Capítulo 10 Morgan #2
—Es precioso —contestó Cameron mientras pasaba la vista por la cocina—. A mi tío Thomas le encantaba.
La cafetera terminó de preparar el café. Normalmente a aquellas horas Morgan habría necesitado una taza o dos para poder arrancar, pero en aquel momento estaba muy despierta. Vanessa le pasó la bebida a Cameron.
Su madre fijó la vista en ella y, en silencio, discutieron quién sería la que le diera la noticia. Morgan no era la propietaria del Daffodil Inn, así que se cruzó de brazos, desafiante.
Vanessa puso los ojos en blanco y respiró hondo.
—Cameron, siento muchísimo decirte esto, pero Eleanor no está aquí.
A él se le borró la sonrisa.
—Oh, ¿ya se ha marchado?
«De verdad que no tienes ni idea», pensó Morgan.
Su madre empezó a juguetear con sus propios dedos.
—Eleanor… falleció, Cameron. La noche del sábado. La encontramos en el laberinto de setos durante el festival de primavera anual que celebramos. La Policía ya ha estado aquí y todo eso. Siento muchísimo tu pérdida —le dijo.
El hombre se quedó paralizado con la mirada fija en el suelo durante un minuto incómodo. Alzó la vista hacia ella con ojos suplicantes.
—¿Có…? ¿Cómo? ¿Han dicho algo sobre qué le pasó?
Vanessa negó con la cabeza.
—Nada. Vinieron ayer a recoger sus pertenencias. Dijeron que estaban teniendo problemas para ponerse en contacto con sus familiares, así que es una suerte que hayas venido…
—¿Se llevaron sus cosas?
—Despejaron toda la habitación. —Su madre señaló en dirección al piso superior con la barbilla—. Estoy segura de que, dado que ahora estás aquí, te entregarán sus pertenencias.
—¿Eso cree?
—Por supuesto. Morgan puede dejarte en la comisaría de camino al trabajo. —Vanessa escupió aquella última palabra con más veneno del necesario, teniendo en cuenta que acababa de hacer añicos el corazón de Cameron.
El hombre pasó la mirada suplicante hacia Morgan.
—Bueno, tengo clases y… —comenzó a decir.
—Tonterías —la interrumpió su madre—. Es amiga del detective a cargo del caso, Johnson. Él podrá darte más información al respecto que nosotras.
—Jesse —la corrigió Morgan, poniendo los ojos en blanco.
—Es lo mismo —replicó Vanessa mientras desestimaba el comentario de su hija con un gesto de la mano—. Sube tus cosas arriba, a la suite Jardín, y haré que Lionel empiece a prepararte el desayuno. —Su madre salió de la cocina y llamó al chef a gritos—. ¡Lionel!
—¿La suite Jardín? —preguntó el hombre, aturdido.
—En el piso de arriba, a la derecha —contestó Morgan.
—¡Lionel! —Volvió a gritar su madre desde las profundidades de la casa.
—No podría… —dijo Cameron—. Puedo ir a un hotel y…
Ella lo interrumpió.
—Estás en Cinnamon Falls. Esto es el hotel.
La última vez que Morgan había estado en una comisaría de policía, la habían esposado y la habían metido a pasar la noche en una celda de detención junto con Nia. El lugar era aséptico a un nivel inquietante. Todavía era capaz de sentir la losa de hormigón sobre la que había dormido aquella noche.
Angie, la recepcionista, acababa de regresar a su mesa y estaba soplando una taza humeante de cartón cuando Cameron y ella entraron. Morgan observó cómo la mujer se escaldaba con un sorbo ardiente al ver al hombre acercarse hacia su mesa con paso garboso.
—Cameron Shore —dijo mientras le tendía la mano.
Boquiabierta, Angie se ahuecó los rizos caídos y se la estrechó.
—Angela Robinson —respondió con un destello coqueto en los ojos.
