Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 12 Morgan #3
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Capítulo 12 Morgan #3

—¿Cuáles son los últimos avances en la investigación? Desde que Chambers vino a recoger las cosas de Eleanor, no hemos sabido absolutamente nada. ¿Y qué ha pasado esta mañana con Cameron?

—Un momento… ¿Quién es Cameron? —preguntó Nia, que estaba de puntillas, rebuscando copas de vino en un armario.

—Mira, Morg, es complicado. La verdad es que no puedo hablar de…

Morgan lo interrumpió con un gesto desdeñoso de la mano.

—A estas alturas todo el mundo ha visto las noticias. ¿Qué debería decirle a mi familia? ¿A qué vamos a tener que enfrentarnos? Tienes que contarme algo, Jay.

Jesse miró a Nia antes de responder y ambos mantuvieron un intercambio con lenguaje no verbal. Morgan se apoyó los puños en las caderas.

—¿Ahora se las da de policía conmigo?

Los miró a ambos. Los consideraba sus mejores amigos. ¿Acaso Jesse quería mantenerla al margen de aquello? Ella también merecía saberlo.

—Te prometo que, en cuanto sepa algo, serás la primera en enterarte. Por ahora tómatelo con calma, ¿vale? Mantente alejada de internet. De todos modos, son todo mentiras. Lo solucionaremos, ¿de acuerdo?

Morgan entrecerró los ojos y pasó el dedo entre ambos.

—Lo habéis practicado, ¿verdad?

—Claro que no —contestó Jesse, resoplando.

En cuanto ella se giró hacia Nia, el policía se escabulló por la puerta lateral y se perdió de vista.

En el garaje tenía una butaca reclinable propia de un chico de fraternidad, una televisión tan grande como la pared y su posesión más preciada después de su prometida: su Cap rice del 87.

Harvey Briggs se lo había regalado por haber demostrado que era inocente del asesinato de Rosie.

El único coche igual en todo Cinnamon Falls era propiedad de Grace Whitfield.

Aquello le recordó algo: no iba a olvidarse de contarle a su mejor amiga que, el sábado por la noche, la forense había actuado de un modo demasiado amistoso con Jesse.

Nia abrió el vino a duras penas y sirvió una cantidad generosa para ambas.

—No creas que no sé cuándo me están sobornando con vino tinto para que me calle —comentó ella.

Sacó el archivador y se acomodó en una de las sillas de la mesa de la cocina. Extendió algunas paletas de colores, diferentes centros de mesa y varias opciones de vestidos.

Se giró hacia su amiga y entrechocaron las copas. El alegre tintineo le levantó el ánimo de inmediato.

—¡Vamos a ponernos manos a la obra!

Nia apartó las muestras.

—No hasta que no me hayas contado lo que ha ocurrido hoy. ¿Quién es el tal Cameron?

—El sobrino de Eleanor. Ha venido a la pensión esta mañana. En torno a las seis. ¡Y es guapísimo! Una melena espectacular, hombros anchos, dientes perfectos, unos ojos azules y brillantes para morirse… ¡Angie y yo hemos estado a punto de pelearnos por ver quién se quedaría con él!

—Espera… ¿Dices que ha aparecido sin previo aviso a las seis de la mañana? —le preguntó Nia con una ceja arqueada por el escepticismo.

—¡Su puñetera tía murió hace apenas dos días! —respondió Morgan—. Si se tratara de Marjorie o Walter, saldrías pitando para ir a buscar a tus padres.

Su amiga asintió.

—En eso tienes razón. ¿De dónde ha salido?

Morgan se encogió de hombros.

—No lo sé; no le he preguntado. Lo he llevado a comisaría directamente.

Nia arqueó las cejas todavía más.

—¿Tú, la persona más suspicaz que conozco, no ha preguntado de dónde venía el apuesto desconocido de dientes perfectos?

—Parecía conmocionado. Tan solo quería ser de ayuda, no pretendía meterme en sus pantalones.

—¿Y por qué no? —preguntó su amiga con voz chillona—. ¿Cuándo fue la última vez que disfrutaste de un poco de acción?

—¡Baja la voz! —La mandó callar ella—. Necesito que los padres de Jesse sigan pensando que, entre nosotras dos, la buena e inocente soy yo.

—Están de crucero en las Bermudas —contestó Nia con un gesto desdeñoso de la mano—. No volverán hasta dentro de dos semanas.

—Desde que os comprometisteis, no han vuelto a pisar esta casa —comentó Morgan, riéndose, mientras daba un golpe en la mesa.

—Estaban ansiosos por deshacerse de él —replicó su amiga con una carcajada—. ¿Y qué opina Will del tal Cameron?

La simple mención de su nombre hizo que se le encendiera la piel. O tal vez se le estuviese subiendo el vino a la cabeza. No estaba segura. Apoyó las manos con fuerza en los laterales de la mesa.

—Me ha pedido que salgamos juntos. En plan… una cita auténtica —admitió con la mirada agachada para no tener que ver el gesto bobalicón de Nia, que soltó un gritito teatral y estuvo a punto de volcar la silla.

Mientras se erguía, el vino casi se le derrama de la copa.

—¡Por fin! ¡Ya era hora, amiga! Ya verás cuando se lo cuente a Jesse… Me debe cincuenta dólares y ¡quiero el dinero en efectivo en mis manos esta misma noche!

—¿Habéis estado apostando a nuestra costa? —le preguntó ella, incrédula.

—Era una apuesta amistosa —le aclaró Nia—. Yo aposté a que Will te lo pediría antes del Fall Fest y ¡he ganado por goleada!

—Sois patéticos —dijo con un bufido.

—No te pongas así. —Su amiga le hincó el dedo en el costado—. Sabía que no podría resistirse cuando te viera con ese vestido en el Baile de los Pétalos y las Promesas.

Morgan no fue capaz de ocultar su sonrojo.

—No empieces a hacer planes de boda. Lo más probable es que tan solo esté siendo amable.

—Dime que no piensas eso de verdad. —Nia se serenó y adoptó un gesto serio.

Morgan no tenía agallas de decir en voz alta lo que había estado temiendo.

Su amiga le tomó la mano entre las suyas—.

¡Eres preciosa, Morg! Eres muy inteligente y, además, la persona más divertida que conozco.

En serio. Tienes un corazón sincero… ¡Eres una auténtica joya!

Will es capaz de ver lo que vemos todos y por eso te ha pedido una cita.

Te puedo asegurar que no es solo porque sea un tipo educado.

Morgan no pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas. Ojalá aquello fuese cierto.

—Es solo que a veces me siento como si siempre fuese el segundo plato, el personaje secundario, la amiga graciosa, la ayudante…