Capítulo 11 Will #2
En el carril que utilizaban los padres para dejar a sus hijos en la Escuela Primaria Morningstar, Will esperó impaciente tras el Pinto de Amanda Jenkins, que vibraba, mientras tamborileaba los dedos sobre el volante.
El diminuto aparcamiento con forma de semicírculo estaba repleto de camionetas, todoterrenos, padres con prisas y, por último, el Pinto traqueteante de Amanda.
Ni siquiera había sido consciente de que todavía fabricaran aquel modelo y, mucho menos, de que fueran a vender uno que se sacudiera como la hoja de un árbol antes del invierno.
Los cuatro hijos de la mujer salieron del asiento trasero, uno detrás del otro, con una galleta glaseada en una mano y la mochila en la otra.
Amanda, con sus piernas largas y su actitud desafiante, también bajó del vehículo y Will deseó que Angel no se diera cuenta de que el aliento se le había atascado en la garganta.
Tosió con el puño sobre la boca y apartó la vista a toda velocidad de la mujer que tenía frente a él y que iba vestida con dos prendas diminutas de tela vaquera cuyas costuras parecían sobrevivir a duras penas.
Amanda se dio la vuelta y saludó a Will con la mano, dejando a la vista sus treinta y dos dientes y más piel que un recién nacido.
Él echó un vistazo al salpicadero digital.
Tan solo eran las siete y media de la mañana.
—¡Buenos días, Will! —dijo ella con voz cantarina mientras sacaba un lado de la cadera para lucir unas curvas que no necesitaba exhibir.
En ese momento, Will supo con exactitud cómo debía de sentirse un pez al boquear.
Lo peor de Cinnamon Falls era su tamaño.
Las mujeres solteras podían olisquear a un recién llegado como si fueran sabuesos.
Siempre se había considerado guapo, por supuesto, pero en aquel pueblecito no habría importado que hubiese tenido un rostro que solo sirviera para la radio por su falta de belleza y apenas tres dientes buenos: alguien habría coqueteado con él.
En las tiendas chocaban con él supuestamente por accidente o, por algún motivo misterioso, siempre necesitaban un barbero nuevo para sus hijos.
Por norma general, en cuanto descubrían que no estaba interesado, solían dejarlo tranquilo.
No tenía el código moral más adecuado para hacer negocios, pero nunca había sido un mujeriego: se requerían demasiadas mentiras y, además, tenía una memoria lamentable.
Por otro lado, antes de poder plantearse siquiera mantener una relación física con una mujer, anhelaba que hubiera una conexión, algo más profundo que una cita con licor fuerte y sábanas arrugadas.
Con treinta años, deseaba algo tangible; algo a lo que pudiera aferrarse; algo estable.
Además, no solo era su corazón lo que estaba en juego.
Soltó una palabrota en voz baja, alzó la mano a modo de respuesta y le dedicó a Amanda un gesto seco de la cabeza.
Gracias a Dios, Angel, que estaba demasiado ocupada con su cuaderno de bocetos, no se había percatado de aquella interacción.
No tenía ganas de explicarle por qué no podía tener unos zapatos de tacón con plataforma rojos como los de la señora Jenkins.
Quiso fundirse con el asiento cuando se dio cuenta de que Morgan estaba justo enfrente del Pinto de Amanda, jugueteando con algo que llevaba en la falda.
Aquel día lucía una camisa con cuello vuelto de color lavanda recogida dentro de una falda ancha con un hibisco morado en la parte frontal.
Había alzado la vista justo a tiempo de presenciar la interacción entre Will y Amanda, pero, si le había dado algún tipo de importancia, no se le reflejaba en el rostro.
Parecía distraída, como si hubiese estado dándole vueltas a alguna idea que había desaparecido en cuanto sus miradas se habían encontrado.
Amanda pasó la vista entre Morgan y él y una sonrisa cómplice se le posó en los labios.
Una chica joven que se encontraba en el asiento delantero se inclinó hacia delante, lo que hizo que las trenzas rubias le enmarcaran el rostro, y gritó:
—¡Venga, mamá! ¡Vamos a llegar tarde!
Amanda se metió en el Pinto y se alejó de allí. Will avanzó lentamente con el coche y frenó frente a Morgan. Ella se agachó junto a la puerta y pasó un brazo a través de la ventanilla bajada de Angel.
—¡Señorita Morgan! —exclamó la pequeña mientras se apresuraba a soltarse el cinturón de seguridad—. ¡Hacía una eternidad que no la veía!
—Veinticuatro eternidades, para ser más exactos —bromeó Morgan con aquella sonrisa relajada que siempre lograba que a Will le diera un vuelco el corazón dentro del pecho.
Morgan estaba espectacular. Sin duda, el lavanda era su color.
Hacía que la piel de ébano le brillara con un resplandor que tan solo podía comparar con el amanecer de una mañana de primavera.