En todos los años que hacía que conocía a Angie, Morgan jamás había visto a aquella mujer tranquila tan animada.
No podía culparla; Cameron era atractivo como un muñeco Ken: agradable a la vista y con un aire de misterio bullendo bajo la superficie.
Por mucho que quisiera hincarle el diente, tenía que recordar que acababa de perder a su tía.
Sería algo del todo inapropiado, sobre todo teniendo en cuenta que la mujer había fallecido en el local del negocio de su familia.
—Es el sobrino de Eleanor Langford —le informó Morgan. Angie la miró, sorprendida de que hubiese alguien más en la sala—. ¿Está Jesse?
—Eh… —contestó ella mientras comenzaba a teclear en su ordenador.
Justo en ese momento, Jesse atravesó la puerta. Morgan se percató de que el detective de Cinnamon Falls llenaba el uniforme más que antes. Supuso que se trataba del peso que siempre se gana cuando estás en una relación sentimental.
No podría estar más feliz por Jesse y Nia.
Ambos habían sido el primer amor del otro y, a pesar de que su amiga había pasado seis años lejos de Cinnamon Falls y había salido con otro hombre, había encontrado el camino de vuelta a su hogar y con Jesse.
Él se había alegrado mucho de poder recuperarla.
Sin ella, había sido insufrible: solía andar por los rincones lloriqueando y haciendo pucheros a todas horas de un modo que había logrado que Morgan empezara a perder la paciencia más de lo que ya la había perdido.
Tras haber sido ascendido a detective, caminaba de un modo diferente. Cargaba con una bolsa de plástico pesada que seguro que contendría las sobras de la noche anterior y varios aperitivos para ayudarlo a sobrevivir el resto del día.
Cuando pasó a su lado en el vestíbulo, frenó en seco mientras pasaba la vista entre ella y la nueva incorporación a su pequeño pueblo.
—¡Agente Shaw! —Angie dio una palmada con las manos, encantada—. ¡Justo el hombre que necesitábamos!
Jesse ladeó la cabeza tal como hacía Daphne cuando estaba confundida.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Muy serio, Cameron dio un paso al frente y le tendió la mano.
—Cameron Shore. Eleanor Langford es… era mi tía.
Jesse contempló al hombre que tenía enfrente y lo miró de arriba abajo lentamente.
—Un placer conocerle. Soy el detective Shaw. ¿Por qué no charlamos en mi despacho? Mi compañero debería llegar enseguida.
Le señaló el camino con un gesto y Cameron lo siguió a regañadientes. Entonces, cuando se dio cuenta de que Morgan no iba a acompañarlos, frenó en seco.
—Gracias —dijo por encima del hombro.
Ella le contestó con un gesto de la mano. Ojalá pudiera ser una mosca en la pared durante esa conversación. ¿Qué habría descubierto Jesse sobre Eleanor? ¿Habría alguna novedad? Y, lo que era más importante: ¿cuándo podría su vida volver a la normalidad?
Cuando los dos desaparecieron tras la pared que conducía al resto de la comisaría, Angie al fin abandonó su personaje.
—¡Tienes que avisarme antes de traer a un supermodelo! —dijo con una carcajada mientras se acomodaba en su silla de oficina—. ¡He estado a punto de abrasarme el esófago!
—¿Cómo crees que me he sentido yo? ¡Apenas he podido mantener la vista fija en la carretera!
—Por lo menos, al fin ha aparecido alguien —comentó Angie—. Jesse lleva desde el sábado por la noche intentando localizar a algún familiar de la señora Langford. No pensaba que tuviera familia, y mucho menos que fuese a tener un sobrino tan atractivo.
—Bueno, pues ya está aquí —contestó ella. Miró el reloj. Eran casi las ocho de la mañana y estaba a punto de llegar tarde.
—Sí, ya lo creo —respondió la otra mujer mientras estiraba el cuello para poder ver más allá de la pared y poder echar otro largo vistazo al recién llegado a Cinnamon Falls.