Capítulo 11 Will
Will
De pie en la cocina, con las piernas cruzadas y sosteniendo una taza caliente de té en una mano, Will estaba atento a la televisión de pared del salón y, de vez en cuando, echaba un vistazo a la olla que había en el fuego y en la que estaba cociendo huevos.
En la pantalla los flashes se dispararon cuando la jefa de policía Noelle Raines subió al podio del ayuntamiento.
Llevaba el uniforme azul marino planchado a la perfección y los accesorios metálicos resplandecían bajo las luces fluorescentes.
Jesse estaba a su izquierda con los brazos cruzados mientras pasaba los ojos entre los asistentes, barriendo la multitud con la vista de izquierda a derecha.
Su corte de pelo parecía impecable a través de la cámara, que estaba alineada a la perfección con su cabeza.
Mentalmente, Will se dio una palmadita en el hombro por su buen trabajo.
A la derecha de Raines se encontraba el alcalde, Sterling Tate, que tenía los brazos cruzados a la espalda y un gesto firme en la cara.
El detective Terrance Chambers estaba de pie junto a Jesse con postura relajada pero mirada seria.
La jefa de policía ajustó el micrófono para colocarlo a su altura y el silencio se posó sobre la bulliciosa multitud.
Junto a Will, la tostadora expulsó dos trozos de pan blanco, lo que hizo que volviera a centrar la atención en los huevos que estaba cociendo.
Giró el botón para apagar el gas y apartó la olla del fuego.
En la distancia, se interrumpió el sonido del grifo del baño.
Angel todavía se estaba arreglando. Con toda probabilidad, intentando decidir qué cinta de pelo quedaría mejor con su vestido.
Eso significaba que todavía disponía de unos pocos minutos de soledad.
Toqueteó el mando para bajar el volumen del aparato hasta que se convirtió en un murmullo grave y puso los subtítulos. No necesitaba que su hija oyera aquello.
—Gracias a todos por venir a pesar de haber avisado con tan poca antelación —dijo la jefa de policía Raines.
Su voz sonaba tranquila y ensayada—. El sábado 11 de abril, en torno a las once y media de la noche, se encontró a una mujer inconsciente en el laberinto de setos del Daffodil Inn.
La víctima ha sido identificada como Eleanor Langford, residente del pueblo desde hace mucho tiempo y antigua propietaria de la hacienda.
Will apretó la mandíbula. Lo había vivido en persona; había visto el cadáver de Eleanor con sus propios ojos.
Pero había algo en el hecho de escuchárselo repetir en voz alta a los agentes de policía que hacía que le pareciera más real.
Dio otro sorbo de agua templada mientras se le revolvía el estómago.
A lo largo de su vida, había experimentado una cantidad considerable de situaciones peligrosas, pero ninguna como un asesinato a sangre fría.
Eso era algo totalmente diferente, un nivel nuevo de maldad del que no conseguía hacerse a la idea.
—La señora Langford no era más que una huésped que asistía al festival de primavera anual, el Daffodil Jubilee.
Los servicios de emergencia acudieron de inmediato, pero, a pesar de todos sus esfuerzos, la señora Langford fue declarada muerta en el lugar de los hechos.
Al principio, dada la avanzada edad de la víctima y la ausencia de señales inmediatas de enfrentamiento, sospechamos que las causas de la muerte eran naturales —prosiguió Raines—.
Sin embargo, tras la autopsia realizada por la funeraria Whitfield Family Mortuary y los resultados de toxicología recibidos desde el laboratorio criminalístico de Asheville el domingo por la noche, podemos confirmar que la señora Langford recibió una puñalada mortal.
Además, las pruebas han revelado la presencia en su organismo de digitalis, más conocida como dedalera, en el momento de la muerte.
Rasándonos en dichos hallazgos, los investigadores creen que el envenenamiento podría haber contribuido o precedido al apuñalamiento.
Ahora mismo, a la espera del informe completo de la forense y los resultados de la investigación en curso, estamos tratando el asunto como un homicidio.
Gritos ahogados surcaron la audiencia. Entre la multitud, alguien exclamó:
—¡Dios, ten piedad!
Los periodistas comenzaron a garabatear mientras sus murmullos se volvían cada vez más fuertes.
Un millón de pensamientos lo asaltaron de golpe: su hija, Morgan, el señor y la señora Taylor, Eleanor o la idea de que alguien le hubiese puesto veneno a su taza de infusión (una infusión que su hija había estado bebiendo todos los días).
O su padre, Calvin, mencionando que algo se había comido su planta de dedalera.
Se estremeció al pensar lo siguiente: ¿y si, en su lugar, alguien la había robado? ¿Y por qué matar a la señora Eleanor?
Will estiró el brazo para dejar la taza en la encimera y no acertó con el borde.
