Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 11 Will #4
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Capítulo 11 Will #4

Mientras se adentraba con cautela en aquella quietud y se abría paso hacia las profundidades de la sala, notó cierta tensión sobre los hombros.

Se sintió atraído por la estantería metálica que contenía tomos gruesos encuadernados en cuero. Los lomos de los libros estaban desgastados, tenían grabados con pan de oro y cada uno estaba etiquetado con su año correspondiente. En la pared había un cartel de madera laminada:

ARCHIVOS DE THE CINNAMON CHRONICLE .

Se quedó allí parado un instante, pensativo. ¿Por dónde podría empezar? ¿Qué estaba buscando siquiera?

Se acordó de una fotografía que había en la repisa de la chimenea del salón principal del Daffodil Inn. La madre de Morgan, Vanessa, mecía a su hija bebé entre los brazos mientras miraba a cámara con una sonrisa de oreja a oreja. En la esquina izquierda de la imagen se leía el año: 2000.

Pero ¿qué había sido del Daffodil Inn antes de que los Taylor hubieran llegado o de que los propietarios hubieran sido Eleanor y su esposo, Thomas? Tenía que haber algún tipo de registro del momento en el que la finca había cambiado de propietario. Will juntó las manos, pensativo.

«¿Cuánto tiempo lleva en pie ese lugar? ¿Veinte años? ¿Treinta? ¿Más?», se preguntó.

Pasó los dedos enguantados por la primera década del siglo XXI , los noventa, los ochenta, los setenta y se detuvo.

Su preciosa niñita tenía siete años, así que escogió la edición de 1977 de The Cinnamon Chronicle .

Con un gruñido, sacó del estante el pesado tomo, cuyo cuero chirrió como el de un sillín de bicicleta.

Con un gesto de la mano, sacudió el polvo que se levantó en el aire al abrir el libro sobre la mesa de lectura.

Las páginas amarillentas crujían bajo sus dedos mientras escudriñaba las fotografías granulosas de desfiles del pueblo, debates electorales para la alcaldía e inauguraciones.

El pasado cobró vida a través de destellos de nombres que había oído mencionar de pasada a Harold Bones y de lugares que ya no existían.

No estaba seguro de qué estaba buscando; tan solo que se trataba de algo, lo que fuera, que pudiera arrojar un poco de luz sobre la mujer que se encontraba en el centro del caos del Daffodil Inn.

Se detuvo en un articulito. El titular que se encontraba casi al final de la página le llamó la atención: INVERSOR LOCAL COMPRA PROPIEDAD JUNTO A LA ORILLA DEL RÍO .

El artículo era breve, poco más que un par de párrafos enclavados entre un anuncio de fertilizante para el jardín y otro de un desayuno con tortitas por cinco dólares.

«La extensa franja de terreno que recorre la orilla del río Cinnamon, admirada desde hace tiempo por sus vistas y las flores silvestres que crecen en primavera, ha sido oficialmente adquirida por Thomas Langford, procedente del norte de Georgia.

Langford anunció que planea construir una casa privada en la propiedad.

El terreno fue vendido en una subasta municipal a principios de primavera».

Bajo el texto, había una fotografía en blanco y negro, granulosa y descolorida, pero Will tan solo pudo distinguir a un hombre de pie frente a una hilera de árboles con un puñado de planos enrollados bajo el brazo.

Sonreía con orgullo. Will se acercó un poco más.

El fondo de la imagen mostraba el terreno tal como había sido en el pasado: sin narcisos, tan solo una suave pendiente hasta la orilla del río con un bosquecillo de árboles y matorrales detrás.

Volvió a echar un vistazo en torno a la estancia y se dio cuenta de que uno de los cajones del archivador que tenía al lado sobresalía.

Estaba ligeramente abierto, como si alguien hubiese estado investigando algo y lo hubiesen llamado para hacer otra tarea.

Se acercó y leyó el cartel que había sobre el mueble:

PROPIEDAD DE LA SOCIEDAD HISTÓRICA DE CLNNAMON FALLS .

Abrió del todo el cajón y encontró decenas de carpetas separadas y etiquetadas por año con documentos con encuadernación en espiral.

La única que estaba abierta era una de 2020.

Will sacó el documento de la carpeta con cuidado y lo llevó a una de las mesas de estudio de madera que se encontraban en el centro de la sala.

El tomo era más pesado de lo que había esperado e hizo una mueca cuando cayó sobre la mesa con un golpe.

No tenía las agallas suficientes para mirar a Elizabeth, pero estaba seguro de que lo estaba observando con mucha atención.

DECLARACIONES FINANCIERAS DE LA CAMPAÑA

ELECTORAL DE 2020 A LA ALCALDÍA .

