Capítulo 9 Morgan
Morgan
El detective Terrance Chambers tenía un trabajo: recoger las pertenencias de Eleanor del dormitorio del piso superior y después regresar a comisaría.
Mientras Morgan acompañaba a Nia a su coche, oyó por casualidad a la mismísima jefa de policía Raines dándole esa orden a través de la radio del coche patrulla.
Treinta minutos más tarde, encontró al parlanchín del agente en la cocina, zampándose un cuenco humeante de los linguini con gambas de Lionel.
Daphne estaba posada a sus pies, expectante, mientras barría el suelo con la cola a causa de la emoción.
Gracias a la ubicación del salón principal en la que se encontraba, ni el cocinero ni Chambers podían ver que los estaba escuchando, pues estaban demasiado ensimismados en su propia conversación.
La última vez que había visto a Terrance Chambers había sido durante la reapertura de The Cinnamon Scoop apenas seis meses atrás y, la vez anterior, el hombre la había metido al calabozo por interferir con una investigación, pero esa era una discusión para otro momento.
Desde entonces, se había asegurado de mantenerse alejada de él.
—Y eso es lo que no dejo de decirle a Raines —dijo con la boca llena de linguini —. Según lo que nos contaron las personas con las que hablamos anoche, cualquier habitante de Cinnamon Falls habría matado a esa mujer a cambio de cinco dólares.
Lionel chasqueó la lengua.
—Eleanor no era tan mala —contestó sin dejar de mirar una salsa cremosa que removía cada pocos segundos.
Con el cucharón, sirvió un poco en el cuenco tendido del policía y prosiguió—.
Como ya te he dicho, era muy amable conmigo y con todo el personal.
También adoraba a Angel. Llevaba a esa niña a todas partes.
Chambers respondió con un gruñido.
—Tiene sentido. Es probable que Angel le recordara a la hija que perdió. Nos han contado que las cosas cambiaron tras la muerte de Bella. —Sorbió la pasta con tanta fuerza que Morgan hizo una mueca de desagrado.
—Algo así cambiaría a cualquiera —dijo el cocinero mientras bajaba la potencia de las llamas de la salsa y dejaba que hirviera a fuego lento. Puso una tapa sobre la olla y volvió a la isla para comprobar el estado de la masa que estaba preparando y que estaba fermentando en un cuenco.
—Tienes razón —concedió Chambers—. Tenemos la esperanza de hablar con alguien que la conociese de verdad; alguien que pudiera arrojar algo de luz sobre con qué personas ha estado tratando. Pero no parece que tuviera… demasiados amigos por aquí.
—Eso sin duda. La verdad es que Eleanor no era la clase de persona dada a las amistades.
—Hemos oído que Vanessa tampoco la apreciaba demasiado.
Lionel se detuvo y se quedó inmóvil. El silencio se amplificó. Morgan contuvo la respiración.
Chambers siguió comiendo sin apartar los ojos del cuenco en ningún momento. Los ruidos que hacía al sorber inundaban la cocina. Morgan no sabía si se trataba de algún tipo de táctica especial de detective o si de verdad tenía la osadía de cuestionar las intenciones de su madre en su propia cocina.
—Pero Raines habló con el alcalde y nos contó la misma historia: que estaban hablando cerca del escenario antes del grito, así que descartamos a los Taylor de inmediato.
Morgan volvió a respirar.
—Bueno, Jo único que sé es que Eleanor iba todas las semanas a arreglarse el pelo a Cinna Cuts —apuntó Lionel. Ella se acercó un poco más—. Me apuesto algo a que Ethel Lawson sabrá qué se traía entre manos. Harold Bones y ella se enteran de más cotilleos que los de la prensa rosa.
Chambers le tendió al chef el cuenco vacío.
—Eso haré. Gracias, colega.
Lionel lo tomó y lo dejó en el fregadero junto con la montaña de platos que había que fregar.
—¿Qué opinas? ¿Más sal?
—No; están perfectos —contestó Chambers—. Tendría que enviar a Alexis aquí para que le dieras algunas clases.
Los hombres prosiguieron su conversación sobre la falta de dotes culinarias de la esposa del policía, pero Morgan no tenía interés en ella. El desgarbado agente salió de la cocina y entró en el pasillo, donde la encontró fingiendo estar quitando el polvo.
—En principio, debería dejar de molestaros pronto —dijo mientras hacía como si se quitara un sombrero imaginario frente a ella—.
¡Nos vemos este fin de semana en el partido de pickleball !
—le gritó a Lionel antes de dirigirse al piso superior para unirse a su compañero, Bud Wade, que llevaba trabajando solo desde que habían llegado treinta minutos antes.
—¿ Pickleball ? —dijeron Vanessa y Morgan al mismo tiempo.
Su madre subió las escaleras del sótano y se unió a ellos en la cocina.
—Se suponía que eso era un interrogatorio policial privado —replicó el cocinero con gesto inexpresivo.
—Venga ya…, ¡estás en mi casa! —Su madre tomó asiento en el banco y ella se sentó a su lado—. No podía quedarme de brazos cruzados más tiempo. ¿De verdad ese hombre ha tenido las agallas de mencionarme o solo han sido alucinaciones mías?