La taza cayó el suelo y se hizo añicos con el impacto.
En voz baja, soltó una palabrota, recogió los fragmentos más grandes con las manos y tomó la fregona que había en el armario cercano para fregar el líquido.
Mantuvo la atención puesta en la televisión y escuchó con detenimiento mientras se ponía manos a la obra.
—Vamos a abrir la línea telefónica de colaboración ciudadana —dijo Jesse mientras se colocaba junto a Raines, dentro del encuadre de la cámara—. Y animamos a cualquiera que tenga información, sobre todo a aquellos que asistieron al Daffodil Jubilee, a que acuda a nosotros.
Eso hizo que Will se acordara de Caleb. Abrió su conversación y vio que el chico no le había contestado. Le envió otro mensaje:
Llámame.
La cámara se centró en Elaine Matthias, que se estaba levantando de su asiento entre el resto de la prensa.
La editora jefe de The Cinnamon Chronicle , una mujer canosa y muy aguda, no se contenía cuando se trataba de la Policía de Cinnamon Falls, sobre todo tras el escándalo de corrupción de Lyons.
—Jefa Raines —comenzó a decir mientras se subía por la nariz las gafas de montura redonda—, ¿qué es exactamente lo que está haciendo para asegurar que los habitantes de Cinnamon Falls estén seguros?
Nos encontramos ante el segundo homicidio en dos años.
¿Deberíamos preocuparnos? —Apuntó su vieja grabadora en dirección al micrófono y se mantuvo a la espera.
Will notó la tensión subiéndole por el cuello y ni siquiera le estaban haciendo a él la pregunta. Elaine estaba en lo cierto, pero no tenía ni idea de qué explicación podría dar la Policía a esa pregunta. Contuvo la respiración mientras esperaba a que Raines contestara.
Chambers se inclinó hacia delante y se colocó frente a su jefa para alcanzar el micrófono. Se oyó el chirrido del acople, lo que hizo que la audiencia hiciera una mueca y se tapara los oídos.
—No hay ninguna prueba de que exista una amenaza presente para la comunidad.
Raines podría haberlo partido en dos con la mirada y lo apartó con un codazo.
—Este parece ser un incidente aislado. Aun así, vamos a aumentar las patrullas en torno a las principales zonas de reunión y…
Elaine no cedió.
—Con todo el respeto, jefa, asesinaron a una mujer durante uno de los principales festivales de nuestro pueblo.
Había niños jugando dentro del laberinto a apenas unos metros de distancia.
¿De verdad espera que esta noche durmamos tranquilos, creyendo que Cinnamon Falls es ahora mismo un lugar seguro?
A través de la pantalla, Will pudo detectar la inquietud en la postura de Raines, pero la voz no le tembló ni siquiera bajo presión. Se inclinó hacia delante y entrecerró los ojos hasta que casi no se le veían mientras remarcaba cada palabra con el dedo.
—Señora Matthias, puede dormir tranquila sabiendo que, en todo momento, estamos redoblando nuestros esfuerzos. Mis agentes investigarán. Seguiremos las pistas. Localizaremos al responsable. Así es como hacemos justicia en nombre de Eleanor. Así es como mantendremos la seguridad de este pueblo.
—No ha dicho «nuestro pueblo» —masculló Elaine antes de dejarse caer sobre su asiento.
Raines se crispó y los dedos que tenía en torno al podio se le pusieron blancos.
—¿Disculpe?
—Usted también vive aquí, jefa Raines —espetó la otra mujer—. Actúe como tal.
Will oyó que el suelo de madera crujía, lo que anunciaba la llegada de Angel.
Apagó la tele de golpe y la pantalla se quedó en negro justo cuando la pequeña entraba en la cocina.
El vestido de su hija de aquel día era una prenda gris de manga corta con falda plisada de volantes.
Llevaba los rizos apartados de la cara con una cinta de pelo decorada con gemas coloridas.
Dejó su mochila de unicornio sobre la encimera, sospechando del silencio repentino.
—¿Qué estabas viendo? —le preguntó mientras miraba la televisión—. ¿ Andrew Guy ?
—El tiempo —mintió él con rapidez.
Peló los huevos que eran para Angel y le puso abundante mantequilla a su tostada. Sacó una servilleta y comenzó a empaquetarlo todo en un recipiente reutilizable. Sacó del frigorífico la fiambrera para la hora de la comida y le tendió ambas cosas.
—Vas a tener que desayunar en el coche, melocotoncito. —Rodeó la isla de la cocina y se agachó para darle un beso en la frente y recolocarle en su lugar un rizo suelto—. Si salimos ya, tal vez seamos los quintos en la fila para dejarte en el colegio en lugar de ser el coche número cincuenta.
Angel le echó una carrera hasta la puerta principal.