Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 10 Morgan
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Capítulo 10 Morgan

Morgan

Lunes

A pesar de ser madrugadora por naturaleza, Morgan podría haberse pasado toda la mañana en la cama.

El sobrecolchón de la cama de la pensión le envolvía el cuerpo, dando apoyo hasta al último centímetro dolorido del mismo y arrullándola hasta sumirla en un sueño profundo.

Había estado soñando que Will y ella se encontraban peligrosamente cerca de hacer «el baile horizontal» y, si usara solo la mitad del cerebro que Dios le había dado, habría utilizado uno de sus muchos días de ausencia por enfermedad, habría llamado al colegio para informar de que no iba a asistir y habría seguido con su sueño.

Pero, como buena hija de su madre, se vistió para ir a trabajar con la bruma fría de la primera luz del alba.

El trabajo y las responsabilidades siempre eran lo primero; su placer, ya fuera en su subconsciente o en la vida real, era lo último.

Habían pasado tres dolorosos años desde la última vez que había intimado con alguien y no era porque no lo estuviera intentando. Había estado distraída.

Con el influjo de nuevos habitantes que Cinnamon Falls había recibido en los últimos años, las aulas estaban cada vez más llenas.

El año anterior había tenido dieciséis alumnos de primero muy apacibles.

Aquel año tenía a veinticuatro pequeños revoltosos y alborotadores.

Cada día era como estar en un psiquiátrico, pero ella siempre contaba con un plan de batalla.

Después de que su padre insistiera con mucho empeño, habían llegado a un acuerdo y Morgan se había comprometido a quedarse una noche más en la pensión.

Por suerte, se había llevado en la maleta un conjunto que, si entrecerrabas un ojo, podría pasar por ropa de trabajo informal.

Planchó con diligencia las arrugas de la blusa color lavanda con cuello vuelto y quitó las de la falda de poliéster morado a base de sacudirla.

No se atrevió a aplicarle calor a esa hora de la mañana.

No confiaba en que no fuera a acabar desplomándose sobre la tabla de planchar quedándose dormida.

Fue corriendo al baño para hacerse algo en el pelo. Se miró fijamente en el espejo mientras se recogía todas las trenzas en una coleta. Todavía tenía los ojos enrojecidos y cansados. Probó a sonreír y utilizar su voz de profesora.

—¡Buenos días! —se dijo a sí misma, canalizando todo el entusiasmo que pudo aunar en una sonrisa forzada que le pareció apagada y poco creíble. En cuanto cruzara las puertas de la Escuela Primaria Morningstar, todo el mundo sabría que algo iba mal.

Se enorgullecía de estar siempre de subidón de forma natural; de ser una persona que irradiaba felicidad a través de los poros sin importar las circunstancias.

Por eso le encantaba dar clase a alumnos de primer curso: porque los niños no tenían preocupaciones.

Cada día le ofrecían un nuevo motivo para estar agradecida y darse cuenta de que la vida no era algo tan serio.

Pero, aquel día, iba a tener que fingir. Se preguntó durante cuánto tiempo.

Se colocó una cinta de color morado oscuro en torno a la coleta y se la ató en lo alto de la cabeza con un lazo. Se puso unas sandalias planas del mismo color y se sintió satisfecha con el reflejo que le devolvió el espejo. Era lo mejor que podría lograr aquel día.

Echó un último vistazo a su habitación y comenzó a arrastrar el equipaje por el pasillo. Al pasar, intentó no mirar la puerta cerrada de la habitación Vistas al Jardín. Bajó por la escalinata la maleta, que golpeaba cada escalón mientras descendía.

Cuando llegó al final de las escaleras, Daphne se acercó a ella moviendo la cola con tanta rapidez que Morgan pensó que iba a desprendérsele del cuerpo. Se agachó para rascarle las orejas.

—Buenos días, Daffy —le dijo mientras el animal se estiraba sobre las patas traseras. Soltó un largo bostezo y chasqueó los labios, señal de que estaba hambrienta.

—Ah, no, de eso nada —dijo su madre desde la cocina—. Acabo de darte de comer No empieces a fingir que tienes hambre solo porque tu hermana esté aquí.

La perra gimoteó, le dio la espalda a Morgan y se dirigió hacia la cocina. Ella la siguió.

En ese momento se oyó el timbre y Daphne soltó un ladrido amenazador.

Morgan le echó un vistazo a su reloj. Acababan de dar las seis de la mañana.

¿Quién podría visitar la pensión a esa hora?

Al salir al pasillo, distinguió una figura a través del cristal templado que atravesaba la puerta principal de un lado a otro.

—Me apuesto algo a que es la Policía —refunfuñó su madre—. ¿Qué pasa? ¿Se les ha olvidado algo? ¡Ayer me pusieron la casa patas arriba! Más les vale que sea una disculpa en persona por haberme destrozado el jardín. Como mínimo, una cesta de fruta…

Morgan abrió la puerta, esperando ver a Jesse o tal vez incluso a la jefa de policía Raines. En su lugar, se encontró con un hombre desconocido y tremendamente apuesto que llevaba una bolsa de viaje de cuero cruzada sobre el pecho.

