Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 12 Morgan #2
45%

Capítulo 12 Morgan #2

La oficina principal era un lugar sumido en el caos.

Los teléfonos estaban sonando a un volumen ensordecedor, pero nadie los contestaba.

En el aire reinaba el zumbido de la fotocopiadora vieja que había en un rincón.

Las paredes estaban cubiertas de carteles de cartulina sobre la temporada de la gripe, las reuniones del AMPA y los horarios de comida.

Al borde de un mostrador había un tarro de cristal tentador repleto de piruletas: una forma de sobornar a los visitantes que se comportaran bien.

A juzgar por la capa de polvo que estaba acumulando encima, hacía tiempo que no se daban muchas.

El señor Wallace, el profesor de Matemáticas de cuarto curso, estaba cerca de la fotocopiadora, esperando a que terminara de imprimirse lo que necesitaba. Le dedicó un gesto seco con la cabeza antes de encogerse de hombros. Si sabía algo sobre su reunión inesperada, no iba a compartirlo con ella.

Siguió a la señora Alston mientras esta se abría paso como una general experimentada entre un mar de cachivaches. Tras pasar por delante de los dos cubículos de secretaría, la mujer llamó con cuidado a la puerta cerrada que se encontraba tras ellos. No esperó a que le dieran permiso para pasar.

Cuando Morgan entró al despacho, el director Alien estaba en medio de una llamada telefónica.

El hombre señaló el sillón de cuero con botones que se encontraba frente a su mesa.

La señora Alston salió de la estancia y Morgan se sentó con las rodillas rígidas y el corazón acelerándose más con cada segundo que pasaba.

Mientras esperaba, repasó todas las posibles infracciones dignas de despido que había cometido en los últimos años.

¿Se habría chivado alguno de sus alumnos sobre su interpretación sarcástica de La pequeña oruga glotona ?

Siendo sinceros, ¿cómo era posible que ese bichillo comiera tanto?

¿O se trataba de la vez que había calentado sus sobras de salmón en la sala de descanso del profesorado?

El llamado «escándalo de la pescadería» había durado tres semanas sin que nadie confesara el crimen, que seguía sin resolverse. Morgan pensaba llevárselo a la tumba.

Bajó la vista hacia la carpeta de papel manila que el director tenía sobre el escritorio.

En la etiqueta podía leerse su nombre con letras mecanografiadas.

El documento era grueso, más o menos la mitad de la largura de su dedo índice.

Tener una carpeta tan grande tras seis años de enseñanza no podía ser algo bueno.

El director Alien puso fin a la llamada y colgó el auricular con un chasquido suave.

Incluso sentado en su sillón orejero, lucía su amplia constitución gracias a los hombros.

Se pasó las manos por la barba muy corta que, en los últimos tiempos, mostraba más canas que pelo oscuro.

Su mirada, normalmente amable, estaba ensombrecida por algo más profundo.

Morgan se preparó para las malas noticias mientras él se quitaba las gafas y se quedaba mirándola largo y tendido.

—Gracias por pasarte por aquí. —El hombre cruzó las manos sobre la carpeta.

Cuando prosiguió, la sonrisa no le llegó a los ojos—.

Sé que la hora de salida es una locura, así que voy a ser breve.

—Morgan sintió un nudo en el estómago y lamentó haber engullido la ensalada de gambas que había comido—.

Esta mañana he visto la rueda de prensa de la jefa de policía Raines.

No tenía ni idea de que tu familia estuviese tan involucrada en lo ocurrido.

Todo el mundo lo sabía, incluido su jefe. Su temperatura interna aumentó con rapidez y se agarró con fuerza al reposabrazos.

—Ha sido duro —masculló tras despegar la lengua del paladar.

—Lo cierto es que no puedo imaginármelo —dijo él con tono amable—. Y no voy a fingir que sí puedo. Pero quiero que sepas que este colegio, tus compañeros…, todos nos preocupamos por ti. Por eso te pido que te tomes libre el resto de la semana…

—¿Es por el asunto del recreo? Porque ya le he explicado a Shanice que…

Él alzó una mano.

—No se trata de Shanice, aunque ha estado insistiéndome para que te obligue a tomarte unos días libres. Has sido una piedra angular para esta escuela, Morgan, pero, ahora mismo, no tienes que hacerte la heroína.

—No he dejado por escrito ninguna programación para un posible sustituto —replicó ella con tono débil mientras enumeraba sus diferentes pensamientos con los dedos—. Es el primer día tras las vacaciones. Tenemos que hacer un repaso antes de continuar con…

—Nosotros nos encargaremos de todo —le aseguró él con una leve sonrisa—. Márchate para estar con tu familia.

Morgan negó con la cabeza.

—Los niños necesitan organización. Si no estoy ahí… —Antes de que se diera cuenta, los ojos se le llenaron de lágrimas—. No pue… no puedo marcharme sin más —tartamudeó. La fuerte emoción que le estaba creciendo en el pecho la tomó desprevenida.

El último lugar en el que quería estar era el Daffodil Inn.

El director Alien frunció los labios y le tendió un pañuelo de papel.