No sabía si tenía a alguien especial en su vida; en las conversaciones que mantenían o cada vez que compartían un momento de coqueteo, ella jamás mencionaba a nadie, pero, por el bien de sus propios sentimientos, tenía que asegurarse.
No quería admitir lo destrozado que acabaría si resultaba que tenía a un hombre en alguna parte o que no estaba interesada en conocerlo más a fondo.
Angel se soltó el cinturón y le dio a su padre un beso apresurado antes de salir del coche.
—¡Que tengas un buen día, melocotoncito! —le dijo él mientras salía corriendo por la acera en dirección al edificio.
La pequeña se dio la vuelta de golpe.
—¡No me llames así en público, papá! —Dio un golpe con el pie en el suelo y miró a su alrededor, avergonzada.
Sabía que odiaba cuando la llamaba «melocotoncito», pero tan solo le quedaban unos pocos años más de poder avergonzarla en el colegio y pensaba aprovechar ese tiempo…
—¡Te quiero, melocotoncito mío! —Will frunció los labios y, para rematar, hizo el ruido de un beso. Angel se cubrió las orejas y entró corriendo al colegio.
—Esa niña acabará metiéndote en una residencia —dijo Morgan con una carcajada mientras sacudía la cabeza.
—Y, cuando estire la pata, me aseguraré de perseguirla como fantasma —contestó—. Siento no haberme despedido ayer por la mañana. Las cosas estaban un poco… agitadas.
—No pasa nada, sé que tienes que cuidar de Angel. ¿Cómo se encuentra?
Will suspiró mientras cerraba los dedos con fuerza en torno al volante. ¿Cómo se encontraba su hija? Esa era la pregunta que llevaba reconcomiéndolo desde que se habían marchado de la pensión.
—Está muy callada —se limitó a decir, consciente de que aquello ni siquiera rascaba la superficie.
Lo cierto era que el silencio de la pequeña lo asustaba.
Nada, ni siquiera ver la televisión hasta tarde, las torres altísimas de tortitas o esos bolígrafos de gel tan caros podían hacer que reaccionara.
Aquello le partía el corazón. La luz de su interior había menguado y no tenía ni idea de cómo volver a reavivarla.
Estaba desesperado por arreglarlo, por hacer que el mundo volviera a ser seguro para ella.
No solo tenía miedo, también se sentía culpable.
Y agotado… Sentía una soledad que le calaba los huesos y que lo asaltaba a altas horas de la noche cuando estaba doblando sus calcetines diminutos y preguntándose si estaba haciendo lo suficiente por ella, si él mismo podría llegar a ser suficiente algún día.
Quería gritar hasta que dejaran de funcionarle los pulmones.
Quería que alguien le prestara atención y no se limitara a juzgarlo sin más.
Quería que alguien escuchara las palabras que le costaba pronunciar a causa del orgullo: «Lo estoy pasando mal».
Lo que de verdad quería y necesitaba era alguien en quien poder apoyarse, alguien que comprendiera lo que era cargar con el peso de las necesidades de todos los demás mientras enterrabas las tuyas propias.
Sin embargo, Morgan no necesitaba oír todo eso.
No con todo con lo que estaba teniendo que lidiar.
No podía arrojarle su propio dolor a los pies y esperar que ella lo recogiera.
Ya tenía bastante entre manos. Aun así, el simple hecho de estar cerca de ella hacía que sintiera que no estaba completamente solo.
—¿Will? —preguntó ella mientras chasqueaba los dedos frente a sus ojos—. ¿Estás bien?
La voz de Morgan atravesó su neblina mental como si fuera un faro en medio de una tormenta.
Pestañeó y volvió a centrar la vista en ella.
Parecía preocupada y era preciosa y real.
En ese instante se dio cuenta de lo mucho que deseaba pasar más tiempo con ella.
Quería saber qué era lo que la hacía reír y cuáles eran sus deseos más profundos.
Volvían a estar solos al fin. Era su oportunidad. O lo decía en ese momento o se alejaría de Morgan con más arrepentimientos.
Respiró hondo y carraspeó.
—¿Tienes algún plan el miércoles por la noche?
Con un anhelo repentino, observó a Morgan mientras se mordía el labio inferior, pensativa. Con cada agónico segundo que pasaba, sentía una mayor presión en el pecho.
—Creo que no; tendría que consultarlo con la agenda —contestó ella.
Will agarró con tanta fuerza el volante que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Me apuntarías para las ocho y media?
Morgan se inclinó con los ojos almendrados entrecerrados y un deje juguetón en la voz.
—¿Me está pidiendo una cita, señor Reed?
Una sonrisa se apoderó del rostro de Will. No era capaz de recordar cuándo había sido la última vez que había sonreído desde el sábado por la noche.
—Eso depende. ¿Me está diciendo que sí, señorita Taylor? Cuando ella le dijo que sí, Will se guardó su número de teléfono en el móvil.
—¿Tienes mucho trabajo hoy? —le preguntó Morgan, caminando junto a su coche mientras él avanzaba por el carril para dejar a los niños.