Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 9 Morgan #2
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Capítulo 9 Morgan #2

—Pero eso es lo que has dicho —contestó de malas maneras—. Siempre haces lo mismo. Crees que mi trabajo no importa por el simple hecho de que no me quedé aquí ni dediqué mi vida a doblar sábanas. Pero sí que importo, mamá. A esos niños les importa lo que hago.

—La pensión es…

Morgan levantó una mano.

—No lo digas —la interrumpió, alzando la voz.

Sentía que estaba perdiendo el control, pero no podía contenerse—.

Déjame adivinar: «La pensión es nuestro legado», «La pensión es lo más importante» —la imitó—.

¡La pensión, la pensión, la pensión! ¿Sabes qué?

Si me dedicaras a mí la mitad del tiempo que le dedicas a esos puñeteros narcisos, ¡tal vez no estaríamos manteniendo esta conversación!

Vanessa abrió los labios, sorprendida, mientras cerraba los dedos con fuerza en torno al borde de la mesa.

—Tu padre y yo…

—Desde que tenía dieciséis años, me he esforzado para construir una vida más allá de estos libros de reservas. Adoro a mis alumnos. Adoro mi trabajo. Por una vez, me gustaría ser lo más importante. —Para su propia decepción, la voz se le quebró en la última palabra—. Solo por una vez.

El silencio cayó sobre ellas, espeso y asfixiante. Los únicos sonidos que se oían eran el del tictac del viejo reloj de pared y la respiración entrecortada de Morgan, que tenía el pecho agitado.

Su madre alzó las manos en el aire, dándose por vencida.

—No puedo lidiar con esto ahora mismo. Vamos a dejar este asunto para otro día.

Se levantó del banco y dejó a Morgan sumida en sus pensamientos desbocados.

¿Por qué tenía que luchar con uñas y dientes para obtener una fracción del respeto de su madre?

Pero, por otro lado, su familia ya estaba enfrentándose a bastantes cosas…

¿Por qué no podía dejar sus sentimientos a un lado, ser una hija solícita y quedarse sin discutir?

¿Y por qué se sentía como si se estuviera ahogando?

Tras un cuenco de linguini demasiado salados y una rebanada del pan de ajo recién horneado de Lionel, Morgan había dominado al monstruo enfadado y hambriento de su estómago y volvía a ser persona, pero las palabras hirientes de su madre todavía resonaban en su cabeza.

Sentada con las piernas cruzadas en la mecedora doble del porche de la pensión, se mecía en la brisa fresca de últimas horas de la tarde.

El sol se había retirado tras una cortina de nubes negruzcas, lo que creaba un resplandor ambarino que se expandía por el horizonte.

La envolvió el silencio pacífico del atardecer, que tan solo se veía interrumpido por el susurro de los árboles que tenía sobre la cabeza y el sonido distante de los grillos que se preparaban para su sinfonía nocturna.

Había olvidado lo tranquila que era la pensión, muy diferente a su apartamento de Juniper Heights, donde, a través de los conductos de ventilación, se oían constantemente el murmullo de las conversaciones de los demás o los portazos incesantes.

Allí, tan solo le hacían compañía el viento y los ronquidos de Daphne.

Morgan nunca había sido fumadora, pues todos los anuncios sobre cáncer de garganta de su infancia le habían asustado bastante.

Sin embargo, si quisiera adquirir el hábito, escogería aquel preciso instante para comenzar.

Fingió llevarse un cigarrillo a los labios e inhaló.

Después, expulsó el aire con un gran soplido y vació los pulmones. Ya se sentía mejor.

Una furgoneta negra con los cristales tintados llegó rodando por el camino de acceso.

La gravilla crujió bajo los enormes neumáticos y Daphne levantó las orejas mientras observaba el vehículo que se acercaba.

Se incorporó de inmediato, aunque se mantuvo cerca del suelo mientras pasaba los ojos a toda velocidad de un lado a otro.

Morgan metió dos dedos bajo el collar del animal: una medida de seguridad por si salía disparado hacia quienquiera que estuviera a punto de salir del coche.

Un hombre con los hombros del tamaño de un oso salió de dentro y abrió la puerta de atrás.

Daphne soltó un gruñido grave y profundo.

Del asiento trasero se bajó Zara Wells, que resplandecía como si acabaran de sacarla de la portada de una revista.

Se oyó un portazo, seguido del repiqueteo rítmico de unos tacones aproximándose.

Aquella belleza menuda y de piel morena vestía un minivestido muy ajustado que brillaba como el aceite bajo la luz de un porche.

