Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 11 Will #3
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Capítulo 11 Will #3

—Tengo algunos clientes más tarde —contestó él—.

No puedo dejar de pensar en lo que Clarissa Hargrove me contó sobre Eleanor.

Ayer, después de dejar la pensión, la pequeña y yo nos pasamos por The Toasted Pecan.

—Morgan se acercó un poco más—. Me dijo que a nadie del pueblo le importaba Eleanor, excepto a los de la biblioteca.

Voy a pasarme por allí para ver si puedo conseguir algo de información sobre quién podría haber hecho esto.

Ella se mordió el labio inferior, pensativa.

—Buena idea. —Sonó la campana del colegio y la profesora echó un vistazo por encima del hombro mientras los alumnos comenzaban a entrar en el edificio—. ¿Me contarás lo que descubras?

Él asintió.

—Por supuesto.

—¡Nos vemos!

Morgan se despidió de él con un gesto de los dedos y acompañó al interior a los estudiantes rezagados.

Will esperó hasta estar lejos del aparcamiento de la Escuela Primaria Morningstar y haber recorrido la mitad de Main Street para alzar un puño en el aire.

La biblioteca de Cinnamon Falls olía a papel viejo y a abrillantador de muebles de limón, aromas que resultaban reconfortantes y nostálgicos a partes iguales. El edificio cuadrado de ladrillo se alzaba tranquilo en un extremo de Main Street, a apenas unas manzanas de la comisaría y el ayuntamiento.

Will no conseguía sacarse de la cabeza las palabras de Clarissa.

¿Nadie del pueblo echaría de menos a la señora Eleanor Langford excepto un puñado de bibliotecarios?

¿Quién había sido Eleanor en realidad? No sabía demasiado sobre resolver asesinatos, eso era asunto de Jesse, pero sí sabía que la mujer que había conocido estaba a años luz de la que Clarissa le había descrito.

Si podía descubrir más cosas sobre ella, tal vez pudiera descubrir cómo había muerto.

Y, si podía descubrir cómo había muerto, tal vez Angel pudiera encontrar algo de paz.

Podría recuperar a su hija y los Taylor podrían recuperar su negocio y su reputación.

El pueblecito encantador del que se había enamorado volvería a ser como antes: un lugar mágico en el que su hija y él podían permanecer sanos y salvos.

Había encontrado su propia comunidad y estaba dispuesto a hacer todo lo posible para protegerla.

Will cruzó las puertas dobles justo cuando salía una mujer mayor, que hizo una pausa para mirarlo de arriba abajo sin ningún pudor.

Él le hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo, lo que le granjeó un guiño de ojos coqueto antes de que las pesadas puertas de madera de roble se cerraran tras él.

Echó un vistazo a su alrededor. Había un anuncio de las autoridades de Cinnamon Falls e incluso una placa dedicada a una tal Edwina Rutherford, que, antes de morir, había sido la bibliotecaria jefe durante cuarenta años.

Sin embargo, no había ninguna mención a Eleanor Langford.

El interior de la librería estaba iluminado tenuemente por unas ventanas altas con paneles a rombos que proyectaban una luz fragmentada sobre las baldosas desgastadas.

El aire estaba en calma, como si toda la estancia estuviera conteniendo la respiración.

Los techos altos con vigas de madera otorgaban al espacio una quietud propia de una catedral.

Con sus pisadas resonando de forma ligera, Will se adentró más en el edificio.

La sección infantil estaba ubicada a la izquierda y señalizada con un arco de madera tallada que rezaba: LA AVENTURA COMIENZA AQUÍ .

Mal pegada al arco con cinta adhesiva había una marioneta de un dragón que colgaba a duras penas y cuya lengua estaba lanzando una llamarada roja.

De refilón, vio unos dibujos hechos con pinturas de dedos que se estaban secando en un cordel que se extendía de un lado a otro de la sala.

A su derecha, al fondo de un pasillo estrecho flanqueado por pósteres descoloridos en los que aparecían famosos del pasado implorando a los niños que leyeran, se encontraba el archivo.

Hacia allí se dirigía. Pero, antes, se detuvo para tomar nota del tablón de anuncios que se encontraba en la pared más alejada.

Sobre él se extendían folletos coloridos que parecían formar un mosaico: ayuda para preparar los impuestos, yoga para personas mayores y clases particulares para después del colegio.

Le llamó la atención uno en particular:

CLUB DE DIBUJO PRIMAVERAL PARA ARTISTAS EN CIERNES.

REUNIONES QUINCENALES LOS SÁBADOS A LAS 10 H

SE PROPORCIONAN TODOS LOS MATERIALES .

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTE A LOS BIBLIOTECARIOS .

Will dibujó una sonrisa con los labios. A Angel le encantaría algo así.

Su cuaderno de bocetos ya estaba repleto de dibujos de hadas, animales con tutu, bocetos de narcisos e incluso edificios.

Había uno del patio del Daffodil Inn en el que la pequeña había trabajado sin descanso.

Incluso había dibujado a la gata de su tía Nia, Midnight, con una mirada amenazante.

Arrancó el folleto de su lugar y lo llevó al mostrador principal. Una chica con trenzas de color azul eléctrico y un pin que decía ClNNAMON FALLS LEE prendido de la identificación alzó la vista y le sonrió.

