Capítulo 12 Morgan
Morgan
Morgan apenas podía mantener la concentración.
Entre la discusión con su madre, la aparición de Cameron y el hecho de que Will le hubiese pedido una cita, la cabeza le daba vueltas.
Ni siquiera se había tomado la segunda taza de café y casi era mediodía.
Tendría que estar poniendo nota a los deberes de sus alumnos mientras disfrutaba de un poco de calma durante el recreo.
Frente a ella tenía una pila de papeles, listos para recibir alguna anotación de su bolígrafo rojo de confianza o una estrella dorada y resplandeciente.
De vez en cuando, los gritos de sus alumnos se filtraban a través de la ventana abierta que tenía junto a ella, lo que la sacaba de sus pensamientos, que parecían regresar a Will cada pocos minutos, reproduciendo en bucle la conversación que habían mantenido por la mañana.
¿Una cita? ¿Con Will? En plan… ¿a solas? ¿Ellos dos? No podía imaginárselo. Necesitaba que alguien cuerdo la aconsejara, así que sacó el teléfono móvil para mandarle un mensaje a Nia.
M: ¿Vamos a Redfern Tavern esta tarde?
Nia le contestó casi de inmediato.
N: Vamos a escoger mi segundo
vestido, ¿no te acuerdas?
El teléfono volvió a vibrar cuando recibió otro mensaje.
N: Además, le he prometido a Will
que cuidaríamos de Angel.
Morgan estuvo a punto de salir disparada de su asiento cuando oyó que llamaban a la puerta del aula.
El teléfono se le escapó de las manos y repiqueteó sobre el escritorio.
Cuando alzó la vista, se encontró con la señorita Shanice, la otra profesora de primer curso, que mostraba una sonrisa de preocupación.
Shanice Brooks era una profesora joven, recién salida de la universidad, con grandes sueños y una melena aún más abultada. Morgan llevaba evitándola desde que al comienzo del curso escolar había sugerido que impartiera una sesión formativa sobre gestión del aula para todo el colegio.
No era ningún secreto que Morgan estaba a cargo de la clase más disciplinada de la Escuela Primaria Morningstar.
A pesar de que, para todos los demás, tan solo se debía a que «no es más que primero», ella sabía que existía esa diferencia.
Tenía el historial que demostraba que, más adelante, los alumnos que salían de su clase siempre destacaban.
Era consciente de que todavía le quedaba un largo camino por recorrer en el sistema educativo, pero, en el fondo, sabía que enseñar a niños era su vocación. Nunca había estado tan segura de nada y no iba a permitir que los comentarios de su madre la hicieran dudar de ello.
—Toc, toc —dijo Shanice desde el otro lado de la ventanilla rectangular que había sobre la manilla de la puerta.
Morgan echó un vistazo al reloj de la pared del fondo. Llegaba tarde. Salió corriendo y se encontró con un pasillo repleto de niños de primer curso que la estaban mirando.
—¿No te has olvidado de algo? —preguntó la otra profesora mientras señalaba la manada de pequeños recién llegados del recreo con una pátina de sudor sobre la cara y tierra manchándoles la ropa y apelmazándoles el pelo.
—Mierda —dijo ella en voz baja.
En todos los años que llevaba enseñando, jamás se había olvidado de ir a recoger a su clase.
Con una sonrisa forzada en el rostro, buscó mentalmente una excusa, pero sabía que sus alumnos eran demasiado listos para cualquier cosa que se le pudiera ocurrir.
La perfecta señorita Morgan se preparó para recibir una buena regañina.
—¡Señorita Morgan, se ha olvidado de nosotros! —la acusó una vocecita procedente del fondo de la fila.
La cháchara prosiguió sin pausa. La mejor manera de empezar a dirigirse a una marabunta de humanos diminutos y revoltosos era disculpándose.
—Lo siento, chicos, no he… —comenzó a decir.
Ellos no aceptaron aquella ofrenda de paz. Le arrojaron preguntas y acusaciones más rápido de lo que podía responderlas.
—¡Estábamos quemándonos ahí fuera!
Entonces llegaron las peticiones, que no tardaron en convertirse en exigencias.
—¡Necesito agua!
—¡Tengo tanta sed que podría morirme!
—¿Y cómo podrías hablar si estuvieras muerta?
—¡No digas «muerta»!
—¡Mi mamá dice que es una palabra fea!
Morgan se sentía como si tuviera pelotas de tenis rebotándole dentro de la cabeza.
Las voces de los niños se estaban transformando en la discusión con su madre.
El grito del sábado por la noche le atravesó el cerebro y todo ello se fusionó en una sola voz que repetía como un eco: «¡Es todo culpa tuya! ».
El corazón le palpitaba contra los oídos y sintió una presión que le crecía en el pecho hasta que juntó las manos con una palmada atronadora que silenció aquel caos de inmediato, tanto en su interior como en el exterior.