—Ha dicho que te descartaron de inmediato. No creo que tengas nada de lo que preocuparte —contestó el hombre.
Vanessa puso los ojos en blanco.
—¿Ha dicho cuánto tardarían?
Morgan se encogió de hombros.
—Esa parte no la he oído.
—Pero sí has oído todo lo demás —se mofó Lionel.
Vanessa le dio un codazo a su hija.
—Sube a ver qué es lo que están haciendo. Saben que eres amiga de Jesse. Hablarán contigo.
—Ese hombre me arrestó hace dos años. ¡No pienso subir ahí arriba para que lo intente de nuevo! —replicó ella—. ¡Ya has oído lo que ha dicho sobre ti! ¡No quiero darle más ideas con respecto a los Taylor!
—Ay venga ya —dijo Vanessa, restándole importancia con un gesto de la mano—. Si hubiésemos querido matar a Eleanor, llevaría mucho tiempo enterrada en ese jardín.
La puerta se abrió con un chirrido y su padre entró en la cocina justo a tiempo de oír el final de la frase de su esposa.
Parecía haber envejecido diez años desde la última vez que lo había visto.
Tenía los hombros encorvados bajo la cazadora verde y los ojos apagados, como si le hubieran arrancado toda la esperanza.
Entró con paso pesado en la cocina, haciendo resonar las botas sobre las baldosas.
Atravesó la estancia con un suspiro, abrió el frigorífico, agarró una cerveza y la abrió con el borde de la encimera con una fuerza ganada a base de práctica. Dio un largo trago.
—Ni siquiera quiero saber de qué estás hablando —masculló en voz baja y tensa.
Vanessa lo miró desde su asiento con la preocupación recorriéndole el rostro.
—¿Ha sido una conversación difícil? —le preguntó.
Wesley no respondió de inmediato. Al menos no con palabras. Se encogió de hombros con poco entusiasmo y se giró hacia la puerta trasera.
—Si me necesitáis, estaré en el cenador.
Eso no era buena señal. Daphne se levantó y corrió tras él a grandes zancadas y con la cola agachada, como si pudiera sentir que la necesitaba en ese momento.
Morgan lo contempló hasta que atravesó el umbral de la puerta y salió al exterior.
Había un toque de vacuidad en el modo lento y rígido en el que se movía.
Fuera de lo que fuese de lo que hubiera hablado con el señor Reed, la conversación no había ido bien.
Vanessa no insistió: con los labios fruncidos en una línea fina, se quedó mirando fijamente la puerta como si él fuese a cambiar de opinión y regresar.
Lionel colocó la masa fermentada en un molde para pan y lo metió en el horno.
Puso un temporizador en el reloj y salió al exterior detrás de su amigo, dejando a Morgan y a su madre para que pudieran mantener su propia conversación.
No sabía qué era peor: el silencio controlado de sus padres o su sufrimiento.
—Morgan —dijo Vanessa con un suspiro pesado—.
Necesito que te quedes unos días más. Al menos hasta que se marche el último huésped.
Tu padre y yo tenemos que decidir qué va a ocurrir con la pensión y no puedo estar en todas partes al mismo tiempo.
Eres la única persona en la que confío para que todo marche bien por aquí.
Morgan se quedó paralizada.
—Sabes que no puedo —contestó—. A los de administración les costaría varios días encontrar a alguien que me sustituyera.
Mañana es el primer día tras las vacaciones y tengo que reforzar todo lo que hemos estado aprendiendo.
Tengo muchas programaciones didácticas amontonadas y objetivos de comportamiento que supervisar…
Vanessa exhaló y se giró un poco, aunque no lo suficiente como para mirarla a los ojos.
—¿Tan difícil es sustituirte un par de días? Después de todo, no es como si estuvieras enseñando Química Avanzada. Tan solo son los colores primarios y los sonidos de los animales. Todo el mundo puede hacer eso.
Morgan nunca había recibido una bofetada, pero las palabras de su madre fueron como si se la hubiera dado con la mano abierta. La cara se le sonrojó, ardiendo primero por la humillación y luego por la rabia.
—¿Eso es lo que crees que hago? —Se apoyó los puños sobre los muslos y se clavó las uñas acrílicas en las palmas de las manos.
—Ahora mismo, la pensión necesita toda la ayuda posible…
La pensión. Todo giraba siempre en torno a la maldita pensión. No, no todo el mundo podía hacer lo que ella hacía. Se necesitaban tiempo, verdadera habilidad y mucha paciencia, algo que se le estaba agotando rápidamente.
—Tengo un título, mamá. De una universidad auténtica.
Me pasé cuatro largos años aprendiendo a enseñar a los niños a leer, a identificar retrasos en el aprendizaje y a gestionar clases con alumnos en todos los extremos del espectro emocional y del comportamiento.
Tengo certificados. Escribo programaciones didácticas.
Pero, adelante, cómo no, reduce todo mi esfuerzo a los puñeteros sonidos que hacen los animales —espetó con más veneno en la voz de lo que había esperado.
Su madre se dio la vuelta al fin.
—Ya sabes que eso no es lo que quería decir.