Tras pasar la primera página, se dio cuenta enseguida de que las cuentas que estaba leyendo eran las de la campaña electoral más reciente de Asad Lyons.

El registro era exhaustivo y todos los donantes aparecían en una lista junto con su dirección, el nombre de su empresa y la cantidad que habían aportado.

«¿Por qué querría alguien investigar ahora mismo al alcalde Lyons?», se preguntó Will. Lo último que sabía era que el exalcalde se estaba pudriendo en una celda, a la espera del juicio. Aquellos datos eran inútiles y seguían sin darle ningún tipo de información sobre Eleanor.

Frustrado, estaba a punto de volver a dejar el tomo en su lugar cuando se dio cuenta de que había unas leves marcas en los márgenes.

Se puso en pie y acercó el libro un poco más a la luz que pendía sobre su cabeza.

Había dos nombres rodeados con unos círculos dibujados a lapicero que apenas eran visibles a menos que la luz incidiera en el punto exacto: Northbridge Management Group y Cedar Creek Solutions, LLC .

Ambas empresas habían donado cantidades considerables para la campaña de Lyons: siete mil quinientos y diez mil dólares respectivamente.

Aquellos nombres no le decían nada, pero para alguien sí tenían algún tipo de importancia.

La suficiente como para hacer una nota que pudiera encontrar otra persona.

Se giró hacia Elizabeth:

—¿Sería posible que me llevara este tomo durante varios días?

La mujer señaló otro cartel que estaba a su lado.

—Todos los materiales del archivo deben permanecer en la biblioteca.

—Will asintió con la cabeza. Era de esperar.

La mujer se levantó de su asiento, se puso un par de guantes y se acercó a él con una hoja de papel y un sello—.

Llevamos un registro de circulación para control interno, así que tengo que sellarlo.

Le dio la vuelta al tomo con cuidado, anotó el título y, junto a él, selló la fecha de aquel día. Mientras escribía su nombre con letra pulcra junto a ella, Will echó un vistazo por encima de su hombro a la lista de usuarios que habían consultado el libro con anterioridad.

El nombre que aparecía sobre el suyo, inscrito con fecha de dos semanas antes del Daffodil Jubilee, era el de Eleanor Langford.

Justo en ese momento empezó a sonarle el teléfono, lo que hizo que el corazón le diera un vuelco en el pecho. Se apresuró a responder y presionó el lateral a través de los vaqueros para quitarle el sonido. La bibliotecaria lo miró con desagrado.

Se llevó el aparato al oído.

—Hola. Estoy en la biblioteca. ¿Qué ocurre?

Jesse respondió:

—¿En la biblioteca? No sabía que supieras leer.

Will echó un vistazo por encima del hombro. Elizabeth lo estaba fulminando con una mirada tan ardiente como un millar de soles.

—Nada de teléfonos —gesticuló con los labios.

—¿Qué ocurre, colega? Estás a punto de hacer que me asesinen —gruñó mientras se encogía aún más en su asiento.

—¿Podríamos vernos en Redfern a las ocho? Tengo noticias.

—No puedo. Tengo a Angel —le recordó Will. Le daba envidia que sus amigos solteros y sin hijos pudieran ir donde quisieran sin pensárselo dos veces. Echaba de menos ese tipo de vida despreocupada, pero no cambiaría a su hija por nada del mundo, incluyendo las copas baratas de aquella taberna.

—Llévala a mi casa. Estoy seguro de que a Nia le encantaría hacer de canguro —le ofreció Jesse.

Will chasqueó los labios.

—¿Sabe Nia que le estás endosando algo así?

—Esta noche va a echarme de casa —respondió su amigo—. Al parecer, se trata de un asunto ultrasecreto para la boda. Morg estará con ella, así que pueden convertirlo en una noche de chicas.

Will se puso en pie, se quitó los guantes con cuidado y miró la hora en el reloj. Era poco después de mediodía y tenía que prepararse para su primer cliente.

—Si a ella le parece bien, estupendo. De lo contrario, tal vez tengamos que dejarlo para otra ocasión.

Se produjo un breve silencio y, entonces, Will oyó un zumbido al otro lado de la línea.

—Me ha contestado con un mensaje escrito en mayúsculas —dijo Jesse—. Creo que está más emocionada de lo que va a estarlo tu hija.

—Acabaré con mi último cliente justo antes de que Angel salga de clase. ¿Nos vemos en tu casa en torno a las cinco?

—¡Caballero! —Elizabeth tenía las cejas fruncidas a causa de la frustración, harta de Will.

Él salió corriendo del archivo antes de acabar siendo la siguiente persona en morir en Cinnamon Falls.