—Si podéis oírme, dad una palmada —ordenó mientras soltaba aire entre dientes.
Resonó una sola palmada.
—Si podéis oírme, dad dos palmadas —pidió de nuevo.
En esa ocasión, los niños aplaudieron dos veces. Entonces, con voz calmada, Morgan dijo:
—Labios sellados y manos a la cadera.
En silencio, los niños se posaron un dedo sobre los labios, se llevaron la otra mano a la cadera y se regañaron los unos a los otros hasta que formaron una fila recta.
Los alumnos de la señorita Shanice se quedaron mirándolos fijamente, maravillados.
Por encima del hombro, Morgan señaló en dirección al aula.
—Adentro —les dijo.
De uno en uno, en fila, fueron entrando en la clase. Se oyó el ruido de las sillas arañando las baldosas conforme los niños fueron ocupando sus asientos habituales. Después, esperaron a que les dieran más indicaciones.
—Gracias, Shanice —dijo Morgan mientras se giraba hacia la otra profesora, que estaba boquiabierta—. Te pido disculpas por llegar tarde. No estaba pendiente de la hora. No ocurrirá de nuevo.
Mostrando todos los dientes, la mujer le devolvió una sonrisa con aire de disculpa.
—De verdad, no hay problema. Nos encanta estar con los de la clase A.
Shanice abrió la puerta del aula y sus alumnos entraron en tropel mientras un aluvión de gritos de felicidad resonaba por el pasillo. Cerró la puerta tras los pequeños y se acercó a ella.
Morgan hizo lo mismo, no sin antes lanzarles a sus estudiantes una mirada severa. Shanice frotó sus manos arregladas, mientras pasaba la vista por el suelo, buscando qué decir, y Morgan supo lo que se avecinaba.
—Eh… Me he enterado de lo que ha ocurrido en la pensión. Me sorprende que hayas vuelto al trabajo. Todos creíamos que te tomarías unos días libres y que yo tendría que encargarme de ambas clases durante un tiempo, pero la señora Alston nos ha dicho que no has pedido sustitución…
«¿Todos?», se preguntó Morgan. ¿Acaso el claustro entero se había reunido en la sala de descanso para cuchichear a sus espaldas?
—Shanice, estoy bien, de verdad. —No estaba segura de a quién estaba intentando convencer, si a su compañera o a sí misma—. No es para tanto.
La otra mujer le apoyó una mano en el hombro con suavidad. Ella bajó la vista hacia sus uñas perfectas de forma ovalada y con manicura francesa.
—Me apuesto algo a que para tus padres sí es para tanto.
Morgan retrocedió y le apartó la mano de golpe.
—No menciones a mis padres —le advirtió con una furia que no había sido consciente de albergar. En aquel momento, sus padres eran un tema sensible, un moratón demasiado inflamado.
—No pretendía ser insensible, tan solo quiero ayudar. Sé que debe de ser difícil lidiar con esto. Ve a estar con tu familia. El trabajo puede esperar.
Morgan volvió a mirar a sus alumnos a través de la ventanilla y pensó en los comentarios de su madre: «Los colores primarios y los sonidos de los animales».
Entonces pensó en los objetivos de desarrollo que estaba a punto de superar.
No podía parar en ese momento bajo ningún concepto.
Si tenía que renunciar a alguna cosa en su vida, no iba a ser a esos niños.
Además, le vendría bien tener esa distracción, algo a lo que aferrarse, porque el resto de su mundo se estaba desmoronando.
—No, no puede esperar —contestó antes de volver a entrar en el aula.
A la hora de la salida, Morgan no fue capaz de pasar frente a la oficina principal sin que le bloqueara el paso un obstáculo cubierto de pedrería con la forma de la señora Alston, la ayudante de administración de la escuela.
—El director Alien quiere verte, cielo —dijo con las manos extendidas, ofreciéndose a guardarle sus posesiones con una sonrisa cálida pero de lástima.
Morgan titubeó.
—¿Ahora mismo? —Echó un vistazo a su pulsera de actividad—. Tengo diez minutos antes de que la fila para recoger a los niños empiece a dar la vuelta a la esquina. Si puede esperar…
Por encima de la montura de las gafas, la señora Alston le dedicó una mirada firme que hizo que supiera que aquel asunto ni podía ni iba a esperar.
—Vamos —le dijo la mujer mientras le indicaba con un gesto que pasara a la oficina principal.
Morgan suspiró y le entregó sus cosas.
En una vida pasada, aquella mujer debía de haber sido una sargento instructora.
No dejaba que nadie vagueara, ya fueran alumnos, profesores o padres.
Usaba un perfume de lavanda tan fuerte que podría tener su propio código postal.
Aquel día llevaba las uñas pintadas de un verde lima deslumbrante que hizo que Morgan se preguntara en qué consistiría su vida después del trabajo.
Había oído que se pasaba las noches y los fines de semana en el casino de Asheville, pero jamás se atrevería a decirlo en voz alta.