En la placa vio que se llamaba Quinn.

—¿Necesita ayuda? —le preguntó mientras cerraba de golpe el enorme libro de tapa blanda que estaba leyendo.

Él asintió y le mostró el folleto.

—¿Siguen abiertas las inscripciones? Mi hija está en segundo curso y le encanta dibujar.

A Quinn se le encendieron los ojos redondos.

—¡Por supuesto! Nos quedan varias plazas. ¿Cómo se llama? La añadiré a la lista.

—Angel Reed —respondió.

La joven tomó un portapapeles que tenía debajo del mostrador y pasó varias páginas antes de garabatear el nombre de Angel en una lista que parecía consistir en otros seis niños. Will le dio sus datos de contacto.

—Le darán un cuaderno de dibujo, lápices de colorear y, si lo desea, ayuda personalizada. En mayo hacemos una exposición primaveral y, en esta ocasión, contaremos con el nuevo alcalde. El mejor dibujo colgará de su oficina durante el resto del mandato.

Will podía imaginarse a Angel alzando su creación en el aire con una sonrisa tan resplandeciente como el sol.

—Esto la va a emocionar mucho.

Quinn le tendió un papel con la hora y el lugar de las reuniones.

—¡Nos vemos el próximo sábado!

Con un gesto de agradecimiento, volvió a colocar el folleto en su sitio.

—Una última cosa —añadió él—. ¿Podría indicarme dónde se encuentra la placa de Eleanor Langford? Me han dicho que le tenía mucho cariño a este sitio.

La sonrisa de Quinn se desvaneció de inmediato.

—Eleanor significaba mucho para nosotros. Nos hemos quedado destrozados esta mañana cuando nos hemos enterado de la noticia. Su placa se encuentra en el archivo, en la puerta. Solía pasarse horas en esa sala. Todavía me parece increíble que ya no esté entre nosotros.

—Siento su pérdida —comentó Will, que odió no poder ofrecerle más que palabras de consuelo y miradas de pena.

Mientras se dirigía hacia el archivo, deseó que la paz de aquel lugar le diera un momento para poner orden entre sus pensamientos.

La sala se encontraba en el rincón más alejado, más allá de la sección de no ficción.

Will pasó junto a una vitrina cerrada con llave que contenía libros antiguos y raros, así como fotografías en color sepia de los primeros tiempos de Cinnamon Falls y el documento descolorido de la fundación del pueblo, que se enrollaba sobre sí mismo y tenía los bordes descoloridos y amarillentos.

Sobre el cristal esmerilado de una puerta había una placa de latón que rezaba:

COLECCIÓN DE ARCHIVOS DE CINNAMON FALLS .

Y, debajo, otra:

FINANCIADA POR LOS AMIGOS DE LA BIBLIOTECA ,

ELEANOR LANGFORD Y RONALD HARTLEY .

Al otro lado de la puerta, Will vio a una mujer que vestía una chaqueta color crema abotonada hasta la barbilla y que estaba sentada tras un mostrador alto de madera de roble.

Llevaba la melena recogida en un moño apretado y unas gafas de montura cuadrada reposando sobre la punta de la nariz.

Llamó con suavidad al cristal y ella alzó la vista sin sonreír.

Se recolocó las gafas con un gesto experto antes de permitirle entrar.

—Si desea usar la sala de los archivos, regístrese, por favor —le indicó ella con tono educado pero cortante.

La mujer señaló un archivador de tres anillas que estaba abierto. La hoja superior mostraba la fecha de aquel día. Por el momento, Will era el único visitante.

La placa dorada que había sobre el mostrador resplandecía, mostrando su nombre: Elizabeth. Will se dispuso a entablar conversación con la esperanza de que eso los llevara a hablar de Eleanor. Sin embargo, ella lo interrumpió antes de que pudiera decir nada.

—Hay varias normas en el archivo —comenzó Elizabeth de forma robótica—: nada de bolígrafos, comida o fotografías. Y no tiene permitido, bajo ningún concepto, tocar ningún material sin los guantes proporcionados.

Al borde del mostrador había una caja de guantes de algodón blancos y nuevos. Will se puso un par. Elizabeth observó todos sus movimientos, no con gesto suspicaz, sino con los ojos de una maestra bien entrenada en ese arte.

—Si necesita ayuda para encontrar algo, tiene un directorio en la pared.

Will supuso que tendría que arreglárselas él solo.

Se dio la vuelta y respiró hondo. La sala de los archivos se extendía tras el mostrador, iluminada tenuemente por lámparas de latón que proyectaban un leve resplandor.

Hasta donde le alcanzaba la vista, las paredes estaban cubiertas por archivadores de madera y estanterías de metal repletas de cajas de documentos y libros enormes encuadernados en cuero.

Apoyada en una de las paredes había una escalerilla corrediza con un cartel que decía: NO UTILIZAR SIN AYUDA DEL PERSONAL .

El único sonido que se oía era el tictac del reloj de pared y el cortante pasar de las páginas de la lectura de Elizabeth. Will se dio cuenta de que allí hacía más frío que en el resto de la biblioteca. El aire también le pareció más cargado.