Era el tipo de hombre cuyo aspecto le hacía parecer digno de estar en una revista de viajes en lugar de en el porche de una pensión de campo que se encontraba en medio de una investigación policial.

Llevaba el cabello castaño alborotado como sí acabara de pasarse los dedos por el pelo mientras subía las escaleras y clavó sus penetrantes ojos azules en los de ella con una fijación sorprendente.

Podría haber cortado vidrio con la mandíbula, y la camisa blanca y planchada a la perfección, cuyas mangas llevaba remangadas hasta los codos para dejar a la vista unos antebrazos surcados de venas, le daba un aspecto elegante y un aire de seguridad despreocupada.

Era alto, así como atlético y delgado gracias a, según supuso ella, el lacrosse o tal vez el fútbol.

Un moreno cálido le cubría la piel, como si acabara de regresar de unas vacaciones en alguna isla tropical.

Echó un vistazo detrás de él en dirección al Oldsrnobile color canela que se encontraba en el camino de acceso. ¿Conducía aquella tartana?

Morgan pestañeó, desconcertada durante un instante. La sonrisa del hombre era relajada y educada y dejaba a la vista dos hileras de dientes rectos y de un blanco cegador. Daphne intentó sobrepasarla, abriéndose paso entre sus piernas.

El desconocido pasó la vista entre ellas y su sonrisa se ensanchó.

—¡Un border collie ! —exclamó mientras hincaba una rodilla en el suelo.

La perra arrojó toda su peso contra Morgan para intentar llegar hasta el hombre apuesto y estuvo a punto de lograr que se le plegaran las rodillas.

—¡Daphne! —gritó ella, pero el animal ya estaba en el porche, lamiendo con alegría el rostro del desconocido.

—¡Buena chica! —elogió él a la perra revoltosa con esa voz nasal que los hombres suelen reservar para los bebés adorables.

Morgan agarró a Daphne del collar y la apartó del hombre a duras penas.

—Lo siento. Es que está emocionada.

Él se enderezó y volvió a ponerse erguido.

Morgan se dio cuenta de que medía bastante más de un metro ochenta.

Poseía la clase de altura sobre la que los hombres solían mentir en las aplicaciones de citas.

El aliento se le atascó en la garganta. En Cinnamon Falls un desconocido, sobre todo si se trataba de uno apuesto, era como un ovni.

—Me disculpo por lo temprano de la visita —comenzó a decir él con un tono de voz abaritonado, grave y calmado. Se llevó una mano al corazón—. Soy Cameron Shore, el sobrino de Eleanor Langford. ¿Está aquí por casualidad?

A Morgan le dio un vuelco el corazón dentro del pecho y la boca se le quedó seca.

No lo sabía.

—Siento mucho aparecer sin previo aviso y tan pronto por la mañana —insistió él—.

La he estado llamando, pero no me ha contestado.

Por norma general, suele llamarme los domingos para ver cómo estoy, pero no he sabido nada de ella desde la semana pasada.

He pasado por su casa, pero entonces se me ha ocurrido comprobar en su lugar favorito.

—Cameron tosió con el puño en la boca y sacudió la cabeza como si estuviera intentando evitar ponerse en lo peor—.

Tan solo estoy preocupado por ella, nada más.

Está empezando a entrar en años y solo… —Morgan detectó en su forma de hablar un leve gangueo; una especie de acento que no podía ubicar.

Él cerró los ojos un instante y las pestañas, injustamente largas, le rozaron las mejillas sonrosadas—. Tan solo necesito verla, ¿sabes?

Morgan dio un paso atrás de forma instintiva y el corazón se le aceleró por motivos que nada tenían que ver con la investigación. ¿Cómo podía decirle que la misma mujer a la que estaba buscando había muerto apenas unos días atrás?

—Bueno, ¡no te quedes ahí de pie! ¡Deja pasar al hombre! —dijo Vanessa a sus espaldas.

Morgan se sobresaltó y salió del trance en el que se había sumido.

—Lo siento —dijo mientras apartaba tanto su equipaje como a Daphne para hacerle hueco a Cameron en el estrecho recibidor.

Empujó con demasiado ímpetu y la puerta golpeó con fuerza la pared, lo que hizo que una foto se cayera de su lugar habitual.

El hombre se abalanzó hacia delante para agarrarla antes de que chocara contra el suelo y la atrapó con la elegancia despreocupada de un atleta entrenado.

Morgan pensó que tal vez se dedicara al béisbol—.

Lo siento —consiguió decir de nuevo mientras se apretaba el marco contra el pecho.

—No pasa nada —contestó Cameron mientras una sonrisa le tiraba de los labios. Se miraron el uno al otro a los ojos.

Entonces siguió a Daphne, que lo condujo hasta la cocina. Morgan cerró la puerta principal y volvió a colgar la fotografía de su gancho correspondiente.

Su madre estaba ocupada preparando una taza de café recién hecho para su nuevo visitante. El hombre se sentó en la isla de la cocina mientras la perra olisqueaba en torno a él con curiosidad.

—Yo soy Vanessa y esta es mi hija, Morgan. El Daffodil Inn es el negocio familiar.