reclinó y pasó los dedos por las gotitas de condensación de su copa.
—Todavía queda gente buena.
—Ahora cuesta saber quién es quién —comentó Jesse en voz baja—. Parece como si todo el mundo fuera sospechoso.
Will volvió a inclinarse hacia delante y miró a su amigo a los ojos.
—En tal caso, tenemos que descubrir la verdad. Le debemos eso.
Jesse asintió, pero la arruga que se le había formado entre las cejas no se desvaneció.
Y, hablando de la verdad…, Will no podía seguir conteniéndose. Tenía que contarle al policía lo que había descubierto en la biblioteca incluso aunque solo fuese una coincidencia; incluso aunque no tuviera relación con la muerte de Eleanor.
—Escucha; hoy he ido a la biblioteca y…
Justo en ese instante, el teléfono de Jesse comenzó a moverse sobre la barra del bar, vibrando con insistencia.
Lo estaba llamando Grace Whitfield. Su amigo alzó un dedo en el aire, se llevó el teléfono a la oreja y contestó con un escueto:
—Agente Shaw.
Will lo observó con detenimiento, tomando nota de cada cambio en su postura corporal.
Esperó un instante mientras Jesse hablaba con Grace y soltaba un gruñido cada pocos segundos, aunque no podía saber si era de aprobación o de descontento.
El policía frunció el ceño. Se apretó el teléfono todavía más contra la oreja, cerró los ojos un instante y exhaló. Eso no era bueno.
Will sintió un retorcijón en las entrañas.
Jesse se pellizcó el puente de la nariz y soltó un suspiro cargado de frustración.
—Entonces, ¿qué es lo que tenemos entre manos?
—preguntó. Se produjo una pausa cuando sus miradas se encontraron y ese fue el momento en el que Will supo que algo iba terriblemente mal—.
Está bien —contestó en voz más baja—. Voy a llamar a Chambers para decirle que se reúna conmigo en la morgue. Estoy a unos veinticinco minutos.
Su amigo colgó y se metió el teléfono en los vaqueros. Le hizo un gesto a Amber y le pidió que les pusiera la comida para llevar.
—¿Qué ha ocurrido?
Jesse se tomó un instante demasiado largo para recuperar la compostura. Casi fue como si se estuviera preparando para algo horrible.
—Era Grace. Ha descubierto algo. —Will esperó, pues no quería presionarlo. Cuando el policía volvió a hablar, lo hizo en voz baja—. Acaba de terminar de procesar la ropa que vestía Eleanor la noche que murió. Había un gemelo entre la ropa interior, como si se hubiera caído.
A Will se le aceleró el pulso.
—¿Cómo que un gemelo? Eleanor llevaba un vestido.
—Exacto —contestó Jesse sin mirarlo.
—¿Qué clase de gemelo?
—De oro. Pesado y caro.
Will exhaló con lentitud.
—Así que, quienquiera que hiciera esto… iba vestido para la ocasión.
Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, se le puso la piel de gallina y se le erizó el vello conforme su cerebro iba asimilando lo que estaba ocurriendo.
—Alguien perfectamente integrado —gruñó Jesse con los dientes apretados—. En nuestra puñetera cara. Voy a ir allí con Chambers a ver qué podemos descubrir.
Will asintió mientras el pulso se le aceleraba a cada segundo que pasaba. No era necesario que Jesse dijera nada, pues podía interpretar su gesto. Estaba enfadado. El asesino no era un desconocido cualquiera. Era alguien de dentro.