Llevaba un maquillaje inmaculado y el cabello recogido en un moño lustroso que dejaba a la vista la elegante curva de su cuello y que resaltaba sus ojos almendrados.

Morgan tenía que admitir que era despampanante.

Pero no solo se trataba de su aspecto. Era una influencer y compartía aspectos selectivos de su vida con miles de personas a través de internet.

Tan solo llevaba dos días en la pensión, pues había llegado el viernes, justo antes del comienzo del festival; aun así, su presencia parecía abrumadora.

Detrás de su belleza se ocultaba un misterio. Morgan no sabía demasiado sobre lo que era ser muy deseada, pero sí sabía que las mujeres con ese aspecto no acudían a pueblos tranquilos como Cinnamon Falls por las vistas.

—Hola, Morg —dijo Zara con voz suave mientras subía las escaleras del porche.

Morgan soltó a Daphne, que comenzó a olisquear a la recién llegada. Ella extendió los brazos y dejó que el animal llevara a cabo su investigación canina.

—Hola. ¿Acabas de volver?

La otra mujer asintió mientras se sentaba en el asiento vacío que había junto a ella. Desprendía un aroma cítrico, como el Caribe: sal marina, brisa del océano y mangos maduros.

—Había una fiesta en la azotea de Prime Society: barra libre, solo influencers entre los invitados…

En Asheville están llevando a cabo una campaña para renovar su imagen como destino de lujo y pagan a chicas como yo para que aparezcan, beban champán y hagan que parezca irresistible.

—Se quitó los tacones y estiró las piernas—.

Lo único que tenía que hacer era publicar tres historias y etiquetar al local.

Una manera fácil de ganar cinco de los grandes. Suficiente para un bolso nuevo.

Morgan pestañeó.

—¿Te han pagado cinco mil dólares por… ir a una fiesta?

Se había equivocado de profesión.

Zara se encogió de hombros.

—No es mi tarifa habitual, pero así es el negocio.

Mi cara vende un estilo de vida. ¿Crees que publico semejante cantidad de conjuntos de ropa por diversión?

—Se soltó la melena y dejó que le cayera en torno a los hombros en ondas suaves—.

Pero ayer, en cuanto publiqué desde aquí, la gente se volvió loca. Cómo no.

Morgan se puso rígida.

—¿Qué quieres decir?

La mujer sacó el teléfono del bolso y comenzó a pasar el dedo por la pantalla.

—La gente está comentando como loca sobre la pensión.

«¿No es ahí dónde murió alguien?». «¿Estás a salvo?

», «Cancela el viaje, amiga. Tal vez seas la siguiente».

He recibido como seis mensajes privados pidiéndome que hiciera un directo para contarles el chisme de lo que pasó.

—A Morgan se le puso el estómago como una piedra y se preparó para lo peor—.

Pero no lo he hecho. —Zara bloqueó el teléfono y volvió a meterlo en el bolso—.

No pienso destrozar de ese modo a tu familia.

—¿En serio? —preguntó ella con un resoplido de incredulidad.

La otra mujer la miró de reojo.

—Tu familia y tú me habéis tratado mejor que la mitad de los patrocinadores con los que trabajo y ni siquiera me estáis pagando por alojarme aquí.

Para serte sincera, este asunto no tiene nada que ver con vosotros.

Sí, una persona murió aquí, pero podría haber ocurrido en cualquier parte.

Es solo que a la gente le encantan los escándalos.

—Hizo una pausa y después, con una carcajada, añadió—: Dale tres días y la gente estará volviéndose loca por cualquier otra cosa.

Confía en mí; la capacidad de concentración de las redes sociales está básicamente al mismo nivel que la de un pez.

Morgan soltó el aliento que había estado conteniendo.

—Estaba segura de que te habrías lanzado al drama. No te habría culpado por ello.

Zara se llevó las manos al corazón y extendió los dedos.

—Puede que sea materialista y vanidosa, pero no soy despiadada. Tan solo tenéis que esperar a que pase la tormenta. La semana que viene, nadie se acordará de esto. Recuperaréis la normalidad enseguida.

Morgan sintió que se le aflojaban los nudos del pecho.

—Gracias, Zara.

—No hay de qué. —La mujer bostezó y se puso en pie antes de recoger sus tacones—. Estoy a punto de caerme redonda. La barra libre ha sido una locura y tengo que grabar un «Desmaquíllate conmigo».

Morgan la observó mientras se alejaba hasta que el destello de su vestido desapareció en el interior. A pesar de todo el brillo y el glamour , Zara acababa de consolarla más de lo que ni siquiera ella misma sabía.