—Eres una de las mejores profesoras de Morningstar.

Acudes todos los días, estás totalmente presente y preparada.

Eso es lo que hace que seas increíble en tu trabajo.

Pero lo cierto es que no puedes cuidar de los demás si antes no cuidas de ti misma.

Tienes demasiadas cosas entre manos y queremos ayudarte para que puedas ser la mejor versión de ti misma.

—Tomó la carpeta que tenía enfrente—. Aquí tengo seis años de recomendaciones y cartas tanto de padres como de alumnos.

El hombre abrió la carpeta. En la parte superior había una cartulina con un dibujo del planeta Tierra. Morgan reconoció de inmediato la representación que Angel había hecho de ella en la cima del mundo. Sobre su cabeza podían leerse las palabras: «La mejor profesora del mundo».

La presión que había sentido en el pecho se desbordó y la presa que había construido para contener sus sentimientos se quebró al fin.

La carpeta no estaba llena de quejas por escrito o advertencias: eran todo elogios.

Aun así, que le dijeran que tomara un poco de distancia era como recibir un puñetazo en la tripa.

Mientras lloriqueaba sobre el escritorio, el director Alien mantuvo un tono de voz calmado y cálido. Le tendió la caja de pañuelos de papel.

—Tómate un tiempo. Nosotros nos encargaremos de todo.

Morgan se tragó el nudo que tenía en la garganta y asintió.

—Gracias por no despedirme.

—Ni se me ocurriría. Nos vemos la semana que viene a primera hora, señorita Morgan.

Ella le estrechó la mano que le tendía, le dedicó una sonrisa forzada y salió de allí.

En la oficina principal, el señor Wallace estaba intentando desatascar la fotocopiadora mientras miraba con frenesí el reloj de la pared. Cuando pasó a su lado, se incorporó y le dedicó la misma sonrisa de lástima que le había dedicado la señora Alston.

Sus pertenencias la esperaban en el escritorio de la secretaria.

—Te he metido una botella de agua —dijo la mujer mientras le daba una palmadita a su bolsa del almuerzo—. Parecía como si estuvieras a punto de desmayarte.

Morgan se rio con suavidad.

—Gracias.

La señora Alston le hizo un gesto para que se fuera.

—Vete ya, antes de que te vean los niños.

Mientras atravesaba el aparcamiento, se dio cuenta de lo extraño e ilegal que le parecía marcharse del colegio antes de que lo hubieran hecho todos los autobuses.

A pesar de que le habían dado permiso, era como si estuviera haciendo pellas.

El viaje en coche hasta el Daffodil Inn era corto, pero jamás se había sentido tan lejos de casa.

Aquella tarde, Morgan llegó a casa de Jesse y Nia con su archivador de dama de honor y dos botellas de vino. Antes de que pudiera subir los espaciosos escalones de cemento, su amiga abrió la puerta de par en par.

—Por favor, dime que traes alcohol.

Ella le mostró una bolsa de plástico que contenía dos botellas nuevecitas de pinot noir . Aliviada, Nia dio un paso atrás para dejar que entrara.

Morgan se dio cuenta de inmediato de que, desde la última vez que habían estado allí todos juntos para celebrar el compromiso de la pareja, Jesse había redecorado.

Había reemplazado los sofás de cuero castaño que la madre de Jesse denominaba «mobiliario de fraternidad universitaria» por un sofá modular gris suave con botones que hacía que el salón pareciera más elegante.

Las fotografías de Jesse que antes adornaban la repisa de la chimenea también habían desaparecido y habían sido sustituidas por imágenes de Nia y él en diferentes destinos vacacionales, sonriendo de oreja a oreja con el amor danzando en los ojos de ambos.

En las fotografías también aparecían los padres de él, recorriendo lugares de todo el mundo con las manos entrelazadas.

Había una de la graduación de Niles. En otra, Morgan se reconoció a sí misma, tomada del brazo de Nia durante la reinauguración de The Cinnamon Scoop.

El amor emanaba de cada rincón de aquella casa. Intentó no vomitar.

—Ambas botellas son para mí —anunció—. Te dejaré dar un trago si me lo pides amablemente.

Jesse, que estaba en el sofá, soltó una carcajada. Morgan lo saludó con una colleja. Él se llevó una mano a la zona con gesto de ofensa fingida mientras ambos se echaban a reír.

—Así que ha sido un mal día, ¿eh? —le preguntó Nia mientras ella sacaba las cosas en la cocina.

—Ni te lo imaginas —masculló mientras negaba con la cabeza.

Antes de que pudiera desahogarse de sus penas con su mejor amiga, Jesse las interrumpió y dijo:

—Disfruten mucho, señoritas. Yo me retiro a mi guarida.

—Lo tienes bien amaestrado —comentó Morgan con una mano en la cadera—. Me gustan los hombres que saben que tienen que marcharse cuando están hablando los adultos. —Jesse puso los ojos en blanco y ella levantó un dedo—. No tan rápido, señor agente.

Él gruñó.

—Pensaba que iba a irme de rositas…